sábado. 04.02.2023
SI ALGUIEN tiene la suerte de ser hipertenso o de que su colesterol maligno esté por las nubes, le afecta directamente la bajada del precio de medicamentos que empezó ayer. Tendrá que pagar entre un 40 y un 60 por ciento menos de lo que venía pagando por los mismos potingues, de modo que por muy malos que estén le dejarán un mejor sabor de boca. Año nuevo, precios nuevos. Disminuirá el de ciertos fármacos y subirá el de los sellos de Correos y el de los transportes. Vaya lo uno por lo otro, pero como hay que saber mirar el lado bueno de las cosas debemos alegrarnos con las reducciones en el mismo grado que nos resignamos a las subidas. Sin embargo, es insoslayable hacerse algunas preguntas. ¿Cómo la medida, que ha sido rechazada por la industria farmacéutica, puede beneficiar a la vez al Estado y a nosotros?. El ministerio de Sanidad asegura que ahorrará entre 400 y 500 millones anuales y los pacientes se ahorrarán unas monedas. ¿Cómo es posible que nadie pierda, y sobre todo, si era tan fácil la cosa, por qué no se les ha ocurrido antes?. Nada menos que dos mil medicamentos cuestan un poco menos de lo que costaban anteayer y eso no deja de ser raro, ya que la filantropía no ha venido siendo una de las obsesiones de los laboratorios, pero más raro aún es que exista tal cantidad de fármacos. Se han inventado más productos que dolencias, lo que determina que haya más remedios que enfermedades. Son enigmas cuya comprensión nos está vedada: bajándolos de precio se ahorra. Misterios de la economía, como eso de que la Bolsa haya subido un 28 por ciento después de tres años de pérdidas y que el euro se haya revalorizado en sus dos años de vida en un 41 por ciento y amenace al dólar como fetiche mundial. Es una buena noticia que valga menos dejar de estar malos. Hay que creer en las medicinas, salvo en las que son incompatibles con las bebidas alcohólicas. Tengo entendido que algunas disminuyen el efecto de la ginebra.

Los nuevos precios
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