miércoles. 30.11.2022

Cuando hace un cuarto de siglo, algunos pergeñábamos folios con historias policíacas, el ahora llamado género negro se encontraba tan devaluado como la novela rosa y el western en papel de la época. Todo el paquete pasaba por una suerte de lectura de descanso intelectual sin mayor interés que aprovechar un rato de asueto.

Este tipo de narraciones comenzaron siendo una especie de enigma que proponía al lector un desafío a su capacidad deductiva. Con el paso de los años evolucionó hacia formas más complejas que atañen a la descripción de una sociedad desangelada, en crisis y a menudo corrupta, incluidos sus vericuetos menos confesables y las personas que se reproducen en esos caldos de cultivo degradados, violentos o al margen de la ley. Aquel estilo clásico de primera mitad del siglo pasado era deudor del costumbrismo detectivesco-caballeresco, tipo Sherlock Holmes, del maestro Arthur Conan Doyle, o de Hércules Poirot y del mayordomo sospechoso a perpetuidad, de la inigualable Agatha Christie. Evidentemente, nada que ver con el emponzoñado escenario a pie de calle que nos azota hoy.

Bastantes años después, todo tipo de escritores quieren situar en los estantes de las librerías alguna novela negracriminal en cualquiera de sus vertientes: policíaca, thriller, detectivesca, suspense, etcétera. ¿Qué ha sucedido? ¿Acaso la literatura del modo negro que se producía antaño era en verdad de tregua intelectual? Habría de todo, como es natural y ocurre ahora, pero los tiros, y nunca mejor dicho, van por distintos derroteros. Personalmente sostengo otra teoría que no hace mucho comentaba en una entrevista en estas mismas páginas de Diario de León con Manuel Cuenya.

El género negro entronca directamente con la denuncia social. Como tal le toma el pulso a cara de perro y ofrece al lector una crónica generalmente descarnada del patio trasero de la vida; de esa zona donde se esconden las miserias a las visitas dominicales. Por otro lado, brinda un universo de posibilidades que quizás en distintos contextos retóricos resulte más resbaladizo acometer. La tensión y la atmósfera que se logran en una creación negra son difícilmente alcanzables en otras materias.

Ahora bien, y aquí está, creo yo, la piedra angular del debate. El cauce imaginario criminal español ha marcado distancia con las obras estereotipadas norteamericanas, y aún con los voluminosos tomos nórdicos venidos del frío. Por estos lares huimos del sabueso triunfador a ultranza. Preferimos al poli o investigador áspero y antihéroe, que puede ser perfectamente un vecino de escalera, al infalible detective paladín yanqui, ya sea éste el protagonista, ya esté planteada la trama desde el punto de vista del criminal o por el contrario desde la óptica de la víctima, de acuerdo a los tres patrones estructurales más comunes del método.

Pero, para no alejarnos del título que encabeza este texto, ¿es verosímil la literatura criminal si la confrontamos con el entorno policial y la delincuencia cotidiana? Tanto si analizamos la incertidumbre desde una perspectiva de la verosimilitud en cuanto a credibilidad, o partiendo de la premisa de una coherencia únicamente interna del relato ficcionado, los que tenemos obras negras publicadas y además procedemos del mundo policial o criminológico, sabemos, como el resto de gremios, al menos un par de cosas básicas al respecto. Una, que consiste en evitar topicazos. Y otra, que pese a todo hay ocasiones en las que atajas ventajosamente recurriendo a alguno sin complejos. En suma, que aquello de que la realidad supera con frecuencia la ficción es, aparte de un latiguillo simplista, gran verdad que los de ora la espada, ora la pluma hemos observado en numerosas oportunidades. A menudo la vida es novela negra.

No obstante, alguien dijo, refiriéndose al indudable aderezo sazonador en la literatura negra, que pretender redactar el género policíaco (diferente al policial) atendiendo a un mal asimilado realismo es como escribir narraciones de amor contando la rutina del matrimonio.

La relación de las armas y las letras, del sable y el tintero, viene del Renacimiento. Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, Góngora y por supuesto Cervantes fueron hombres de espada y pluma. Con el paso del tiempo, y salvando las distancias, esa tradición ha soportado altibajos. Así, el primer policía escritor español contemporáneo de serie negra del que se tiene constancia es Luis Fernández-Vior, que firmó en 1931 la novela Un crimen en barrios bajos. Le siguieron después de la Guerra Civil, Juan Antonio Bustamante, Manuel Cunha, Pedro y Carlos Caba, Conrado Ordóñez, Juan Escobar Raggio, Félix Martínez Orejón o Cargel Blastón, pseudónimo de Carlos Lestón. Como es de suponer, estaban subordinados al régimen franquista.

Con todo, si nos fijamos ya en las últimas décadas, aparecen nombres de policías que han dado a luz obras negras notabilísimas. Por nombrar sobre la marcha algunos, Tomás Salvador se alzó con el premio Planeta por su novela El atentado y con el Premio Nacional de Literatura con Cuerda de presos, llevada con éxito a la pantalla cinematográfica; Domingo Manfredi fue asimismo Premio Nacional de Literatura con La rastra y al que, con casi 90 años a sus espaldas, le concedieron el Premio Internacional de Relatos Demetrio Cañizares 1997; José Luis de Tomás alcanzó el premio Nadal con El otro lado de la droga; Esteban Navarro ha sido finalista de la edición del Nadal de este año 2013 con La noche de los peones; y, por citar a otro destacado colega leonés, Alejandro G. Gallo, se hizo en 2011 con el XIV Premio García Pavón de Narrativa con su novela Asesinato en el Kremlin, además de ser uno de los motores de la Semana Negra de Gijón y padre de una larga saga de obras.

Todos ellos, entre otros muchos como Eduardo Pascual, Marc Pastor, el televisivo Manuel Giménez o Víctor del Árbol tienen un rasgo común, que son policías que, además de serlo, crean sus propios agentes de ficción para vivir la profesión sin límites frente al teclado del ordenador. En resumidas cuentas, ¿de qué manera ven los funcionarios policiales la literatura negracriminal?

Habría que diferenciar a priori los inevitables errores técnico-corporativo-endogámicos (sin apenas valor en la historia), del devenir argumental y mérito retórico, verdaderamente importantes para el proyecto. Dentro de este plano, la verosimilitud de lo narrado, al margen de florituras de autor, sería la definitiva prueba del algodón. En general, se aprecia que los prosistas más especializados en la disciplina conocen bien los modus operandi policiales e investigadores, tanto de naturaleza orgánica como metodológicos. Así, recuerdo que el Nadal leonés Juan Pedro Aparicio quiso que lo encerraran motu propio en un calabozo de la comisaría de Leganitos para ponerse en situación y, de paso, que el inspector Gonzalo Malo Malvido, protagonista de Malo en Madrid o el caso de la viuda polaca y La gran bruma, se condujera con autoridad en los renglones de sendas novelas.

En cuanto a los personajes, tipologías delictivas y transgresiones desarrolladas en las páginas fabuladas, particularmente no he leído nada hasta ahora que no tenga visto o escuchado en 30 años de oficio, efectivo o académico. Aún más, quizá haya cosas y casos, lo doy por seguro, que todavía no se han publicado. Comprenderán por qué apelo sin reparos al tópico añejo de la realidad y la ficción.

Y como la profesión suele tirar, aprovecho para dejar escrito que la mejor arma del policía no es la parabellum sino la pluma, ya sea para crear una pieza literaria o para redactar un informe riguroso y de calidad con el que el juez tenga elementos de juicio para tomar una decisión neutral y ajustada a derecho. Lo contrario sería volver a los tiempos de la vieja y turbadora «secreta», afortunadamente extinguida, aunque siempre queda algún trasnochado de barra de bar y clases pasivas con la efímera pretensión de dejarse invitar indisimuladamente a cambio de una batallita niquelada en primera persona. La vida imitando la literatura.

Lo dicho, la realidad es novela negra. ¿O acaso los telediarios son ficción? Como sentenciaba el capitán Furilo en la legendaria serie Canción triste de Hill Street: tengan cuidado ahí afuera.

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