miércoles 23/9/20

Tribuna | ¿En qué momento se puede decir que un pueblo está en peligro?

Parece que en el ultimísimo momento cuando un pueblo ya solo tiene veinte, diez o menos habitantes nos llevamos las manos a la cabeza por temor a la desaparición de ese punto vital. ¿Es un pueblo un ser vivo? Claramente no lo es. Se podría asemejar a un tejido, a un sistema de coral formado por personas, por el medio y por el patrimonio material e inmaterial que se ha ido formando a lo largo de los siglos. Esto puede sonar a poco, pero lo es todo. Vemos noticias sobre el peligro de desaparición, en nuestra comarca berciana y otras, de pueblos de manera cuantitativa como si fueran números de ejemplares de una especie animal. Lo sentimos como si cada grupo de personas fuese una de las siete vidas que le restan a una localidad.

Nada más cerca de la realidad, los pueblos como tejido social independientemente de su padrón tienen hoy una enfermedad. Ese es el verdadero problema que puede o no acabar en su no renovación poblacional. En el momento en el que ese pueblo no sirve para satisfacer todas o alguna de las necesidades de un grupo de personas ese pueblo está perdiendo. Como respuesta, muchos de los servicios esenciales irán adelgazando o cerrando. ¿Hay que esperar a que queden tres alumnas y alumnos para ceder casas? Cuando sus habitantes no reconocen las caras de las y los vecinos, ¿es una urbanización o un pueblo? Cuando los nombres de los lugares, centenarios en muchos casos, son deturpados y nadie reconoce su nombre real, ¿no está ya el pueblo contagiado y sufriendo? No podemos asemejar los municipios con un ser vivo y que cuando el último órgano —o persona— deje de funcionar estará fallecido.

Hay pueblos que tienen más vitalidad con 200 personas que otros con más de 1.000 o 3.000, o simplemente la misma. No hay una muerte médica. Cuando no existen ritos de comensalidad, puntos de encuentro entre las y los habitantes, un intercambio del tiempo libre, encuentros para organizar el futuro y la toma de decisiones, reconocimiento del pueblo y sus conformantes, la esfera cultural transmitida y útil para el día a día sin folklorizarla, entre tantos otros puntos… ¿Está el pueblo todavía vivo?Veo en nuestra comarca nombres patrimoniales de calles, aldeas, picos que las y los más mayores callan por vergüenza; negocios o puntos de encuentro entre vendedor y comprador y la vecinanza que se ven sustituidos por el centro comercial de la ciudad; o supermercados donde el personal aguanta lo que pueda sin ganas en su puesto sin especializarse en la venta del producto como sí pasa en los mercados. Es un pequeño goteo venenoso que no por seguir vivo se quita su condición de envenenado.

Así por desgracia, y da pena afirmarlo, no solo los pueblos de veinte o treinta o dos habitantes están en peligro. No tiene porqué y habrá excepciones pero posiblemente esos pueblos lleven un gran tiempo borrando vigas esenciales sean de castiñeiro, conchal o xardón o forespan. Habrá pueblos que con 200 personas, dinamizan su vida y se ayuden a seguir adelante valiéndose del mismo, pues los humanos somos interdependientes.

¡Doscientas personas son mucha gente! ¿Cuántas cabezas son necesarias para organizar una paellada, una facendera, rutas de senderismo, un baile o las fiestas? ¿A caso con 50 no son más que suficientes? Sin embargo, hoy vemos cómo pueblos con poco menos de 6.000 habitantes ya se van empobreciendo culturalmente incluso aunque lleguen, y gracias, personas de otras culturas apenas hay intercambio con esa gran riqueza.

Hagamos que nuestros pueblos alberguen vida, porque al igual que no es demasiado tarde aunque tengan 20 habitantes para hacer un fiandón o asistir al toque de campanas juntas antes de comer, tampoco es demasiado pronto para lamentarse aunque tu pueblo tenga 1.000 habitantes.

Celebremos con las culturas que disponemos, creemos pequeñas redes para nutrir a ese tejido social y económico del que dependemos para todo aunque pensemos que solo necesitamos comer, dormir e ir de vacaciones a la playa. Tampoco todo es enteramente responsabilidad de «los de arriba».

Desde el proyecto Quédate donde 17 municipios del Bierzo ya disfrutan de nuestro granín de arena, aportamos lo que podemos estudiando, registrando y viviendo junto y gracias a las personas que quedan, que se quedan, independientemente de su edad, origen o estado de salud. También se busca promover que cada quien sea protagonista del cambio y continúe con la pequeña lucha rural que siempre llevó.

Queremos, y necesitamos un pueblo vivo, queremos agitar y que nos oigan, ya sea en la prensa por un producto, con un bombo, una pandeira o una guitarra eléctrica. Y por qué no, ni siquiera el tejido social puede reducirse a un pueblo, hoy día las comunicaciones hacen que el territorio se comprima y tu pueblo, tu gente, puede estar repartido en un valle o comarca como, de hecho, desde hace mucho tiempo fue.

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