domingo 27/9/20

La peste

Estudios, investigaciones e informes apuntan en una misma dirección: China. Tiene toda la responsabilidad en el origen de la pandemia: retuvo la información (doy fe de ello por mi estancia en Shangai en el mes de diciembre de 2019), persiguió a quienes de ella alertaron y, a día de hoy, todavía no se sabe si el coronavirus es de origen natural o ha sido fabricado para la reducción intencionada de la población («catástrofe maltusiana») o para establecer un nuevo orden mundial ¿China está mintiendo? Algún día lo sabremos.

También es verdad que en el caso que este país fuese responsable, jamás pagará por ello. El castigo es inviable, por ser el nuevo dueño del mundo y porque la OMS, como otros organismos supranacionales, son artilugios políticos, económicos e ideológicos al servicio de organizaciones muy poderosas que nada tienen que ver con el bien común, los derechos humanos y la salud. Detrás de la OMS siempre han estado los laboratorios y las industrias farmacéuticas y en esta crisis sanitaria informó tarde, mal y nunca. Ahora nos dice que no hay solución a la pandemia y que quizás nunca la haya. Como consecuencia de ello y de la Globalización el manejo de la crisis por muchos gobiernos ha sido y sigue siendo nefasta, mientras la gente se muere sin la atención debida.

La Covid-19 nos ha llevado a una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes que ha cambiado nuestros hábitos y costumbres, nuestra manera de vivir y de morir, nuestro estilo de vida, nuestras prioridades y rutinas, nuestra manera de relacionarnos con los demás, nuestro ocio y, por supuesto, toda esta tragedia ha afectado y está afectando a nuestras emociones.

Hay un antes y un después en nuestras vidas, los acontecimientos que hemos sufrido y estamos sufriendo han producido en nosotros un choque emocional tan intenso que ha dejado y sigue dejando una huella imborrable en nuestro inconsciente individual y colectivo. Todo esto sucede en la época de internet y del Transhumanismo, que nos propone ser como dioses, aceptando la modificación de la naturaleza humana como forma de alcanzar la sociedad posthumana del futuro. Un movimiento que predica el uso de la tecnología para controlar la evolución de nuestra especie , anular la enfermedad y el envejecimiento y ayudar a conquistar lo que consideran su último desafío: derrotar a la muerte. Sin embargo contemplamos cómo la pandemia del coronavirus, nos ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad y fragilidad de nuestra especie y de su propia existencia.

Los países han quedado destruidos, pero no vemos los bombazos, pues estos están en nuestro cerebro, manifestándose en los desequilibrios físicos, psicológicos y sociales que padecemos, así como en la incertidumbre y el derrumbe de nuestra economía. El mundo ya no es el mismo, la sociedad ha cambiado y nosotros también. De ahora en adelante no solo vamos a tener que lidiar con la pandemia vírica sino que también deberemos de hacerlo con la emocional. Incertidumbre, angustia y miedo son las emociones protagonistas en los tiempos que corremos, época de riesgo para la convivencia y la estabilidad de familias y parejas.

Las situaciones pasadas y actuales, con aislamiento, miedo, incertidumbre y crisis económica y social, causan, inevitablemente, trastornos psicológicos. Las consecuencias y secuelas psicológicas que está dejando la Covid-19 son innumerables, ya que el virus apela a lo más valioso de nuestra sociedad; la salud, la economía y el tiempo. Los efectos físicos y psíquicos producidos por las situaciones provocadas por la pandemia han sido y son devastadores. Traumas vividos como experiencias demoledoras que constituyen una amenaza para la integridad física y psicológica de las personas, que se relacionan con vivencias de confusión, hipervigilancia, desconcierto, desapego, etc. y ahora, tras experimentar esas vivencias, sentimos que no tenemos fuerzas, que no sabemos por qué estamos más irritables, nerviosos, deprimidos y desconectados de los demás o incluso de nuestras propias emociones.

Estamos recibiendo en nuestras consultas un aluvión de demandas relacionadas con problemas familiares, de pareja, ataques de angustia y pérdida de seres queridos. Reina la incertidumbre y con ella las preocupaciones, la ansiedad, la depresión, la pena, la hipocondría, la culpa, la impotencia y la resignación. También debemos destacar el ¡duelo! de toda una sociedad por las situaciones vividas. Duelo por no poder acompañar ni despedir a los que más queremos, por las rupturas causadas por esta situación, por los despidos y por todo. Por la vida que muchos dejan atrás.

Por ello, es importante que comencemos a trabajar nuestras emociones, reconocerlas, gestionarlas, aceptar hasta dónde tenemos la capacidad de transformar lo que hemos vivido y estamos viviendo y, si lo necesitamos, pedir ayuda.

Los adultos debemos potenciar la gestión emocional, no solo la propia, sino también la de los más pequeños del hogar, pues también esta plaga ha tenido y tiene consecuencias psicológicas demoledoras en niños y adolescentes.

En el caso de las parejas, es igual de importante favorecer una autonomía sana y darse el tiempo mutuamente para actividades a nivel individual. Debemos hablar desde nuestra parte más emocional, y dejar de lado las órdenes y los mandatos.

Estas y otras muchas consecuencias psicológicas son a las que nos vamos a tener que enfrentar a partir de ahora, por lo que el autocuidado, mantener nuestras rutinas, seguir unas pautas y muchos otros aspectos, van a ser esenciales para volver poco a poco a nuestra diferente»normalidad», pero si además, hemos vivido situaciones traumáticas, es esencial que nos pongamos en manos de un profesional ya que afortunadamente, hoy los psicólogos clínicos contamos con técnicas psicológicas que se han demostrado ser muy eficaces y que nos permiten reprocesar los traumas saludablemente.

La peste
Comentarios