lunes 29/11/21

Cuando el virólogo Fernando Simón en una de sus ruedas de prensa anunció que podíamos quitarnos en exteriores ese bozal antiestético, antiético y, antes de la vacuna, muy necesario, sentimos que comenzaba una nueva liberación: poder respirar un tanto mejor. Esto sucedió al comienzo del verano. Sin embargo, a lo largo de nuestros viajes por la piel de toro, hemos visto que, a pesar de tal exención, muchos de nuestros paisanos, la mayoría, llevaban puesto el bozal, incluso cuando paseaban solos y alejados a mil pasos del resto de conciudadanos. Decimos más, incluso en el jacuzzi, en la playa o en la sauna. Antes de nada, habrá quienes sin leer más nos etiqueten sin más como negacionistas, pero hemos de decir que cuando tocó estar en casa, estuvimos en casa, y, cuando ha habido que vacunarse, para que la población mayoritariamente esté a salvo, hemos acudido a vacunarnos. Actualmente, una vez pasados ya muchos meses, el uso en interiores de la mascarilla es obligatorio pese a que asistimos al paripé de una vez en el asiento, no se coloque porque, se diría, estamos ya protegidos con el ritual mágico de estar ya redimidos.

Camareros, limpiadores de las calles, barrenderos, conductores de autobuses vacíos, siguen usando ese artilugio que puede ser necesario en ciertos momentos pero que no parece que se tuviera que llevar a todas horas o ¿es que muchos pretenden, como la zorra de Esopo, que, como no tenía rabo, abogaba por cortárselo al resto? En verdad, una de las experiencias más tristes ha sido ver alumnos de Educación Física correr por el puente helmántico del Tormes con mascarilla. ¿Cómo se puede hacer ejercicio físico con tal tapabocas? ¿Por qué los profesores de Educación Física no han sido preguntados? ¿O creen que iban a permitir acercarse peligrosamente a sus alumnos entre sí? Esto, ¿de qué va?

Lo cierto es que nos causa un hondo penar que diversos colectivos, como el de los educadores o camareros, que están pagando el pato como pocos por las muchas horas de trabajo en los bares con el tapabocas puesto, no hagamos levantar la voz y permanezcamos esperando cuándo tendrán a bien las autoridades mesiánicas quitarnos el bozal. Ahora bien, no deja de ser sorprendente asistir cariacontecidos a las sentencias de los tertulianos de las teles pontificar sobre cómo será el nuevo curso escolar: uso de mascarillas, distancia, etc. Eso sí, ellos no guardan tal distancia ni usan la mascarilla, con la cual no se podrían escuchar tantas majaderías o cosas tan interesantes como dicen. Además, es muy curioso ver a los presentadores de la tele hablar sin ella mientras los currantes tienen que llevarla incluso en los tejados que reparan. (Sí, en verdad, al perro flaco, todo son pulgas).

A estas alturas ya se ha vacunado mucha gente. En un primer momento, tuvimos que ser prudentes por respeto a los demás y a nosotros mismos pero la cuestión es que parece que se pretende prolongar esta conducta sine die.

Como es evidente, no es posible durante mucho tiempo (¿un mes como mucho?) dar clase a alumnos de carne y hueso de modo virtual en nuestra cultura. Ya lo harán los que vengan luego en sociedades futuristas pero, por el momento, hemos de apostar por la cercanía y por ver las emociones reales del rostro. Quienes no tienen la menor empatía hacia el resto, no habrán reparado en la molestia de los camareros, taxistas, peluqueros, fruteros, pero ¿hasta cuándo han de seguir haciendo tal rito una vez que la población esté mayoritariamente vacunada? ¿Qué ritos fantasiosos y fanáticos hemos de seguir cumpliendo para que el poder esté contento creyendo que puede resolverlo todo mediante supersticiones? ¿Acaso, no provoca iatrogenia, es decir males mayores en la salud, el uso del bozal en los millones de estudiantes que tienen que verse privados de lo que los yoguis consideran que es fundamental: la respiración?

En cualquier caso, los profesores se ganan el sueldo con la voz y con su dedicación personal al alumnado que, sin duda, tiene derecho, establecidas una mínima distancia de seguridad, a poder respirar sin pañuelos asfixiantes. ¿Cómo se puede consentir que se imparta clase con mascarilla? Nos parece imposible enseñar, por ejemplo Psicología o leer Poesía, sin ver las emociones de los demás, sin poder ver el rostro, y parece más bien un acto de sadomasoquismo continuar con medidas que estuvieron bien al principio de la pandemia pero ya no tanto ahora. Respecto a los consejos de la institución médica, sabemos que son muchos y contradictorios, por lo que hemos de usar la prudencia y el sentido común necesarios para no convertirnos en borregos a las órdenes irracionales que solo fomentan el miedo insensato.

Por otra parte, no se alarme nadie. Se pueden hacer grupos de control y experimentales en las aulas y ver si existe diferencia significativa en cuanto al uso de la mascarilla pero, ojo, atendiendo a la gravedad que provoca su no utilización y no a borrosas cifras de contagio que no comportan riesgo serio. (Ya, puestos a mirar tanto por la salud del pueblo, los sindicatos podrían ver cómo hay obreros de la construcción trabajando a los 63 años sin haberse jubilado con riesgo permanente de su salud. Eso sí que es un verdadero contagio grave en una sociedad enferma que no da trabajo a los jóvenes y obliga a jubilarse a los 67 pensando que vamos a vivir mucho más, cuando, de hecho, no tienes asegurado vivir tanto tiempo como indican las estadísticas). En cualquier caso, asistimos a una tomadura de pelo y a un alto índice de obsesión ante el covid pero dejamos de lado a la gente que pernocta al raso o a quienes no tienen para llegar a final de mes. Muchos con la excusa del covid están aprovechando para hacer el agosto a expensas de nutrir el miedo irracional.

Quienes nos lean desde su palacio protegido no pueden comprender la importancia que tiene para los ciudadanos respirar. Muchos de aquellos no tienen que ponérsela porque son millonarios que en su yate están más allá del bien y del mal.

Finalmente, como es tan difícil ponerse de acuerdo, hemos de seguir protegiendo a los grupos de riesgo severo pero sin tanta obsesión. Quitarnos la mascarilla es simplemente un paso más hacia mayor liberación. Existe una aspiración mejor: librarse de la ignorancia y del odio que nos impiden ver lo bueno de tanta gente que ha dado lo mejor de sí. Gracias a todos ellos.

Los que hayan leído detenidamente este artículo sabrán que hablamos de mascarillas pero no solo de ellas. El problema es más grave que el de las mascarillas. Hablamos de bozales y de mayor liberación ciudadana. Quien quiera llevar mascarilla de por vida, que lo haga, pero le aconsejamos que, si puede, se anime a respirar en esta breve vida… no obstante, esto son cosas nimias al lado de lo que ocurre en Haití y en los países en guerra, pero mucho más importantes que hablar de series y espectáculos. En todo hay grados.

La mascarilla al pueblo: ¿hasta cuándo la mordaza?
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