jueves 04.06.2020

TRIBUNA | A la muerte de Laura Trapiello

Me dijo mi mujer: cuando se muera Laura, se muere toda una institución. Tuve la suerte de «no» haberla conocido más que por su hijo Pedro, porque si no, ¡para penas estoy yo últimamente!: pero, de verdad Laurita, «siento más tu muerte que mi vida».

 

Al final de todos esos verbos que recita, con precisión, su hijo Pedro («toda tu vida, toda, trenzando verbos: fregar, lavar, planchar, hacer camas, tejer, cortar telas y hacer ropa [«más vale hacer que mandar»], ser enfermera, peluquera, ordenar, coser, reciclar, hacer pan, jabón, membrillo, manteca o quesos, curtir, hilar, embutir, escabechar, rezar, madrugar, llorar, velar, atender a un hijo especial, lumbre encendida»), al final, repito, está la santidad. Y la santidad en ella era, como en todos los ascetas, con sencillez,» como que no quiere la cosa». Ella sí que ha entendido el mensaje y no me extrañaría que, siguiendo yo su ejemplo, me reconciliara con la Iglesia a quien debo lo que soy.

 

Laurita es un pecado para el feminismo actual pues fue feminista total: es decir, femenina. A ver ¿quién de las feministas está por la labor de tener nueve hijitos como nueve soles y educarlos como los educó ella, en amor a la ascesis, y con una sonrisa cuando eran tiempos mucho más difíciles que ahora?

 

La mujer fuerte que dijo la Biblia… Y la libertad tiene como premio la soledad. Bien sé cómo sus hijos la querían y Laura rechazaba las tentadoras ofertas de irse a vivir con alguno de ellos. Pero la libertad es amiga íntima de la soledad y de la delicadeza. Una libertad que se confunde con el amor. «El amor os hará libres».

 

Y las calas lloran su muerte, las rosas cantan su victoria frente y contra la nada que la muerte presupone... Pero «¿dónde está ¡oh muerte! tu victoria, dónde está tu aguijón?». Con la sencillez de una rosa que hace lo que debe, estar y perfumar la vida de sus hijos, nada más que por eso mereció estar en su cielo, cabe las estrellas.

 

En esta fría tarde de esplendor anaranjado, quiero recordar aquel poema de Unamuno, casi prosa. Va dedicado a Laurita que vivió en la mejor soledad, casi mística, en el amor de sus hijos.

 

Yo quiero vivir sólo

 

—Pepe decía—

 

para que no me peinen ni me laven.

 

Y Marita al oírlo:

 

¿Sólo?, luego te pierdes

 

y luego lloras.

 

Tal decían los niños,

 

y pensé yo, su padre:

 

aquel que vive sólo

 

se pierde, llora sólo y nadie le oye;

 

Y sólo ¿quién no vive?

 

Solos vivimos todos,

 

cada cual en sí mismo,

 

soledad nada más es nuestra vida;

 

todos vamos perdidos y llorando;

 

nadie nos oye.

TRIBUNA | A la muerte de Laura Trapiello
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