miércoles 2/12/20

Morir en otoño, acunado por el mar

La muerte, que no es lirismo, no entiende de primaveras floridas, ni la atosigan los tórridos veranos, ni le preocupan los crudos inviernos, pero es posible que tenga una especial predilección por los tibios, casi silenciosos otoños, cuando la naturaleza apenada y sobrecogida ve cómo le arrebatan los frutos, cómo el viento, sin piedad, en público la desnuda en campos y parques, calles y plazas; cómo, al caliente, temprano se recoge la gente, emigran las aves, se esconden jilgueros y ruiseñores, pequeños roedores, insectos y alimañas, y los cielos grises y plomizos vuelven a regresar. Por siempre, en otoño, he sentido cómo se me encoge el cuerpo y, mansamente, se me agiganta el alma, dándole a mis días una frenética, abrumadora y sobrehumana nostálgica querencia de cercanía a mi gente y a mi tierra.

Es otoño y, temprano, torna el hombre al hogar, porque hasta los días se empequeñecen y vuelve a pensar en la dolida ausencia de quienes se fueron. Año tras año, en nostálgicos noviembres, cargados de crisantemos, visitamos el cementerio, implorando la Gloria y la Paz para los muertos. Me duele que, en cada otoño, año sí, año también, nuestros difuntos, aunque digamos que no, se mueran y se alejen un poco más de la memoria y del corazón —un obligado tributo al paso del tiempo—, de quienes los quisimos, y tanto les seguimos queriendo.

El mismo día de su nacimiento, 68 años después, grises los cielos, Marcos Ferrera, nos dejaba tan en silencio como en vida guardó, tan discreto y sonriente como un cercano querube guardián. Cuando me muera, al cielo le pido que me lleve en otoño, cuando emigren cigüeñas y golondrinas, y tímidas vuelvan las avefrías, cuando cumpla los años, como Marcos cumplió.

Le llora Congosto, y todos aquellos corazones donde él dejó su indeleble impronta de buen compañero, excelente maestro de lengua y cultura inglesas, incondicional amigo, hombre sincero y servicial

Marcos, se nos fue en otoño, cuando casi todo —el sol, la sonrisa y los párpados, las amistades de días y los amores veraniegos— se nos caen de una mente frágil y aterecida, y comienzan los recuerdos a abrumar el corazón. En volandas de silencio y de premura, de cara al cielo, gris la mañana, partió Marcos sigiloso, cabalgando los vientos, camino del Mar. Solo las lágrimas contaron lo que el calor de los abrazos y el perfume de los besos callaban, lo que en silencio el corazón sufría, pero también lo que la dulce y divina esperanza prometió.

Él fue el hijo, el maestro, el hermano de dos maestras, el tío cercano y cariñoso, el amigo del enseñar y sobre todo un ejemplo de bondadosa sonrisa y ejemplar sencillez. Era hombre de tierra adentro, berciano de corazón, mas, para enseñar y ejercer su magistral profesión, tras Castropodame y Ponferrada, apostó por afincarse en la entrañable y sonora cercanía del mar que, en Vigo, durante años, le acunó.

En memoria de Marcos, un gran amigo, un maestro de la cordura y la sensatez, el hombre que con una leve sonrisa hablaba desde el corazón, oraba con el silencio y trabajaba con verdadero tesón, escribo estas líneas. Hoy quiero describir a Marcos, como un ser enérgico y pausado a la vez, varonil, el amigo cercano, el hombre profundo, cobijado de continuo en su misterioso interior. Para decirlo con palabras prestadas de mentes abiertas, Marcos era un santo laico en el que todos encontrábamos ayuda, comprensión y cariño.

Por ello, hoy quiero inscribir a Marcos en el calendario de los bienaventurados laicos, sin meterme a analizar su fe, pero sí sus obras, nacidas de un convencimiento secreto en la plena y ejemplar dedicación a su vida profesional, donde siempre fue apreciado por maestros y alumnos como una persona preparada, competente y discreta; en su vida familiar, que dedicó enteramente a su madre, de 98 años de edad y, socialmente, compartiendo festivos días con su pueblo, al que tanto amaba, donde tanto le queríamos.

Le llora Congosto, y todos aquellos corazones donde él dejó su indeleble impronta de buen compañero, excelente maestro de lengua y cultura inglesas, incondicional amigo, hombre sincero y servicial. En su funeral —desiertas y solitarias las calles del pueblo—, las vi atiborradas por los miles de corazones que desde sus hogares acompañaban su entierro por esa Era, siempre abierta a todos los vientos, que cuenta en su amplio historial con miles de largos y silenciosos acompañamientos y finales y emotivos adioses de dolor.

Ensalzo la delicadeza de un hombre amante de la naturaleza, que en el álbum de su vida coleccionó instantáneas de mariposas y flores, animales y pájaros, monumentos y paisajes, curiosos personajes; sonidos musicales de viejos legados culturales, recogidos en Sirma, la hermosa y olvidada herencia sefardí; adolescentes resonancias y ecos del viento seco y silbante de la Peña; ancestrales y vibrantes sonidos celtas del berciano grupo Aira da Pedra, y soberbios conciertos de Carlos Núñez, que traen en sus gaitas y tambores salobres melodías del acariciador y húmedo viento del mar. Privilegiadas fotos del Bierzo y su entorno eran las que Marcos almacenaba en la apretada memoria de su ordenador.

Proclamo la grandeza de un alma que en el laberinto de una vida vocacionada y dedicada a la enseñanza, nunca olvidó el hogar de una madre, Benilde, viuda ya en la temprana niñez de sus cuatro hijos, y a la que Marcos con entera fidelidad consagró la madurez de su soltería. Así era él, y por eso, todo el mundo le quería, porque todo lo divino, callado y misterioso que en él había, tenía un alto porcentaje de humanidad, de lo contrario, no sería divino.

Despido con un hasta luego al amigo, porque en los años que me preste el destino, como faro de puerto, su recuerdo y su vida entera, me iluminarán.

Morir en otoño, acunado por el mar
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