viernes. 07.10.2022

Los narcocorridos vienen a ser, en síntesis, los periódicos musicales de los narcotraficantes. Un subgénero que vive de la apología de la violencia y la mitificación del crimen organizado en México. Ya hace tiempo que se exportaron y se escuchan en locales y garitos de otras latitudes del mundo.

Los narcocorridos nacieron en el siglo pasado en la franja fronteriza entre Ciudad Juárez y Texas. Una de las primeras canciones de esta narcocultura se grabó en los años 30 para glosar las correrías de El Pablote, alias El zorro de Ojinaga, un tipo, y su banda, que terminaron los días en una «balacera» tremenda con los federales y la DEA estadounidense.

En España existió un género parecido en el siglo XIX, pero sin tiros ni cocaína. Eran las coplas y romances de ciegos juglares. Piezas musicales populares que narraban hechos normalmente truculentos, crímenes, desamores perversos…

Volviendo a los narcocorridos, la literatura también ha inspirado numerosas tonadas. Novelas como La reina del sur, de Pérez-Reverte, o La virgen de los sicarios, del colombiano Fernando Vallejo, han dado juego para que uno de los grupos más afamados de la narcocultura como Los Tigres del Norte, de Sinaloa, hayan vendido 60 millones de copias, pese a la indignidad de sus mensajes.

Charlando por whatsapp con mi amigo el ensayista y profesor de universidad Sergio Aguayo, coordinador del Seminario sobre Violencia y Paz, en México D.F., me dijo hace unos días, «… si examinas las letras de Los Tigres del Norte o las de La Fuerza M1 verás una justificación cada vez más clara del uso de la violencia». Aguayo sabe de lo que habla; es uno de los mayores especialistas en crimen organizado y narcotráfico del país azteca.

Malos tiempos, Marlaska, cuando en un país se glorifica a narcocriminales y se recibe con homenajes a los terroristas

Mafias, cárteles, clanes, bandas y otras redes del crimen sin fronteras intentan colonizar territorios. En Latinoamérica y en Europa. La Península Ibérica no está al margen. Narcos, fugitivos y sicarios buscan «abrigo» en España al socaire de la situación geoestratégica de nuestro país, frontera sur del espacio Schengen de libre circulación de la Unión Europea. Los 82 millones de turistas que nos visitan todos los años, los 8.000 kilómetros de litoral, junto a las realidades bancarias genuinas de Andorra y Gibraltar, incluida la cercanía con el Magreb, apenas 15 kilómetros nos separan de África, son irresistibles tentaciones para las narcomafias.

Matar a jornal por encargo de los cárteles de la droga es una «industria» boyante que los balances ministeriales españoles aún no se atreven a poner negro sobre blanco por la alarma social que suscitaría. Otro tanto de los mismo ocurría antes con los 20.000 fugitivos nuevos, entre compatriotas y foráneos, que hay todos los años, estos sí, reconocidos obligatoriamente en las estadísticas oficiales porque no les queda más remedio.

El narcotráfico es la «economía» número 20 del planeta, según cifras creíbles de la ONU. Cerca le van el tráfico de armas y de personas. Para hacernos una idea, baste decir que anualmente los europeos gastan unos 40.000 millones de euros en todo tipo de sustancias estupefacientes y psicotrópicas. Un «ecosistema» endiablado en el que conviven productores, traficantes y consumidores, más o menos conscientes del drama estos últimos. Y en ese caldo de cultivo es donde, para no desviarnos del tema, tienen su protagonismo los narcocorridos con su apología de la delincuencia.

En el Campo de Gibraltar puedes entrar en locales con las puertas abiertas de par en par donde suenan narcocorridos españoles a modo de pasodobles ofrendados a la faena de un diestro en la Maestranza. Las bandas del narcosur, «Los Castañitas, «Los Pantoja», «Los Messi» o «Los Chachos», entre otros clanes heterogéneos, tienen sus santificadores, a la manera de México, cual banda sonora del narcotráfico.

Malos tiempos cuando en un país se glorifica a los narcocriminales y se recibe con homenajes públicos en las calles a los terroristas que salen de las cárceles con las manos manchadas de sangre. Malos tiempos, Marlaska.

Narcocorridos y crimen sin fronteras
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