martes. 31.01.2023

Esta semana, Mariano Rajoy manifestaba su intención de sucederse a sí mismo como candidato en las generales. La manifestación se ha producido cuando la cuestión catalana se encuentra en plena efervescencia, cuando la corrupción vuelve a enlodar al Partido Popular, cuando el PP no se ha rehecho del desastre electoral catalán y cuando las encuestas comienzan a asegurar que Ciudadanos suscita ya más adhesiones que el PP en el conjunto del Estado español. Al ser interrogado por el periodista, Rajoy no se encontraba en su mejor momento puesto que llegó a decir que no corresponde al Gobierno inmiscuirse en la desigualdad salarial de género, un disparate en toda regla que olvida la Constitución —que impide las desigualdades— y desconoce una gran batería de medidas que han adoptado los países occidentales para corregir de raíz la más intolerable de las discriminaciones, la que concede un salario inferior a la mujer por el mismo trabajo que hace el hombre.

Rajoy está en su perfecto derecho de pretender su propia continuidad, obviamente, pero lo más inquietante es que esta cuestión, que es capital para el PP y para el sistema de partidos en general, ni siquiera se discute en Génova, ni en sus aledaños sociológicos, ni, aparentemente, en los círculos económicos conservadores. Cuando es patente que este país, que sale de una crisis en que la capacidad de resistencia pasiva de Rajoy ha sido útil, necesita ahora un ímpetu transformador que Rajoy no parece capaz de aportar.

En estos tiempos de crisis y tribulación —hemos pasado de una gran adversidad económica a un intento golpista de secesión de un territorio—, Rajoy ha aportado su condición de resistente, y así se lo ha reconocido la opinión pública. Consiguió eludir el rescate integral que pretendía Bruselas y ha aplicado tardíamente pero con solvencia el artículo 155 de la Constitución para oponer la fortaleza del Estado al intento sedicioso. Pero ahora, cuando es preciso reconstituir el Estado sobre nuevas bases más modernas y operativas, cuando es necesario responder al populismo y al independentismo con propuestas modernizadoras, no se ve a Rajoy dispuesto a situarse al frente tales iniciativas, que obligarán a quien las acometa a improvisar a veces y a correr riesgos siempre.

Por un cúmulo de razones que algún día habrá que examinar con suficiente detalle, los partidos actual son (con escasísimas excepciones) un erial. Por eso Rajoy no tiene competidores. Pero la simple continuidad vegetativa de Rajoy en el PP no será operativa. Porque —las encuestas hablan— es patente que el suelo y el techo del PP han ido decreciendo desde la mayoría absoluta de 2011 hasta hoy. La aspiración de Rajoy de continuar al frente del PP sólo se entendería si el líder conservador llevara una cartera de proyectos bajo el brazo. De otro modo, es altamente improbable que quienes han sido sus propios seguidores le renueven la confianza.

La sucesión de Rajoy
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