miércoles 23/9/20

Tribuna | Millán Astray

José Millán Astray no era un lerdo. A pesar de que determinada leyenda sobre este destacado militar ha focalizado su interés en episodios grotescos, se puede afirmar que su vida estuvo llena de acontecimientos que la convierten en una suerte de novela de acción, al menos hasta el final de la Guerra Civil.

Con apenas diecisiete años fue enviado a la guerra de Filipinas ya como oficial, destacando por su valor y haciéndose acreedor de su primera condecoración. Prueba de que no era un bruto y carente de intelecto, es el hecho de que obtuvo el Diploma de Estado Mayor para lo que es necesario tener ciertas capacidades que no todo el mundo posee.

Preocupado por la sangría de jóvenes españoles en las distintas guerras que una España en crisis estaba sufriendo, y teniendo en cuenta que eran las clases más bajas de la sociedad quienes enviaban a sus hijos a combatir, tomó el máximo empeño en crear un cuerpo de soldados profesionales.

La situación del Ejército en el año 1920, año de la fundación de La Legión, era bastante calamitosa. La sociedad estaba cansada de las campañas bélicas y un creciente rechazo hacia ellas y el estamento militar se imponía progresivamente. Millán Astray tuvo la visión, que luego convirtió en su misión, de crear una unidad militar con un ideario basado en valores que la han convertido con el paso del tiempo en una de las más prestigiosas del mundo.

Sólo pidió ser recordado como un legionario

Los valores que le inspiraron fueron los del Bushido que viene a significar, los caminos que los nobles guerreros deben observar, tanto en su vida diaria, como en su profesión. Ya Baltasar Gracián había puesto de manifesto las similitudes entre los japoneses y españoles considerándolos como los españoles de Asia.

De todos son conocidos los lemas de La Legión. No se debe deducir de ellos que hay una especial predilección por parte de los legionarios para adelantar su encuentro con tan leal compañera. Sí, deben entenderse como la manifestación de una actitud vital frente a la muerte. No se le teme, y como inevitablemente llegará, el legionario quiere morir según él ha escogido, mirándole de frente y sin dudas.

El credo legionario es, en definitiva, una forma de entender la vida. Implica servicio, sacrificio y cierta dosis de sana arrogancia derivada del orgullo de sentirse los más comprometidos con todo lo que representa España y los españoles. Hoy, no se puede entender la historia militar española sin conocer y entender a La Legión. En todos los compromisos internacionales en los que el mayor riesgo estaba presente, allí se ha enviado a La Legión.

En su centenario, esta hermandad, heredera de los nuestros Tercios, ha sabido ganarse el respeto de los ejércitos extranjeros y el cariño de los españoles y de todos aquellos que a lo largo del planeta han sido destinatarios de su buen hacer profesional y calidad humana. Hay que destacar como virtud del legionario en particular, y del soldado español en general, que nunca han perdido su humanidad ni siquiera en las situaciones más comprometidas para su seguridad.

Ser legionario cambia a las mujeres y hombres que viven su vocación. No puede ser de otra manera. Su credo, es precisamente eso, un credo, y hay que creérselo a pies juntos. Sin esa absoluta convicción de que, o eres un leal legionario, o simplemente no lo eres, La Legión no tendría sentido.

Millán Astray, añadió como una de sus virtudes la de la humildad. Así, no quiso ningún tipo de algarada en su entierro. Dejó predispuesto la manera en la que debían darle sepultura y no quiso ningún tipo de honor, simplemente que se le recordara como un legionario. Se puede estar, o no, de acuerdo con la manera de pensar de este hombre, pero de lo que no cabe duda es que amó profundamente a su patria y fue un visionario en lo referente a la organización y necesidades de un Ejército Español que pasaba una grave crisis. Quizás un ejercicio más reflexivo y menos ideológico nos ayude a valorar de forma más imparcial su vida y obra.

Tribuna | Millán Astray
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