jueves. 01.12.2022

Tribuna | Los médicos que entierran sus fallos

"Tomo conciencia de la muerte, tal cual en otros sentidos, jamás vistos o analizados, por los otros secretos, aún más lejanos o ajenos a mí"

Cuan difícil es guardar la calidad de hombre ante la medicina actual y supeditada al presente siglo y sin querer remontarme a pasados, ciertamente más incipientes en cuanto a médicos. Situación inversa tal cual, que al propio médico dicho, tiene preparación en contraste con la falta de medicina generalizada o digamos monopolizada por el cheque en blanco. Si en definitiva solo es el trato paliativo del sufrimiento/dolor, no la enfermedad en sí, ya que lo que anhela el convaleciente, una vez curado, es que cese de reconocerse en las misteriosas verdades de su mal. Cuantas veces, ya acostado y dominado por el sueño, me parecía tan lejano de mí, como la salud, como la juventud y la fuerza.

Un justo combate entre nuestra propia inteligencia humana y el instinto de las fieras, me parece extraño y a la vez ético, comparándolo con las «emboscadas» humanas, aceptando a la ficción consistente en pretender que se puede seducir, cuando la realidad nos indica e indicará que se somete. Pero es ahí, cuando empieza el riesgo del asco, o tal vez quizás, de la tontería. Mi egoísmo supino, tal cual lo veo, tras tiempo de lectura y enfermedad, es el desagrado que cualquier criatura, sea capaz de calcular y prevenir mi deseo.

Me tumbo en la cama y el sueño en las pocas veces que me vence, lo veo tan lejano de mí, como la salud, como la juventud gastada y la fuerza disipada. Tomo conciencia de la muerte, tal cual en otros sentidos, jamás vistos o analizados, por los otros secretos, aún más lejanos o ajenos a mí, o nuestra condición de hombres y es aquí cuando empiezo a conocer el sentido mismo de ella, tiene otros secretos aún más ajenos a nuestra condición dicha de hombres y no bastarán ni mi felicidad y si algo puede valer, pero a intervalos y sin continuidad, pero sobre y ante todo sin ninguna causa acepta propia fortuna de lo cierto siempre está o estará al abrigo de los reveses de la vida; aún en sus derrotas, adquieren un esplendor de victoria.

Me admira el fulgor de una calle pavimentada, vacuo pensamiento y trivial al caso, en un mundo de bosques cuidados, o desiertos, en que las bastas llanuras incultas, cubren nuestros pensamientos torpes, real que es belleza el espectáculo de esas calles firmes e ínvidas, desconectadas de la propia magnificencia de la naturaleza. Creo firmemente en un ideal, mi ideal, al cual lo encuentro encerrado en lo bello, tan difícil de definir a pesar de todas las evidencias de los sentidos y miradas. Mi fuerza en tiempos pasados, constituía la base, era el rigor sin el cual no entendía o me resultaba insume la belleza, la firmeza, sin la misma, no existe la justicia. Ella era el equilibrio de las partes, el conjunto de las proporciones armoniosas, que sin ningún exceso debe comprometer a naturaleza y humanidad.

Muchas teorías filosóficas las he hecho mías, en esa búsqueda de lo incierto y desconocido, encontrando respuestas a la vida pasada y más a la posterior; cada hombre está eternamente obligado en el curso de su vida breve, a elegir entre la esperanza infatigable y la prudente falta de la misma, entre las exquisiteces del caos y las de la estabilidad, es decir, a elegir entre ellas o a acordarlas alguna vez entre sí, y con el tiempo ha resultado que mis curiosas disciplinas mentales, tardías, me han permitido captar su esquivo pensamiento por el inulto erúdito terrenal.

Me horrorizan los debates inútiles, en los que cada uno sabe por adelantado, que va a ceder o no, y mi dios heredado en generaciones, lo he visto en los habitáculos más ineluctables y no obstante, todavía creo que un hombre más sensato que yo, será y sería imponentemente más dichoso hasta su muerte, dado que si dios no existiera, sería necesario inventarlo. ¡O tal vez vez ya está inventado! Mi gran incertidumbre en cuanto a Hipócrates, es si se le ha tenido en cuenta por la propia historia o solamente el curarse como indico, es cuenta del enfermo y es el médico el que cobra los honorarios (Benjamin Franklin).

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