viernes. 27.01.2023
La última vuelta del camino suele ser penosa para quienes se han pasado la vida intentando averiguarla. Los escritores, ese cónclave de «aventureros extáticos y pintorescos», no cobran pagas extraordinarias, ni tienen jubilación. Tampoco acostumbran a guardar algunas monedas para los inviernos de la vejez. (De ahí que sea recomendable vivir en una ciudad donde el invierno dure no más de cuatro o cinco días). El caso de José María Gironella ha vuelto a reiterar lo consabido: si para cualquiera es un error estar vivo, lo es mucho más sobrevivirse. Nos estuvimos viendo todos los años en Barcelona, durante muchos, en un suntuoso premio de novela deportiva convocado por la revista Don Balón. Gironella, que había sido un triunfador y que había ganado muchos millones -la décima parte de lo que su editor ganó con él- estaba en desuso. Era cortés, hermético, decidido y tímido. Conservo algunas hermosas cartas suyas en las que me habla de todo menos de él. Ahora, al morir, se está glosando su penuria. Nada nuevo. No hay que remontarse a Cervantes, que nunca tuvo un puñetero duro. He tenido amigos que a su vez lo fueron de Valle Inclán. Me contaban que cenaba muchas noches café con leche en La Granja del... Los biógrafos de Galdós relatan que en sus últimos días pasó grandes dificultades, si no para comerse un par de huevos fritos sí para comprarse unos zapatos. Más recientemente, dos amigos cercanísimos y queridísimos, Gabriel Celaya y Lauro Olmo, lo pasaran fatal en los recodos finales de su trayecto. ¿Cuántas copas con Gabriel y Amparitzu?, ¿cuántos largos paseos por el barrio de Argüelles con Lauro? Eran tiempos mejores, pero cuando llegaron los malos una forma heroica de pudor les impidió pedir ayuda. Hubiera sido fácil que algunos amigos, con más suerte y muchos menos méritos, les echáramos una mano. Se aguantaron con su destino. Creo que era Sthendal el que dijo que no se puede envejecer sin un poco de dinero o un poco de gloria. Algunos se quedan sólo con la gloria, que avejenta mucho y no da de comer.

Malos finales
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