domingo 23/1/22

Se nos fue el verano con gozosos aires de destape, escuchando «todo de ti» y, casi por sorpresa, se nos ha venido encima el otoño, proclamando con brisas y lluvias su presencia de estación sensata, poderosa todavía para dejar en los árboles multicolores y vistosas hojas y, tras regocijos de unos días, arrancarlas y llevárselas en volandas por caminos y callejones, viñas, sotos y veredas.
El sentimiento popular, a pesar de los avisos, es muy común: el coronavirus se ha ido para no volver. Los más prudentes o heridos por secuelas de un pasado reciente, no se lo creen, y por ello siguen cubriéndose, protegiéndose y, muchos, sintiendo cómo los tres jinetes del apocalipsis siguen galopando y haciendo estragos. Y es que han sido fieles aliados deesta pandemia: el dolor insufrible, soledad y miedo, estrés y pobreza, el hambre y la muerte.  
Los historiadores sospechan que el origen callado de todas las guerras parte de una oterrada y oculta ambición económicay de poder. La guerra de Troya, ligada al rapto de Helena por Paris, solo era una excusa romántica para adueñarse del poder, de la buena posición del enemigo y destruir Troya. Fueron, más que amorosos caprichos, ambiciones de desvergonzados mercachifles. 
En el libro del visionario y anciano apóstol Juan, se mencionan cuatro jinetes (Apocalipsis 6, 2-8), aunque en realidad sean tres, ya que el primero, nada tenía que ver con los siguientes, enlodados en guerras, hambrunas y muertes.
El jinete del caballo rojo, bermejo de sangre, armado de espada y poder para quitar de la tierra la paz (6,4), implantando guerras de conquista (el vasco indomable que trepa a los Andes con caballos, cañones, soldados, en senderos solo para caminantes avispados, al borde de mortales precipicios, en busca de lo inexistente, El Dorado). De ambiciones expansivas (fascismo y comunismo que asolaron Europa en el pasado siglo); de control de poder y dominio ideológico, de las que Vietnam fue una buena muestra, así como las  ltimas de los talibanes, y ahora, Sudán en África. Y es que «la guerra ocupa la mayor parte de los argumentos de novelas y películas y en muchos casos es la temática predominante, por encima del amor, la amistad o la justicia» (Ester Pablos). Triste es decirlo, pero la guerra mantuvo ocupados a nuestros progenitores muchos años del siglo pasado.
El jinete del caballo negro que lleva una balanza, (Ap. 6,5) representa la hambruna de siempre, repetida hoy todavía en muchos países del planeta. La tierra está enferma, contaminada, enojada con el hombre que no ha cumplido el mandato divino de cuidarla.
Nos asustan las catástrofes que traen de la mano la hambruna, sobre todo cuando nos toca en carne propia: nos lastima el cuerpo y nos deja en la calle; nos lastima el alma, y nos  hunde en la miseria de tener que apegarnos a mendigar, a acudir a las migajas de instituciones o gobiernos. Nos asusta el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono, la pesadilla imparable de la contaminación de los mares, la expansión de las drogas que, solo la familia que las sufre conoce el calvario nuevo, imprevisible, amargo, rayano en la desesperanza, una más de las catástrofes universales de desolación y muerte.
Al jinete del caballo bayo, cerúleo y pálido que tiene el poder de matar a todos los vivientes (6,8), ¿quién le pondrá el cascabel cuando la enlutada señora de la guadaña que, «se viene siempre tan callando», llame implacable a nuestra puerta?
Jinetes, en briosos corceles, armados de látigos fustigan a pobres negros desarmados, hambrientos de tierra y esperanza, en la frontera misma del país que por años llevan soñando, en lenta carrera desde Haití. A la par, tornados que cabalgan en un torbellino de viento huracanado se llevan, casas, coches, árboles y graneros, como si fueran espantapájaros de papel. Jinetes de fuego, como serpientes venenosas, hambrientas de destrucción y muerte, avanzan por tierras de la Palma, llevándose en su locura de hirvientes lavas multicolores, tierras, fincas, casas y carreteras, hasta llegar al mar. Vulcano furibundo asola el paraíso de La Palma, engullendo glotón la felicidad de sus hijos.
Gigantescas lenguas de fuego trepan a las milenarias sequoias del estado de California, asolan las inmensas llanuras de Australia. Nunca jamás fueron vistas tales llamaradas que arrasan pinares, reservas centenarias, casas y cultivos del ya castigado sur de Europa. Como jinete, caprichoso y consentido, sube y sube el Kw hora de nuestro bien más preciado: la luz, y con ella viene la tormenta perfecta de subidas encadenadas y demoledoras para los bolsillos ya más agujereados.

Ese es el verdadero mensaje de quien se proclamó, «camino, verdad y vida», porque si hay algo que siempre ha seguido a los tres mortíferos jinetes y ha triunfado por encima de todas las adversidades, ese jinete es sin duda: la Esperanza.


Juguetones riñuberos montados en ensordecedores corceles descargan agua y granizo en furiosas tormentas que, desbordan ríos y riachuelos, arrastrando coches, enseres, llenando de agua turbia las casas y enlodando los corazones de angustia y desesperanza: son los nuevos jinetes de un apocalipsis antes nunca visto, o tal vez ya olvidado por la frágil emoria humana, que solo anhela recordar placeres y bendiciones.
Al hombre de hoy, agnóstico, y más inseguro que nunca, le duele el alma, y no tiene otra alternativa más segura que vencer a los innumerables jinetes del Apocalipsis, y en verdad que no los va a derrotar ni con la guerra, ni con la injusticia, ni con el egoísmo. «Apocalipsis ahora», que tanto asustó a la humanidad, fue un duro intento de reflexión sobre la guerra, así como lo son los distintos avisos que nos manda la climatología para proteger la tierra y el mundo en que vivimos, si queremos mantenerlo habitable y perdurable. ¿Quién era el misterioso, polémico y brillante jinete del caballo blanco, al que se asocian el arco, la corona, y la victoria? (6,2).
Solo puede ser un Liberador, porque el apocalipsis es el descubrimiento de la «buena nueva», que viene cargada de esperanza y vida, amor y paz. Tanto Coppola, como el  pensante mundo actual, no han sido capaces — por encima de posibles sonrisas maliciosas —, de presentarnos un final feliz, condenador de guerras y hambres, y vencedor de la muerte. Ese es el verdadero mensaje de quien se proclamó, «camino, verdad y vida», porque si hay algo que siempre ha seguido a los tres mortíferos jinetes y ha triunfado por encima de todas las adversidades, ese jinete es sin duda: la Esperanza.
Estamos en perenne agonía unamuniana, pero nunca muertos, porque viviendo, sabemos esperar, como ruiseñor que canta «encima de los fusiles y en medio de las batallas». Con E. Aguirre, «aún creo en finales felices», porque se acercan tiempos mejores y, por ello, contra viento y marea y, contra todo pronóstico, mantengo firme la Espera en un final feliz.

Los mortíferos jinetes del apocalipsis, y mucho más
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