domingo. 05.02.2023
TODO PROCESO de liquidación de un fenómeno terrorista es complejo por la propia naturaleza de sus protagonistas: siempre hay quien quiere continuar matando porque la inercia del crimen conmina a una cierta desesperación vocacional. La guerra nunca se termina en un segundo previamente conocido y los tramos finales requieren grandes dotes de inteligencia política, sutileza negociadora y discreción. Lo que sabemos seguro es que ETA no puede ganar la partida. Y, ellos, ahora también lo saben. El universo de ETA es absolutamente monolítico, por la disciplina inherente a toda organización autoritaria, pero dista mucho de ser homogéneo. Las distintas sensibilidades se determinan fundamentalmente por el cansancio de muchos de sus militantes y por la falta de salida política de quienes se mueven en su entorno y ven que el reloj de su incorporación a ámbitos democráticos avanza imparable. La última explosión de una bomba en Getxo no es sino la reafirmación desesperada de un certificado de existencia. Pero es una subsistencia tan efímera como la onda explosiva. La primera condición para que el final de ETA pueda encontrar cauces sencillos es que quienes estamos al otro lado de la barricada renunciemos a cualquier acto que pueda ser un impedimento fundamental para la paz. Los periodistas tenemos enfrente un especial desafío de responsabilidad que se desliza entre el derecho y el deber de informar y el adeudo que como ciudadanos tenemos con la sociedad para no dificultar algo tan desesperadamente importante como es el final del terrorismo. Parece que los partidos políticos, tanto el que gobierna como el que está en la oposición, saben que sus comportamientos serán especialmente observados y, además, están conminados por el Pacto Antiterrorista a colaborar lealmente en que las cosas puedan discurrir con normalidad. En un universo tan complejo como es el de la prensa española es difícil que haya unanimidad de criterios y de toma de responsabiliades en un compromiso tácito de coherencia informativa. Pero este asunto debiera ser además un termómetro definitivo para que los que siempre han tenido fiebre de falta de lealtad con la democracia y no han sentido nunca el peso de la ética en sus comportamientos sean señalados para siempre. El cansancio de la muerte de la sociedad española amenaza con pasar factura a quienes se aprovechen del ruido que se produzca en este proceso de liquidación del terrorismo. Ojalá que en el ámbito de la prensa las cosas queden claras para siempre.

Los ruidos de la paz
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