lunes. 03.10.2022

No voy a hablar, por esta vez, del Gobierno de Madrid, que solo me hace perder amistades —las diferencias en política, ya se sabe, son muy atrabiliarias— y quizás no lo haga por una temporada. Hay asuntos más urgentes que atender y el principal es defender lo de casa, lo de este pobre LLión nuestro al que se empeñan en negarle hasta la pan y la sal los santones y prebostes de Pucela.

Estos días publicaba este Diario que don Puente, el alcalde de esa villa, pretende birlarnos el último consuelo al que podíamos agarrarnos los leoneses, ante el lamentable decaimiento de la economía local: el polo logístico. Para una vez que parecían conjugarse a nuestro favor las coordenadas geográficas, el matonismo intolerable de los jerarcas de la capital del Pisuerga pretende aniquilar esta postrer esperanza de pujanza. En una racha memorable, de puro miserable, nos han arrebatado en los últimos meses, el Corredor Atlántico, la autovía Braganza-León, el AVE León-Madrid. Si les consentimos este atropello que nos deja sin la logística es que no merecemos el nombre de leoneses. Mereceremos hasta que nos embarguen las pensiones, nos expropien las propiedades, nos bajen los sueldos o hasta que nos borren del mapa.

No quiero remontarme a la apócrifa leyenda del obispo Almarcha con la que se acostumbra iniciar la fatídica lista de agravios de Valladolid, que nos birló la factoría de Fasa Renault en principio pensada por los directivos franceses para aquí. Pero si quiero recordar algunos de los hitos incuestionables en la cadena de oprobios que ha infligido la ciudad del José Zorrila, a León a lo largo de los malditos cuarenta años que llevamos uncidos a su yugo. La flagrante discriminación del Parque Tecnológico de Armunia, frente a su homónimo de Boecillo. El flagrante deterioro de los servicios ferroviarios de nuestra tierra en favor de los suyos. El flagrante desfase de las infraestructuras viarias de León comparadas con las suyas. La flagrante vampirización de una buena parte de la población activa de nuestra tierra por la succionadora laboral de Valladolid.

Aún recuerdo, recién salido de la Universidad, cómo este Diario encargó al Instituto Sociológico Leones, que brevemente dirigí, un estudio para conocer las preferencias de los leoneses en cuanto a nuestro encasillamiento en la futura España de las autonomías. La supina abulía de la sociedad leonesa de aquellos años, después de la larga sequía de la dictadura, hizo que entre las tres opciones que sugería el estudio, ya entonces se hallase en mayoría la que apostaba por unirse a Castilla.

La centenaria negación de la identidad leonesa por esa pretendida consanguinidad con los bastardos castellanos había echado hondas raíces. Pero fueron los miserables intereses del entonces ministro del Interior, don Martín Villa, de santa María del Páramo, los que nos obligaron a uncirnos sin consultar, al carro de Valladolid. Y los leoneses lo tragamos con mansedumbre de bueyes que es, al parecer nuestro animal totémico, si no lo remediamos, porque de leones poco nos queda.

Pues no podemos ser bueyes sino leones. Fieros leones que están dispuestos a rugir contra los abusos de la ciudad que nos ha eclipsado desde que Fernando al que llamaron el Santo fundió las dos coronas en una. No se trata de barato nacionalismo sino de llana autodefensa: Defender con uñas lo nuestro porque si nosotros no lo hacemos, de los demás, qué esperar. Así que desde esta modesta tribuna me atrevo a invitar a los que pregonan de leonesismo que nos llamen a salir a la calle cuanto antes a proclamar una vez más, y todas las que sean necesarias, que no queremos seguir siendo los bueyes del carro que acarrea los bienes que nos arrebatan.

Ni el pan ni la sal
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