martes 17/5/22

Sobre el tema de la leonesidad, me he ocupado en estas páginas en varias ocasiones para dejar claro que ni es una ideología, ni debe considerarse un partido político ni mucho menos acercarse a los ismos. Porque la leonesidad, con su sufijo «dad», tiene el significado de cualidad, excelencia. Algo que se llena del adjetivo leonés. Por eso quiso decir Merino que «se impregnaba de leonesidad», es decir, que se llenaba del ser leonés, se lleve aquella raíz subjetiva, tan dentro como quiso decirlo Afrodisio Ferrero en su libro Amarás a tu tierra: «…que la juventud y los leoneses, en general, sean protagonistas y se sientan orgullosos de sus raíces». Cosa bien distinta a la de ser un partido político.

Nuestra Constitución, al referirse a los partidos políticos (artículo 6), dice que «concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular». No están ínsitos en la voluntad del pueblo —son ad extra— sino que «concurren» a él. No son propios del pueblo sino que son advenedizos a la cualidad de lo particular y permanente. Tal es así que no tienen una unidad de «formación», sino que son objeto de varios pareceres (ideologías). No así la cualidad del ser regional (leonés) que sumerge su misión en lo más ancestral de un pueblo, esto es, la tradición. No es advenediza es, digamos ad intra, producto de la historia. Y como diría Unamuno: «La historia es el desarrollo —la evolución— del recuerdo; el progreso de la tradición (…) Aquí la actualidad se hace eternidad». (Pasajes del alma, 131) Porque la tradición es una cualidad permanente y eterna, los partidos políticos son cambiantes o advenedizos; nacen y desaparecen como por encanto, al socaire de las veleidades del político o los «ismos» de turno. Por el contrario, la leonesidad hunde su historia en el subsuelo de la tradición, es la convivencia de la unificación elemental heredada y que aprisiona las almas de cada vecino en una unión espiritual; es un modelo de mentalidad que no se mueve con el vaivén de las ideas, sino que mantiene los valores humanos de la sociabilidad y la solidaridad. Es permanente, histórica y, por eso, adaptable, pero fija sobre el eje de los valores superiores. Ya lo dijo Vicente Aleixandre en su discurso recogiendo el premio Nobel: «La vitalidad de una tradición depende de su capacidad para renovarse». Quiere decir que el valor de la tradición puede adaptarse a circunstancias, sin perder su vitalidad ancestral.

Además la leonesidad es la esencia y la historicidad de la democracia. Porque, ¿qué partido político se puede subrogar en la decisión de la Unesco de declarar a León como Cuna Universal del Parlamentarismo?, y ¿qué ideología se puede adueñar de las palabras de Alfonso IX que en 1188, declaraba «que estando celebrando la Curia en León (…) con los ciudadanos elegidos por cada ciudad»? Es la mayor y más eficaz forma ancestral de promocionar la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Pues como dejó dicho Tocqueville: «…la democracia es un estado de la sociedad y no una forma de gobierno». Bueno, no es solo una forma de gobernar sino que tiene otros aspectos sociológicos que la hacen servible para las relaciones. Porque la urna ha sido muchas veces mancillada y el voto se ha visto comprado o enajenado. La democracia debe de ir unida a los valores de la leonesidad —de la tradición— pues sin estos valores lo que pudiera ser origen del pueblo, se convierte en totalitarismo.

Aquellos partidos políticos que se crean en base a una falsa regionalidad, o son excluyentes, independentistas o expansionistas. Así, en el País Vasco, el PNV es «Ser instrumento de realización del proyecto político nacionalista». Para Cataluña (JperC) es «un proyecto de liberación nacional». El nacionalismo gallego defiende el reconocimiento de la autodeterminación, en el que se incluye El Bierzo y Sanabria. Y la guinda la pone la Unión del Pueblo Leonés que se autodefine como partido político, y que entre sus diez Bases Programáticas, encontramos la IX que pretende —menos mal— «impulsar la investigación, la conservación y difusión de nuestro patrimonio cultural, tanto el material como el inmaterial». Bueno, algo es algo; que entre diez bases en el programa de los políticos que ideologizan al pueblo de León, dediquen un punto a «patrimonio inmaterial», es de agradecer. Puesto que la leonesidad no se concibe —por supuesto— como una ideología sino como un sentimiento que la tradición viene arrastrando desde siglos y que el pueblo —sin necesidad del voto— ha considerado que debe de mantenerse, debe adaptarse a los tiempos y debe de ser apoyo y basamento de las relaciones para la convivencia.

Y para ello debe de resguardarse de ciertas ideologías que nos roban la historia y, por ello, las tradiciones. Hemos de cuidar de su limpieza, pues como decía Ganivet: «Yo opino que debe empezarse por limpiar y purificar las costumbres, después de limpiar los cuerpos, luego las casas y, por último las calles» (Granada la bella, 70). Yo añadiría la limpieza de las ideologías que puedan empañar o destruir la leonesidad que debe ser el primordial avance y crisol de nuestra ciudadanía. Porque pasarán los políticos, cambiarán las ideologías, desaparecerán los partidos, pero siempre nos quedará la leonesidad.

Leonesidad no es un partido político
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