lunes. 26.09.2022

El medio ambiente, tras el telón de fondo de la Covid-19

Hoy día 5 de junio se celebra el Día Internacional del Medio Ambiente, y puede ser un buen momento para hacer algunas reflexiones sobre las implicaciones humanas que llevaron a esa mención especial. Cuando en 1972 se celebró la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, se resaltaba, como principio, la preservación de los recursos naturales del planeta y, si fuera necesario, su restauración y mejora en beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se hacía especial énfasis en que la especie humana debería ser responsable de esa preservación y administración juiciosa, remarcando que en la planificación económica se debería atribuir una especial importancia a la conservación de la naturaleza.

En 1987 quedó recogido y definido en esos términos lo que debería ser el “Desarrollo Sostenible”, avalado por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, en su informe Nuestro Futuro Común, también conocido coloquialmente como Informe Brundtland, en honor a la Primera Ministra Noruega, presidenta de esa comisión. Y así se reafirma ese concepto, al menos teóricamente, en la Cumbre de Rio sobre Medio Ambiente y Desarrollo en 1992. Y así se insiste en la Comunidad Europea, en la Carta de Aalborg de 1994, donde quedan tajantemente fijados como objetivos la preservación del capital natural, la no contaminación y el mantenimiento de la diversidad biológica.

Sin embargo, han ido pasando los años, y con ellos los continuados fiascos de sucesivas Cumbres de la Tierra, en las que la decepción ha sido el denominador común en las conclusiones que se iban acordando. E incluso cuando el teórico acuerdo se conseguía de forma adecuada para la consecución del pretendido desarrollo sostenible, la práctica se ha traducido en insuficiente. A pesar de que la voz de los científicos, apoyada en la experimentación, haya aportado una gran cantidad de pruebas, la respuesta de la humanidad se está comportando irrazonablemente ante este problema de implicación planetaria.

No podemos sacar la falsa conclusión de que no hay margen para la degradación porque la naturaleza resolvería cualquier problema. Las leyes de la física y de la biología nos indican que siempre hay un límite o un factor limitante

El Cambio Global tiene muchas variables y todas ellas están interconectadas, pero también todas ellas tienen como causa última el efecto humano sobreexpresado sobre el funcionamiento de la naturaleza. El crecimiento de la población ha supuesto un incremento de en el uso de los recursos naturales necesarios para su mantenimiento, que en gran medida viene soportado por el transporte para asegurar la falta de proximidad territorial. Y eso es una mínima parte de las necesidades, ya que la evolución cultural y lo que vulgarmente conocemos como desarrollo, multiplican por 10 la explotación de los recursos del planeta, en forma de materiales y artefactos de consumo cada vez más exigentes, por supuesto también estrechamente relacionados con el transporte y la conexión global intercontinental. Lo que podríamos considerar una ventaja individual, por la posibilidad de disponer de lo que se quiera, de donde se quiera y en cualquier momento, se traduce en un riesgo de contaminación ambiental, fundamentalmente por el dióxido de carbono que se libera, además de otros polucionantes atmosféricos, causantes del calentamiento global, y en una hiperconectividad entre los individuos de la especie humana, que suele ir ligada a la degradación de la mayoría de los ecosistemas, tanto en el medio terrestre como acuático, y la consiguiente pérdida de biodiversidad, con especial implicación en sistemas sensibles, como los bosques, los océanos y los ambientes más frágiles como las montañas o los desiertos fríos o calientes.

Aparentemente, aun sabiendo todo esto, parece que cabalgábamos sobre el conformismo y hasta ahora le damos más importancia al desarrollo económico que al apartado ambiental o a las implicaciones sociales.

La especie humana como conjunto parece concienciada, pero en fracciones menores e incluso en la individualidad, es por lo general tremendamente egoísta, y por sectores absolutamente extremistas y, lo que puede ser peor, normalmente contrapuestos. Pero el concepto de desarrollo sostenible indisolublemente debe coordinar de forma equilibrada los tres componentes para ser eficiente o, lo que es lo mismo, para asegurar la supervivencia. La especie humana está haciendo desaparecer un número extraordinariamente grande de las especies del planeta y parece no importarle, pero en el juego de la evolución jugamos todos y nuestra especie también está incluida con un riesgo desconocido, pero cada vez más tensionado por factores de presión que ella misma está modificando hasta límites cada vez más preocupantes.

Estamos viviendo unos momentos que son un claro ejemplo de la fragilidad humana, ante una situación que ya se había advertido por científicos y personajes significados, e incluso abordada en las aulas cuando se trata de explicar las características ecológicas de la especie humana. En ese contexto, las epidemias, o las pandemias como expresión de una enfermedad infecciosa en un área geográficamente más extensa, como es el caso actual de la COVID-19, provocada por el virus SARS-CoV-2, se consideran como un componente más del Cambio Global. Todo lo comentado anteriormente es la causa, cada vez más frecuente, de las manifestaciones contra las condiciones sanitarias de toda la humanidad.

La presión cada vez más aguda sobre los ecosistemas silvestres, la merma de biodiversidad y la simplificación del funcionamiento de los sistemas biológicos, la degradación de los ambientes ecológicos, la destrucción de los recursos, el incremento de riesgos naturales destructivos y el aumento de la contaminación global, con proyecciones de cambio climático jamás expresados en nuestro planeta por su acelerada velocidad, pueden ser la causa de que un virus haya pasado desde un animal a la especie humana provocando, en una parte importante de la población, efectos agresivos para su salud e incluso la muerte. Otra parte, con escasa o nula manifestación, se ha expresado como trasmisora extraordinariamente eficaz en el contagio, facilitado por el transporte global de mercancías y personas. En pocos meses ha barrido todos los continentes y provocado, hasta el momento, varios cientos de miles de muertos en todo el mundo.

Las pandemias son, por lo tanto, un componente más del cambio global en la Era del Antropoceno, con tendencia a aumentar en la proyección futura, si de una forma definitiva no se inicia la desaceleración del desarrollo descompensado. La naturaleza tiene su forma de manifestarse y de defenderse de las alteraciones o impactos provocados, incluso por la especie humana. Tenemos experiencia directa de ello durante este periodo de confinamiento el que se ha reducido hasta valores desconocidos la actividad industrial y el movimiento, con la consiguiente recuperación de los índices de contaminación de aire y de las aguas, y un frenazo en las agresiones sobre los sistemas terrestre y la biodiversidad biológica. A todos nos ha sorprendido agradablemente la capacidad de recuperación. Y nos ha llevado a pensar que podría ser posible una vuelta atrás de ese cambio global. Pero no podemos sacar la falsa conclusión de que no hay margen para la degradación porque la naturaleza resolvería cualquier problema. Las leyes de la física y de la biología nos indican que siempre hay un límite o un factor limitante.

Por otra parte, la réplica humana ha decantado por la negatividad y el derroche, incrementado de forma rápida y exagerada la utilización de grandes cantidades de elementos y materiales de plástico, como masacarillas, guantes o envases que, con el objetivo de la protección y seguridad sanitaria, se han esparcido por doquier, en algunos casos como residuos, insistiendo una vez más el desprecio por el medio ambiente.

También nos fiamos de que la especie humana será capaz de resolver el problema. Que la tecnología y el conocimiento encontrarán la solución en forma de vacunas o antivirales para enterrar en el olvido a esta pandemia, como lo ha hecho otras veces. Pero cada vez son más frecuentes estas manifestaciones infecciosas que afectan a nuestra especie, y el daño a las personas no se puede dejar al azar de lo desconocido. No podemos estar expuestos a pagar un precio tan alto en vidas como ahora está ocurriendo.

Y en este caso la respuesta también puede seguir un derrotero equivocado. Con la impaciencia del resurgir económico puede conseguirse un efecto de rebote, que incluso podría sobrepasar las negativas condiciones prepandemia, y dar al traste con el leve respiro disfrutado durante nuestro encierro. Es simplemente un toque de atención a la humanidad. La naturaleza puede resistir los embates de los humanos, pero la especie humana no podrá sobrevivir sin la naturaleza.

La solución es fácil y conceptualmente lógica en el idea de Una Sola Salud. La salud del Planeta Tierra repercute directamente en la calidad de nuestros ecosistemas y en las condiciones ambientales de las que participa la especie humana. Por lo tanto, si frenamos la contaminación, reducimos la explotación de los recursos, detenemos la degradación de la biodiversidad y minimizamos los riesgos de afección ambiental negativa, obtendremos una mejora en la calidad del Planeta y una mejor salud para sus habitantes humanos. Y así quizá podamos detener la siguiente pandemia.

El medio ambiente, tras el telón de fondo de la Covid-19
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