Diario de León
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Hace unos cuantos años tuve la oportunidad de visitar «a lo turista» Croacia. Bello país. La costa y sus ciudades, también las islas, conservan ese equilibrio tan difícil entre la mirada a una herencia de gran cruce cultural —que los paisanos honran— y un presente que empuja hacia lo multitudinario.

Han cerrado las heridas de la sangrienta guerra que vivieron y miran al futuro como mejor forma de superar sus duelos.

Pero fue al llegar al Dubrovnik de influencia veneciana en tiempo post «Juego de Tronos» donde tuve la impresión de llegar —de nuevo— a un lugar invadido por los de siempre, es decir por nosotros, los de las fotos con los móviles. Allí los humanos en camiseta y chanclas (procuro distanciarme de ese atuendo, debo decir) le dábamos una nota de color tutti frutti a esas plazas y calles. Éramos como un graffiti en movimiento.

Con tanto trasiego le hurtamos a la ciudad toda posibilidad de escuchar el pasado que sus muros querían contar. Hace algo de tiempo no existían estas invasiones modernas y mostraba la ciudad (todas las ciudades) un esplendor que ahora cuesta imaginar. En el caso de Dubrovnik el final de la guerra y la publicidad conseguida por la serie dispararon el interés por visitarla.

Con tanto trasiego le hurtamos a la ciudad toda posibilidad de escuchar el pasado que sus muros querían contar

Al respecto me enteré que en algunas ocasiones de julio y agosto se juntan varios cruceros que vomitan hasta 10.000 personas, lo que unido a los 25.000 visitantes alojados en tierra, hacen que la gente no quepa por las calles. Vamos, que se atascan. Lo mismo ocurre en Venecia, adonde no he vuelto a ir desde hace muchos años y donde creo que también hay problemas de «densidad humana» aparte de que los inmensos cruceros producen unas olas que dañan aún más la frágil estabilidad de la ciudad. La lista de lugares en este plan, cada verano, no es pequeña.

Ha llegado un momento en que se plantea uno el verdadero sentido de ciertos viajes. Ya no hay descubrimiento, no hay rincones secretos en la mayoría de lugares. Se trata de ir siguiendo las guías y experimentar lo que se pueda dentro de los abarrotamientos. Algo tienen estos viajes a los destinos multitudinarios que al final no sacian. No entras, no sientes el país, no lo vives; y por supuesto no hay ese viaje interior que es el que deja los auténticos recuerdos ya que hacer la foto, la que hacen todos, eso no es viajar. Es la sensación de «he ido», no de «he estado». Y ahí es cuando llega la frase «pues tampoco es para tanto»: la consagración del viaje a medias.

Reflexiono últimamente después de un par de recientes decepciones y recuerdo aquellos viajes narrados en los libros de aventuras, cuando viajábamos mucho menos. Como mucho al norte o las playas del Sur o de Levante, siempre de España. Si se juntaba un buen relato, una juventud inquieta y eso de leer —que se está perdiendo— se viajaba a unos destinos y había una acción dentro de ellos imposibles de sentir cuando se presentaba uno «de facto» en el lugar.

Ningún viaje superará la sutil sensualidad que desprendía la lectura de Leyendas de la Alhambra de Washington Irving, ni la emoción de los Viajes a la Luna , ni al Centro de la Tierra , ni los viajes en submarino de lujo de Julio Verne. Que por cierto, ni estuvo ni se le esperaba en ninguno de esos lugares.

Por favor, que los turistas vengan a España que hay mucho que ofrecer y es la industria número uno de este país estupendo. Ahora, el que escribe, salir al extranjero, solo fuera de temporada. Y, por supuesto, buscando los paraísos cercanos que todavía existen pero que ya no sabe uno si desea que se conozcan o no.

Y sin olvidar que quizá el más bello relato de viajes, por breve, lo escribió el funcionario del Ministerio de Obras Públicas llamado Constantino Kavafis al que no se le conocía gran pasión viajera: Viaje a Ítaca. Esa capacidad para recrear la vida cotidiana de los tiempos ya pasados.

Su viaje era interior, por eso lo digo.

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