viernes. 03.02.2023

LO QUE SUCEDE, lo que nos sucede a los españolitos madre, nos guarde Dios, es que ya no quedan inocentes. Se acabaron los inocentes que iban por el mundo solos con sus ilusiones y sus credulidades a cuestas.

Algunos hasta se dejaban estampar en la espalda un monigote para

y regocijo de los hijos de Satanás. Se acabaron los inocentes así que se dieran los últimos con la realidad política a la que estaban condenados por bobines. Y así que consiguieron obtener el documento de identidad como tonto de capirote y miembros de una novísima partida para ocupar un puesto municipal, por ejemplo, se dieron de baja y se afiliaron a la cofradía de los listos y abiertos de corazón.

Fue la de la desaceleración de los niños de coro, una de las operaciones sicológicas y deportivas de mayor éxito de la época. Se acabaron los inocentes porque los últimos que quedaban acabaron víctimas del tifus. Y nos invadió efectivamente la enfermedad de los adelantados apostólicos y de los guardianes de las esencias.

A falta de inocentes a los cuales convertir en fantoches, los manipuladores de almas y de cuerpos, los conversores en miembros de la familia política de lo que fueron criados yo domésticos al servicio de un señor de chicha y nabo, se rindieron y fueron los tiempos de la mentira, de la trampa, de la ficción. Y el que no valiera para despojar al prójimo, mediante una maniobra más o menos sorprendente, se quedó de cuadra.

Y como de cuadra estábamos en esta fecha de la Gran Inocentada 2009, cuando se nos anuncia que estábamos a punto de superar las dificultades y que al más lerdo o más inocente si se quiera, se le montaba una tienda de ultramarinos finos o se le incorporaba al grupo de los futuristas, convencidos de que así como el fulano y el Mengano consiguieron subir y subir de la mierda al cargo, los inocentes tradicionales también podrían optar a ocupar una cofradía, un partido, una asociación o lo que bien viniera para alcanzar «el puesto que tienen allí», que cantaban en los felices tiempos de Franco, que era, según el pregonero de mi pueblo cuando se vivía bien...

En vano los estadistas intentan rescatar a un inocente perdido y hallado en el templo, porque los novísimos ni son inocentes ni van a misa. A los más ancianos de la tribu, la ausencia del inocente y de la inocentada en el calendario zaragozano ha sido una mutilación política, cultural y religiosa de la cual no le va a ser al españolito superviviente ni fácil ni tentadora, sino todo lo contrario.

Hemos perdido a los hombres y a las mujeres buenos y la sociedad se nos ha quedado formada principalmente por obispos de la parroquia, con más olfato para los cargos que un perro perdiguero y aptos para la mentira, para la ficción, para la trampa, hasta que la muerte nos separe de tan pintoresca y perversa especie. Los inocentes han muerto, ¡Viva Pérez de Guzmán! Y al que sea bobín, para Afganistán. (Y se está produciendo la especie de los tontos supernumerarios con sueldo, comedores de pan e higos).

Los inocentes 009
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