lunes. 28.11.2022

Sobre esta materia ya tuvimos ocasión de pronunciarnos en estas mismas páginas en 18 de septiembre de 1987 (La regionalidad del Estado) o en 17 de agosto de 2014 (Federalismo y leonesidad). Pero hoy me voy a ocupar del tema tan traído y llevado —como veremos— de la nacionalidad. Y es que hace unos días el señor Cuevas Aller —al que sigo en sus escritos con entusiasmo por su rigor historiográfico— vino a decir en estas mismas páginas que la Constitución Española no era democrática al citar a las nacionalidades y regiones y que, además, no las define.

En parte es cierto, pues ya en las discusiones que se produjeron en las Cortes sobre esta cuestión, la inclusión de término nacionalidades, devino en varias airadas controversias: por un lado la defensa del señor Arias Salgado y, por otro, la del señor Heribert Barrera opuesto a que se incluyera la expresión «indisoluble unidad de la nación española». Más tarde, al comentarse el texto de la Constitución, ya se dijo que «…este celebre artículo 2º corra el riesgo de convertirse en caballo de batalla política» (Óscar Alzaga); como así ha sido y, en estos días, lo es airadamente a través de los nacionalismos.

Lo primero que hay que decir es que cuando se examina un texto jurídico se ha de hacer de una manera extensiva, de tal suerte que, en efecto, el artículo 2 de la CE garantiza la «autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran» (la Nación española); pero a continuación a todo el mundo se le escapa la siguiente expresión, a saber: «Y la solidaridad entre todas ellas». Se sabe, por la RAE, que la solidaridad se define como «la adhesión a la causa o a la empresa de otros», estar soldado, unido en confraternidad. Hemos de decir antes de nada, que el nacionalismo rompe todo tipo de solidaridad entre pueblos y regiones.

Aprovechando que el término nacionalidad aparece en el artículo 2 de la CE, se introdujo, forzadamente, en varios estatutos de autonomía. Así, el de Galicia dice que: «Galicia, nacionalidad histórica, se constituye en Comunidad Autónoma». El Pueblo Vasco o Euskal Erria, «como expresión de su nacionalidad…». El Estatuto de Autonomía de Cataluña, comienza diciendo: «Cataluña, como nacionalidad…». Hasta el de Aragón proclama que su autogobierno se ejerce como «nacionalidad histórica». El de Andalucía comienza diciendo: «Andalucía, como nacionalidad histórica (…) se constituye en Comunidad Autónoma». Otros se remontan a los reinos como Castilla y León con su «origen en los reinos»; o el de Valencia: «el pueblo organizado como Reino de Valencia». Como se ve, casi todos ellos convierten a la nacionalidad en comunidad autónoma, Es decir es una nacionalidad sin nación Se sabe que la expresión nacionalidad es una palabra que quiere decir cualidad de nación, o como se ha definido: una condición de la persona como componente o como una comunidad organizada en Estado (Diccionario del Español Jurídico). De tal manera que para que exista nacionalidad es necesaria la previa nación. Desde la nación se puede extraer la condición de nacionalidad pero desde la nacionalidad no se puede construir una nación; lo mismo que la bondad procede de lo bueno, que debe de existir antes para calificarla. Sería como una tortilla sin huevos, una materia sin esencia, una ilusión. (La leonesidad es la cualidad de lo leonés, el leonesismo una tendencia política y, acaso, de idea extraña o nacionalista).

Querer aplicar el concepto de naciones es una entelequia que, seguramente, ya se construyó en otros tiempos bajo el acrónimo de Galeusca.

Los que han dicho que el concepto de nación es discutido y discutible, seguro desconocen la conferencia que Ernest Renan pronunció en 1882 en la cual expresaba —con demostraciones irrebatibles hasta el momento actual— que una nación es «un plebiscito cotidiano (…) una gran solidaridad»; lo que, más tarde Ortega y Gasset lo llamó «un proyecto sugestivo de vida en común». En la CE existe una sola nación. Querer aplicar el concepto de nación de naciones es una entelequia que, seguramente, ya se construyó en otros tiempos bajo el acrónimo de Galeusca, para agrupar a Galicia, Euskadi y Cataluña. Pero, como hemos visto, les salieron otras respondonas que, bajo el término de nacionalidad, se pasaron no a nación sino a comunidad autónoma bajo la constitucional «nación española, patria común e indivisible de todos los españoles». Porque, la región —que es el otro término que acompaña a la nacionalidad— tiene un cariz más geográfico y de características sociales que incluso puede abarcar parte de varias provincias o comunidades cutónomas.

La nación —como se dice en Salvat, 5— es un estado más avanzado que una simple conciencia colectiva. Como argumenta Renan —en la conferencia citada— «una nación es un alma, un principio espiritual (…) es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos», que no se pueden olvidar ni tirar por la borda bajo la cacareada nacionalidad. Desde este estadio hay un paso al nacionalismo que, como todos los «ismos» se adoctrinan en teorías y escuelas exógenas y antihistóricas, fuera de toda realidad actual. Las teorías nacionalistas —por decirlo con palabras de K.R.Minogue ( Nacionalismo, 232)— «…pueden ser interpretadas como deformaciones de la realidad que permiten que los hombres enfrenten situaciones que en otros casos serían insoportables». De forma que no se ha de entender a la nacionalidad como tránsito a la nación o a varias naciones sino a la conjunción de una unidad histórica —de alma— común.

Nacionalidades sin nación
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