Diario de León
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Hay poco debate respecto a que de los múltiples estados del hombre (entiéndase por hombre cualquier ser humano de cualquier sexo o inclinación ya que el que escribe no pretende ofender ni excluir a nadie) el de la felicidad es el más efímero. Se alarga siempre ese momento especial para al final tener un aterrizaje suave que nos lleva a otros estados, que con suerte son llevaderos, incluso agradables.

A veces la felicidad es la caricia que se hace a alguien querido o que le hacen a uno y siempre sabe a breve. Una nota sostenida por el artista de esa canción que no nos sale de la cabeza; también es breve y siempre acaba dejando un «quiero más».

No así la tragedia que cuando visita al individuo —o al grupo grande— deja una sombra alargada (como la del ciprés de Sr. Delibes). Incluso más larga. A veces tan larga que por mucho que se camine a su lado o debajo nunca se acaba. La tragedia tiene esa característica de que cuando aparece, cuando entra en la vida, por mucho que uno intente sacudírsela no hay manera. Llega cuando quiere y se va cuando le parece conveniente y siempre ha vivido con nosotros demasiado tiempo.

Volviendo a la felicidad, entre esos momentos, está el ratito en el que uno asciende y puede mirar un poco a lo lejos (y en derredor) en la descomunal llanura de la vida cotidiana. Necesario ese momento para darse cuenta de que las cosas están un poco mejor de lo que a veces parece.

Estar arriba del machito puede regalar el minutito de gloria. Ese ratito que siempre se siente fugaz en el que uno/a tiene la ilusión de ser observado para bien. El que diga que no le hace falta en algún momento estar ahí arribita seguro que miente. En algún momento hay que poder subir a la colina y que desde allí se nos apruebe y se pondere nuestro vivir, se nos escuche con algo de atención. Si no fuera así qué sería del boato recargado de las grandes celebraciones con sus disfraces, con sus fotos, brindis y cortar la tarta con una espada. El presidente de la comunidad de propietarios que es felicitado al acabar unas obras, una medalla en un torneo, un diploma, venirse arriba con una canción en un karaoke…. Se podría seguir con más ejemplos.

La vida buena, la que llevamos en este primer mundo que amenaza decadencia, está plagada de estos momentos. Quizá demasiados momentos; quizá por eso la decadencia.

Ese minutito de gloria tiene la vertiente «yo estuve allí»: jugar a ser el héroe que no somos. Hablar desde la tragedia de otros como corresponsales de guerra pero estando completamente ajenos a ello. Cuando vemos, siempre de lejos, atropellos y tragedias: « yo estaba allí (a 200 metros) o 3 años antes estuve en aquel Bazar en donde explotó la bomba», solemos escuchar.

La guerra de Ucrania, que es una invasión, en la que con cobardía los países y sus gobiernos, intentando que no se entere nadie, mandamos apenas unos cuantos carros de combate. Y así en tantos conflictos en donde pudiendo hacer algo hacemos tan poco… Una donación, si llega el caso, para callar un grito que viene desde el cajón de la justicia que tenemos por ahí dentro.

El minutito de gloria también es esa moción de censura en la que se ensayan rostros de mucho enfado y tensión, escenificando lo pesada que es la carga de un país en las espaldas. Para, al final y como siempre, que todo siga igual y que no haya servido para nada.

En la serie Fargo el jefe de policía al verse superado por los acontecimientos (asesinatos, esclarecimiento) confesó a su compañera que había decidido que él creía en las buenas personas y que una buena vida era una buena ración de tortitas y conducir un buen coche.

No recuerdo si al final dimitió. Pero, a su manera, arregló el problema de compromiso que le venía incomodando las meninges. Un héroe de nuestro tiempo.

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