miércoles 12/8/20

TRIBUNA | Margarita Salas: In Memoriam

Fue la primera mujer científica en entrar en la Academia Española de la Lengua y en la Academia de las Ciencias Exacta, Físicas y Naturales, así como la primera española en formar parte de la prestigiosa Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos

Con María Luisa Maillard decidí hacer una biografía de Margarita Salas por la cualidad de pionera de la gran científica española. Además, en las conversaciones con ella descubrimos una mujer humanista de gran calado. Coincido plenamente con el perfil de Margarita que hace el filólogo Gregorio Salvador, en su réplica al discurso de entrada de la científica en la Real Academia de la Lengua: «Admiré desde el primer momento su discreción, la firmeza de sus juicios, nunca apresurados, su modestia, la afabilidad de su trato, la claridad de su pensamiento y su rigor profesional, una mujer entregada a la ciencia con seriedad y gusto, y abierta a otros saberes».

 

Sobre su condición de pionera no teníamos ninguna duda. Fue la primera mujer científica en entrar en la Academia Española de la Lengua y en la Academia de las Ciencias Exacta, Físicas y Naturales, así como la primera española en formar parte de la prestigiosa Academia Nacional de las Ciencias de Estados Unidos. Pero, toda su vida está marcada por abrir puertas en el ámbito de la investigación básica. Dedicamos nuestro libro de Margarita Salas a poner de relieve ese valor, tanto en su condición de mujer, y por ello con dificultades añadidas, como en su vocación de científica que abre puertas al trabajo de otros. Muy importante porque, como decía Newton, la ciencia siempre avanza «a hombros de gigantes».

 

En este recuerdo, después de su fallecimiento reciente, me gustaría destacar, en primer lugar, su insobornable ejemplaridad cívica. Le preocupaba, y mucho, el escaso esfuerzo que se hace en España por la investigación. Nos insistía en la desgracia para el país que, mientras en Europa se dedicaba más de un 2% del PIB a Investigación y Desarrollo, en España se empleaba un mísero 1%. «Esta financiación no está a la altura de los países modernos», nos repetía.

 

Pude comprobar hasta qué punto era así por una anécdota relacionada con la publicación del libro. En aquel momento era ministra de Ciencia y Tecnología Cristina Garmendia, a la que Margarita había dirigido la tesis. Le había producido gran satisfacción que su alumna se ocupara de ese ministerio, precisamente. Acordamos que yo le pediría un prólogo a la ministra para el libro, que ya estaba terminado. Le remití el borrador del libro y estuvo de acuerdo, y muy satisfecha, de escribir el prólogo.

 

Como pasaba el tiempo y no me enviaba el texto, contacté con ella. Su respuesta fue que no podía prologar un libro en el que se denunciaba al gobierno por su falta de esfuerzo en el apoyo a la ciencia. Era cierto, en el libro Margarita Salas se queja de unos datos presupuestarios que demuestran que, aún mejorando, están muy lejos de los países de nuestro entorno. El resultado fue que la ministra no escribió el prólogo y, por supuesto, Margarita no quiso que se modificara ni una letra de su queja.

 

Siempre fue una defensora a ultranza de la potenciación por parte del Estado de la Investigación Básica y se quejaba con amargura del escaso esfuerzo presupuestario de los gobiernos en I+D. Estaba preocupada por la carrera investigadora, especialmente por la situación de los jóvenes investigadores que después de lograr un buen nivel en España y en sus post-doctorales en el extranjero tienen que emigrar. Nos decía: «En España hay calidad científica, pero falta cantidad, y sobre todo presupuesto»

 

Su larga carrera científica, truncada con su fallecimiento, en plena producción, a los ochenta años, se inició con la obtención del doctorado por la universidad Complutense de Madrid en 1963. Durante tres años trabajó en la Universidad de Nueva York con el Nobel español Severo Ochoa y regresó a España, donde fundó el primer grupo de investigación en Genética Molecular del país en 1967, en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Siempre trabajando en equipo en el Centro de Biología Molecular, descubrió a través del estudio del virus Phi-29 una forma de replicar el ADN rápida y barata.

 

Allí descubrió lo que podía conseguir con el virus phi29 y estableció el procedimiento cuya propiedad intelectual registró. La invención de la tecnología para duplicar material genético, a partir de mínimas muestras, mediante ADN polimerasa generada por el virus bacteriano Phi29 al infectar a la bacteria Bacillus Subtilis. Esta técnica permite amplificar millones de veces un pequeño resto de ADN. Es poco conocido por la opinión pública, pero su trabajo es decisivo para la secuenciación genética de todo tipo de muestras halladas en yacimientos arqueológicos o para la nueva investigación criminalística científica, que convierte en sólidas pistas policiales mínimas trazas de restos biológicos. La innovación de Salas puede multiplicar esas trazas millones de veces, sin alteración alguna, para someterlas a pruebas y análisis. Y la patente rindió al CSIC más de seis millones de euros, durante seis años, para financiar la continuación de las investigaciones de su grupo de trabajo en el laboratorio de Madrid.

 

Era su obsesión: sin la investigación básica no podrían haberse dado los grandes avances en Biología que dieron lugar a la Biotecnología o a la Ingeniería Genética. Como la idea de formar equipos, fundamental para situar a la ciencia española a nivel europeo. Para demostrarlo, ahí están grandes investigadores, como María Blasco, Jesús Ávila y tantos: son «los margaritos». Siempre trabajó con la idea cívica de darle a España uno de los recursos más decisivos para su desarrollo. Y nunca haremos lo suficiente para que sea conocido el rendimiento para la sociedad de su trabajo.

 

Antes de la biografía de Margarita realicé la de la Nobel en Medicina de 1986, la neurocientífica italiana Rita Levi Montalcini, y me preguntaba, desde mi experiencia en la Filosofía de la Ciencia, qué rasgos comunes podría encontrar en sus carreras. Dos coincidencias me llamaron la atención: una visión humanista de la ciencia y la preocupación por romper los «techos de cristal» contra las mujeres que suponían la pérdida de tanto talento.

 

Era consciente de que los avances científicos, especialmente en su especialidad, la Genética Molecular, repercuten directamente en la sociedad y no duda en involucrarse en el debate acerca de las consecuencias que las aplicaciones prácticas tengan en la vida de las personas. Para ella el fin último de la ciencia es lograr beneficios para la humanidad y adoptó una posición comprometida en las dos aplicaciones prácticas mas importantes del avance de la Genética Molecular, la elaboración de alimentos transgénicos, como medio para paliar el hambre en el mundo, y la clonación terapéutica, para abrir el camino a la curación de enfermedades ahora incurables.

 

Se implicó en los debates éticos relacionados con la Ingeniería Genética. Exigía controles, en 1993 se creó del Comité Internacional de Bioética, que depende de la Unesco y ella participó activamente en la creación en España de la Sociedad Internacional de Bioética (Sibi). Con frecuencia repetía: «Los propios investigadores tenemos que poner límites a lo que se debe o no se debe hacer».

 

Como Rita Levi Montalci, Margarita contribuyó, con sus equipos de investigación, a derrumbar el mito de que las mujeres «no valen para la ciencia». La diferencia con Rita Levi Montalcini es que Margarita Salas hace su investigación en un país que durante siglos había dado la espalda a la ciencia. Cuando inicia su carrera investigadora no era esta una actividad en la que abundaran las mujeres. A veces recordaba cómo sufrió el desprecio a su valía intelectual durante el trabajo de su tesis doctoral dirigida por Alberto Sols.

 

Aunque era contraria a la discriminación positiva y, a ella misma, no le hubiera gustado que le concedieran algo por el hecho de ser mujer. A diferencia de Rita Levi Montalcini, que por ser mujer tuvo muchas dificultades en los inicios de su carrera, especialmente por parte de su padre, ella no tuvo demasiados problemas en su entorno familiar, pero era consciente de las dificultades que tienen aun hoy las mujeres para desarrollar plenamente su actividad profesional. No ignoraba las barreras asociadas a la conciliación familiar o a las actitudes que están detrás de los «techos de cristal», también en la actividad científica y académica.

 

Sirva este artículo como una pequeña contribución para que sea conocida una española que amaba a su país y contribuyó como pocos a ayudar a sus compatriotas a tener una vida mejor.

 

Como Rita Levi Montalcini, murió «con la bata puesta» como le gustaba decir. Gracias, Margarita.

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