jueves 26/5/22

«Se aparearon los asnos y parieron burradas». Yo no salgo de mi asombro y asisto perplejo al silencio del profesorado universitario de este país nuestro, de nuestra Universidad de León, al silencio del magisterio y de las personas cultas que, gracias a Dios, aún son muchas y muy buenas entre nosotros y en toda España. Pero ¿qué está pasando, me pregunto, que el silencio es la norma en estos temas y solo se monta griterío en cuestiones de menos importancia y menor cuantía?

¿Estamos drogados, paralizados, sordos, ciegos, insensibles, atontados…? ¿Cómo es posible que, ante el disparate que se nos viene encima con la puesta en marcha con la nueva Ley de Educación, no salgan en tromba, bolígrafo en mano, los docentes, los profesores de Filosofía, de Lengua, de Pedagogía, de Ciencias, todo el colectivo docente, desde la Primaria a la Universidad?

¿Cómo es posible que nadie alerte al colectivo estudiantil universitario del desguace que se está llevando a cabo en el currículum académico-escolar de todo el País, sin que nadie, con dos dedos de frente, no diga ni «mu» contra la debacle de la enseñanza que «alegremente» rige la ministra del ramo?

Pues, permítanme a mí, que no soy filólogo, ni filósofo, ni catedrático de universidad, pero sí estudié Filosofía, Filología, Lengua Española, Ciencias, Estadística, Griego, Latín, Historia y Geografía, entre otras muchas excelentes enseñanzas, que luego he compartido con mis numerosos alumnos, cuando ejercí la docencia; permítanme hoy, sin acritud ni arrogancia, pero sí a cara descubierta y sin rubor, explicar a la ministra el origen y el valor de las palabras que hoy utilizan, sin saber su verdadero significado, ella y tantos jóvenes o no tan jóvenes.

Primero.- Ministra/ministro es la conjunción de dos palabras latinas: minus = menos, y ter = tres; sus contrarios-antónimos son: maestra/maestro, es decir: magis = más, y ter; el número tres, en muchas culturas y sobre todo en la nuestra, señora ministra del ramo, (perdone, no me interprete mal con lo del «ramo», ¡ya me entiende!), tres, insisto, es signo de perfección, excelencia, equilibrio y decencia; de ahí «trinidad, terciar, trípode…». Al maestro/maestra les atribuimos socialmente sabiduría superior, capacidad de responder, casi como «dios-trino», a todas las cuestiones vitales, los consideramos equilibrados y capaces de terciar como autoridad mediadora en los conflictos para llegar a un consenso. Señora ministra del ramo, ¿con quién han consensuado usted y todo el gobierno del que forma parte, con cuota de responsabilidad, la Lomloe? ¿?

Segundo.- In-decente, señora Alegría, es todo aquel, aquella, aquello que «no nos conviene». In-decens (no conveniente): in = preposición privativa cuya función es negar lo que significa el término al que precede; decens (conveniente), es el participio presente del verbo impersonal decet = conviene. Indecente, pues, resulta ser todo lo, la, el que no es adecuado; es decir, usted, señora ministra de Educación, no nos conviene, no es la persona adecuada para presidir un ministerio, un servicio social de primera importancia para un país tan importante como es España. ¿Por qué? Posiblemente ¿porque es usted analfabeta? Espere, que se lo explico.

Analfabeto (profano en alguna disciplina), es una palabra de origen griego, resultante de unir tres términos: alfa privativa, alfa, primera letra griega, y beta, segunda letra del alfabeto griego. Sí, como en el abecedario español: abcd. Analfabeta se dice genéricamente en castellano de Castilla, de León, de Guadalajara, de Aragón y hasta de San Feliú del Llobregat, de toda persona que desconoce lo más elemental de un tema y, referido al lenguaje, es analfabeta la persona que desconoce hasta las dos primeras palabras de su lengua o las cuatro primeras del idioma español: abcd.

Dicho esto, señora ministra del «ramo», usted, como responsable de la alfabetización de todas las criaturas de nuestro país, («politas» de esta «polis»), usted, insisto, no nos conviene, usted se ha convertido en «in-decente» por llevar al Consejo de Ministros una normativa que borra del curriculum escolar la Filosofía; degrada la Historia y la Geografía; posterga la Lengua y la Literatura; premia a los vagos y carentes de amor y deseo de saber más y mejor; permite el paso de curso a quienes no han superado el nivel básico, llevando suspensas varias asignaturas. Usted, parece mentira que haya pasado por la Escuela de Magisterio, no se ha parado a pensar sobre el daño que «alegremente» nos causará a los sufridos, que no tontos, ciudadanos de esta gran «Civitas» llamada España.

Pues sépalo, señora ministra del ramo educativo-docente, yo como simple ciudadano, estoy orgulloso de haber estudiado de niño con la exigente Ley de Educación más longeva y mejor consensuada de España, la del Ilmo. Señor Ministro, con mayúsculas, D. Claudio Moyano Samaniego (1857), ¿sabe usted quién fue?, él quedó en el cuadro de honor del Ministerio, usted quedará en el olvido de la ignominia, de la ignorancia, de la indecencia; pues yo, usando de la libertad de expresión y con la corrección que me enseñaron mis maestros, le regalo esta clase de pura alfabetización magisterial, invitándola a rodearse en el Ministerio de doctos, sensatos y equilibrados funcionarios, amén de cultos y no ideologizados, pues tenemos muchos y muy buenos en toda la piel de toro, de norte a sur y de este a oeste.

No quiero acabar mi alegato sin pedir, una vez más, la participación activa, seria y responsable de todo el cuerpo docente nacional y provincial, de izquierdas, de centro y de derechas, porque todos son necesarios a la hora de aportar ideas, conocimiento e iniciativas, a fin de paliar las enormes carencias de la actual Ley y de la pobreza, si no incapacidad, de la actual ministra, a la que, a todas luces, le queda muy grande el Ministerio de Educación. Es una obligación social colaborar y arrimar el hombro en las materias de las que sabemos algo y podemos aportar nuestro granito de arena.

Espero no estar gritando en el desierto y que muchos más salgan a la palestra. ¡Todos somos necesarios!

Ministra in-decente, ‘politas’ analfabetos
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