jueves 20.02.2020

Tribuna | La protección del gamusino

Está claro que no fueron navegantes españoles los que se toparon por vez primera con el ornitorrinco, porque de lo contrario no les habría extrañado ver un mamífero australiano con pico de pato que pone huevos. Y es que la Península Ibérica es de por sí un territorio propicio para los bichos raros y prueba de ello son los endemismos de nuestros ríos: bogas, bermejuelas, barbos… Quizá de entre estos sea el gamusino el que más nos pueda sorprender. No es frecuente verlo y el que lo ha visto no lo olvida ni lo confundiría jamás con ningún otro animal: no más de doce centímetros, cola desproporcionada, ojillos diminutos y un hocico barbudo y muy alargado que termina en dos trompetas con cierto aspecto alienígena.

Que la administración ahora dedique recursos para su protección puede parecer un nuevo despilfarro de la moda verde. Muchos pensarán que tampoco pasaría nada por la desaparición del gamusino, al igual que las canicas, peonzas o chapas desaparecen de los juegos infantiles. Otros opinarán que los chavales de ahora, con tanto acceso a la información como tienen, nunca saldrían de noche con linternas a buscar gamusinos por las paredes de los pueblos. Pero yo les diré que tal vez merezca la pena conservarlos. Estoy convencido de que los gamusinos habeilos hailos y que si nunca los encontramos de niños por más que insistiésemos, es porque no los sabíamos buscar.

A mí me convencieron mis compañeros, los agentes medioambientales. Por ellos descubrí que el gamusino hay que buscarlo con linternas, pero no en las paredes sino en los ríos. Cuando los vi por primera vez creí que estaban demasiado expuestos a los elementos y que debería de haberles dado un aire. Cómo iba a explicarme sino que estuviesen por la mañana recorriendo el río con sus vadeadores y apuntando con las linternas a las piedras de la orilla. Cómo no iba a creer que se habían vuelto locos, si todo el mundo sabe que los gamusinos salen de noche.

Luego me explicaron aquel misterio y entonces comprendí que la administración estaba logrando localizar a los últimos gamusinos ibéricos. Lo lograban localizando minúsculas caquitas como cabezas de alfiler donde aún perviven recluidos en la parte alta de los ríos, donde nuestra propia mierda, por el momento, no los ha envenenado.

Quizá el gamusino sea uno de esos animales invisibles de los que nadie se percata. No es ni grande como el oso ni tan llamativo como el urogallo ni por el momento su situación es tan crítica, pero el gamusino está en riesgo y merece la pena conservarlo.

Quien llegado a este punto aún siente curiosidad por conocer algo más sobre el gamusino y su protección, les diré que pueden informarse en el Proyecto Life Desmania, a quienes, sin su permiso, he tratado de traducir porque el hábitat y el nombre que usan para este animal es demasiado poético como para que los tomen en serio: «oculto en la orilla de las cristalinas aguas de los cauces montañosos aún sobrevive nuestro desmán de los Pirineos…».

Tribuna | La protección del gamusino
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