viernes 27/5/22

En 2007 Nassim Taleb publica su libro El Cisne negro que fue acogido con notable éxito. A mi particularmente me ha parecido muy interesante. Su tesis fundamental era que los acontecimientos que calificamos como extraordinarios forman parte de la normalidad. Uno de sus méritos ha sido trasladar esa idea a través de la imagen de «los cisnes negros». Vendría a ser que aunque la mayoría de los cisnes son blancos, también hay que encuadrar dentro de la normalidad a «los cisnes negros».

En ese texto y trasladado al plano social «los cisnes negros» vendrían a significar acontecimientos negativos y perjudiciales para el bienestar social. Tal vez en ello se deja guiar por todo lo que en nuestra cultura ha venido a significar el color negro como signo de luto . Cuando surge la pandemia se asume como uno de esos cisnes negros que nos causan dolor pero que vistos desde una perspectiva histórica se pueden considerar que forman parte de una normalidad social. No era la primera vez que la humanidad ha sufrido una pandemia y con toda probabilidad tampoco será la última.

Igual es que uno pasa por un momento pesimista, pero es que parece que últimamente «todos los cisnes son negros». La excepcionalidad de acontecimientos negativos graves se ha convertido en algo que ha pasado a ser habitual. Primero fue la pandemia, luego un volcán (que estuvo mucho tiempo activo) y ahora la guerra de Ucrania. Ninguno es precisamente un «tema menor» y me llama la atención esa continuidad.

Sabemos que existen «cisnes negros» pero también que «aparecen entre otros muchos cisnes blancos». Hoy sin embargo, parece que lo que se considera excepcional son los «cisnes blancos». Lo malo es que todo ello va minando el tejido económico y social. Los recursos son siempre limitados. Más allá de la demagogia será siempre complicado pedir que se recauden «menos impuestos» para dar «más servicios».

Son muchos los sectores y zonas geográficas afectadas. Se puede entender que hay que procurar atender unas necesidades básicas. Habrá que promover acciones de solidaridad ya sea con los refugiados de Ucrania, como con los que han perdido sus hogares como consecuencia del volcán.

Voy a ser uno de los que apoyan la petición de Borrell para que ya sea a nivel individual o de comunidad se reduzca el gasto en el gas. Ha pedido bajar algo el termostato que mide la temperatura. Creo que más allá del tema concreto, está petición hay que enmarcarla en que la solución a los problemas nos corresponde afrontarla a todos y no es tarea exclusiva de los que tienen responsabilidades de gobierno.

Es frecuente considerar que los medios públicos y las administraciones tienen unos poderes económicos prácticamente ilimitados que podrían cubrir cualquier demanda. Un cierto concepto de sociedad de bienestar estaría apoyado en esa cierta sensación de poder ilimitado. Hay una negación a admitir lo que nos supone esfuerzos o inconvenientes suplementarios. Todo ello aún cuando también hay grandes ejemplos de solidaridad social que hemos podido ver ante las diferentes desgracias.

No es tanto que el medio social no sea generoso (que sí creo que lo es) como que se enfrenten los grandes problemas como algo que nos compete a todos. Que no se espere a que la solución venga desde las administraciones públicas.

Es en los momentos de dificultad donde se hace especialmente necesario el conseguir liderazgos que favorezcan la unidad en los objetivos más allá de lo que puedan ser las diferencias ideológicas.

En todos aquellos campos en los que se precisa la colaboración es necesario que la misma se haga desde la confianza. Hoy estamos en un medio político en el que resulta demasiado habitual el insulto. Podríamos decir que se tiende a primar derribar al rival político por encima de superar las dificultades. Podríamos decir que «se combate más a las personas que a las ideas». Por ello mismo se ha hecho habitual el insulto y la descalificación. La mentira también ha ganado protagonismo.

Se nos dice que podemos estar ante un cambio en el orden mundial. Creo que esto es una posibilidad real. Por ello mismo hay que defender los valores de la cultura europea. Es importante el apoyo a una forma de vida basada en una organización democrática, en la libertad y en la defensa de la pluralidad. La uniformidad que ,tanto antes como ahora, se ha querido imponer en base a criterios religiosos o militares es contraria a nuestro modo de vida. La barbarie en demasiadas ocasiones se ha justificado en que «no hay más verdad que la mía» y por tanto hay que acabar con los «infieles».

Deben volver los cisnes blancos a nuestros estanques. Que los podamos disfrutar desde la tranquilidad y la libertad. Que nuestros hijos y nietos no tengan que ver más estas escenas de horror.

Los cisnes negros
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