domingo. 03.07.2022

No parece que sea así, al menos hablando en términos generales. Resulta que acaban de dar por la radio una noticia espeluznante: un joven de 23 años se bebe una botella de tequila y muere poco después. La apuesta ascendía a 600 dólares. Ese fue el precio de su vida. Y los que estaban alrededor ¿qué? Esto nos recuerda la moda que viene afianzándose de un tiempo para acá de organizar botellones casi cada fin de semana. Antes, es cierto, en mis años de juventud, se estilaba el guateque, pero no iba tan allá. Quizá entonces había un fin más romántico: queríamos ligar con alguna chica y la fiesta no dejaba de ser una excusa para ligar con la chica que te encandilaba.

Este preámbulo me pone en disparadero de airear las novatadas que aún perviven en colegios universitarios y concentraciones de grupos juveniles. Antes, incluso en la propia mili, también solían aparecer. Por propia experiencia solo recuerdo haber sido víctima de la manida petaca en la cama. Eso, al inexperto, a veces le llevaba a romper la sábana y la mofa venía pintiparada. No recuerdo ninguna otra novatada de cierto riesgo, a no ser que alguno que otro se disfrazara de lo que no era y mandara a algún novato a hacer tareas algo incómodas, como limpiar las letrinas o pelar patatas.

Ahora, a pesar de que salen voces autorizadas en contra de ciertas bromas, todavía circulan bromitas de mal gusto que ocasionan de vez en cuando percances de poca risa. Entre ellas, la más afamada es la bebida: el vino, la vinagre, vino mezclado con posos de café, gel… se erigen como protagonistas de un acto de novatada que puede dejar secuelas irreversibles. Todos nos imaginamos una goma, un embudo y alguien echando líquido a tutiplén… hasta que el cuerpo aguante. Y eso, en ocasiones, puede conducir al coma etílico o más allá. Por favor, desterremos estas prácticas. Y todo en aras de la integración en el entorno universitario. ¡Qué memeces!

Otra de las novatadas más socorridas es la limpieza de los servicios durante un tiempo dilatado —un mes, por ejemplo—. Bueno, esta es una tarea pesada y más propia de los castigos de antaño. Por esta pasé en mis tiempos de colegial de bachillerato por hablar en las filas cuando se iba al comedor o a las aulas. Era típico de internados y la mayor desazón provenía de la pérdida del recreo tan soñado.

Salir disfrazado con el pijama o con cualquier otra vestidura solía ser otro divertimento socorrido. Se trataba de que la gente te viera por la calle de esa guisa y así pasar unas risas a cuenta de ellos. Al fin y al cabo no dejaba de dar colorido a los paseos carnavalescos. Y no digamos las duchas de agua fría bien de día o de noche que ponían en un aprieto a muchos alejados del agua en aquellos tiempos. No importaba si iban vestidos o desnudos, juntos o separados. Era una pesadilla que iba dejando huella en los primeros meses del curso.

El pringue con huevos y harina era otra práctica habitual, cuando no llovían cosas peores y de drásticas consecuencias, como disolventes o sosa cáustica. Tampoco escasean los tortazos —de torta— a los novatos. Incluso, en este último caso, había apuestas para el afine de puntería. A euro el tiro o más.

De menor trascendencia es el servir la comida a los veteranos durante un tiempo, así como la depilación de los chicos hasta límites insospechados. Y no digamos la subida a la red de fotos de mal gusto. Y dejamos aparte otro tipo de novatadas que no parecen de buen gusto y que ni siquiera voy a mencionar porque me parecen de dudosa calificación.

Ignoro cuáles están de moda hoy día. Ignoro si se han desterrado todo tipo de novatadas. Sé que hay empeño a abandonar estas prácticas tan poco saludables, aunque el fin pueda justificar ciertas tradiciones. No podemos forzar a nadie a pasar por ciertas horcas caudinas. En aras de no se sabe qué no debemos poner en un brete a chicos de cierta timidez porque quizá se arriesgue uno a precipitarles por senderos sin retorno. Si queremos hacer convivencia, tenemos mil fórmulas para hacer más llevadera la integración. Nunca rozar la locura o la insensatez. La espontaneidad ha de primar en todo el quehacer de integración. La espontaneidad y el sentido común. En ningún caso se justifica la intimidación sin ton ni son. Nunca hay que llegar a estados donde se ponga en un mínimo riesgo la vida de la gente. Nunca se debe estirar la soga hasta tal punto que peligre la integridad de nadie. Gocemos y seamos sensatos.

Novatadas, ¿agua pasada?
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