viernes. 27.01.2023
LOS emperadores también tienen próstata». Así enfoca un diario Nacional la noticia de que Akihito de Japón ha sido hospitalizado para someterse este fin de semana a una intervención quirúrgica, tras descubrirse que sufre cáncer de próstata. Es palmario, que también los reyes pueden padecer, y padecen de hecho, cáncer. Como cualquier mortal. Las enfermedades de la realeza siempre han estado sometidas a un régimen de reserva y silencio. Nos hemos enterado de que Isabel II sufría un problema de rodilla cuando la hemos visto salir de la clínica tres ser operada. Y el deterioro en la salud de Klaus de Holanda, ya fallecido, fue conociéndose con cuenta gotas. Parece normal que este tipo de asuntos, cuando afectan a la alta magistratura, se mantengan en el entorno de la privacidad. Mucho más si las consecuencias son rutinarias y asumibles sin sobresalto. Otra cosa es que se tratara de algo realmente serio. Entonces, lo obligado es ponerlo en conocimiento del Gobierno de la Nación y -si se previera un desenlace próximo- irlo notificando a los ciudadanos. La evidencia estadística de que los monarcas tienen próstata lleva a una conclusión elemental. Que, si a toda la población de más de cincuenta años se le recomienda que se revise periódicamente, y en especial tan sensible zona, eso mismo atañe a quienes ciñen la corona. Afortunadamente, lo sabe muy bien nuestro rey. Y lo cumple con una periodicidad ejemplar. Todos los años, y a veces cada seis meses, don Juan Carlos, acude a la revisión médica. Y, a la salida de la clínica, aprovecha para explicar a los españoles la conveniencia de cumplir con esas citas médicas.

Monarcas y cáncer
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