viernes 16/4/21

La prisión delicada

PUBLICADO por la editorial Calambur, el último libro de poesía de Beatriz Russo (Madrid, 1971) contiene un único poema salmódico: bello texto escrito formalmente con parámetros en parte cercanos a la poesía de Juan Carlos Mestre -"elaborados versículos libres en los que parece hermetismo lo que en verdad es libertad y desatada imaginación-". Su poema, largo y lento como un blues femenino, se apoya en un pensamiento de Luis Cernuda para titularse La Prisión Delicada: «Ésta es mi prisión delicada./ No me salvéis./ Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia./ Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo/. Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar.»-¦ ¿Y qué es

?

Las creadoras expatriadas que coincidieron en el París de los locos años veinte -"más concretamente en la orilla izquierda del río Sena, la llamada Rive Gauche-" se consideraban a sí mismas lo opuesto a esas otras mujeres que aparecen en los cuadros prerrafaelitas (s. XIX). Amaban la belleza exótica de esas beatrices y ofelias, de esas estilizadas mujeres postrománticas de rasgos escandinavos, pero desdeñaban su pasividad, su condición de creadas y contempladas en vez de creadoras y observadoras, y por eso se empeñaron en superar el modelo de mujer prerafaelita. Tomaron pues como modelo alternativo a Safo, la poeta de Lesbos, enfatizando el hecho de que esa primera poeta lírica había rebasado su condición de «décima musa» para ser algo más que musa: se había rebelado. De hecho Safo -"decían-" frente a la épica, lo masculino, lo colectivo y la tradición helénica había optado revolucionariamente por la lírica, lo femenino, lo íntimo y la tradición asiática y, al hacerlo, había abierto decisivamente las puertas a un nuevo modelo, a una nueva forma de ser mujer.

Esas reencarnaciones de Safo que habitaron París miraban a las hermosas mujeres retratadas por los pintores prerrafaelitas con compasión pues se trataba de musas asépticas y pasivas encerradas en esa prisión delicada que es un cuadro; que es una vida en posición relegada. En este sentido Beatriz Russo ha tomado como metáfora a las mujeres de los cuadros prerrafaelitas para, emulando a las creadoras del París sáfico, reivindicarse a sí misma como mujer con identidad propia, con cuerpo y con pasión. Se trata el suyo pues de un libro aguerrido, denso, audaz en el tema y universal e intimista al mismo tiempo. De hecho en este poema-libro confesional se dan conciliadoramente la mano la imaginación y la metafísica -"«La madonnima del pianto condenó mis lagrimales. /Se inundaron mis mejillas con la corriente actividad de los malvados./ No hay tiempo para pedirle cuentas a la vida./ El nihilismo es tan improductivo como el porqué»-" para acabar conformando un lírico alegato moral que, más allá del feminismo, se erige en una defensa y un elogio de la feminidad con toda su grandeza, su multiplicidad y sus ámbitos propios: «En mi prisión delicada el tiempo no es de los hombres./ Los hombres se suicidaron con las magnolias de la eucaristía»-¦ De hecho uno termina su lectura pensando en que para esta autora la prisión delicada equivale a su mundo, a esa «habitación propia» de la que hablaba Virginia Woolf. Por eso Beatriz Russo demuestra haberse construido un mundo interior rico y delicado al cual no quiere renunciar pero desea compartir para ampliar así las fronteras mentales que con frecuencia nos constriñen. Y he ahí uno de los hallazgos de este texto: su gran poder de sugerencia. Y es que este poema-libro nos ayuda a reparar en lo fascinante que resulta el modo como van cambiando y superponiéndose los modelos de mujer, e indirectamente nos enfrenta a la evidencia de lo anquilosado que aún está nuestro actual modelo masculino: un modelo que arrastra cierto desvirtuado sentido de lo heroico, de la sobreactuación y de la dominación provenientes de la épica, del amor cortes y del arte prerafaelita...

Beatriz Russo, como tantas otras mujeres valientes que la han precedido, seguramente cree que ha escrito

en defensa de sí misma, pero yo sé que también lo ha hecho por mí; por nosotros... Gracias.

La prisión delicada
Comentarios