jueves 20.02.2020

Tribuna | Nuevas formas de pobreza en nuestro entorno social

Entrevista con Prisciliano Cordero del Castillo, que se jubila. F. Otero Perandones.

La pobreza siempre es algo que molesta a la sociedad; es la constatación del fracaso de la sociedad en su responsabilidad por proporcionar el bienestar a todos sus miembros. La pobreza no es algo nuevo, ha existido siempre, pero las formas van cambiando. Antes se refería casi exclusivamente a la privación de recursos económicos, hoy se refiere más bien a la exclusión social. La pobreza, aunque es permanente, no es un fenómeno natural, no es fruto de la fatalidad ni de la desidia de los pobres, como nos quiso hacer creer primero el calvinismo, más tarde el pensamiento liberal, y ahora los neoliberales. La pobreza, por el contrario, es un hecho producido por determinadas estructuras y mecanismos socio-económicos creados por el hombre. Hoy están apareciendo nuevas formas de pobreza y colectivos enteros en peligro de exclusión social. A los pobres tradicionales hoy hay que añadir los provenientes del paro, de trabajos inestables y eventuales, de zonas urbanas marginales, de áreas rurales deprimidas, de familias desestructuradas y de la inmigración.

El concepto de pobreza tradicionalmente se refería a la ausencia de medios económicos para cubrir las necesidades básicas. Pero hoy se habla de pobreza material, que hace referencia a la incapacidad de acceder a determinados bienes que se consideran necesarios para alcanzar un nivel de bienestar adecuado. Según Amartya Sen, economista y filósofo indio, «pobre no es el que no tiene dinero, sino el que no es capaz de desarrollar sus capacidades básicas para alcanzar niveles aceptables, tanto en su dimensión física, como psíquica o social. Los ingresos son cruciales para evitar la pobreza, pero son insuficientes para desarrollar las capacidades humanas». En la Unión Europea, siguiendo ese criterio, se mide la carencia material calculando el porcentaje de personas que no tienen acceso a uno de los siguientes servicios básicos: educación, sanidad, alimentación diaria y acceso a una vivienda. Y sería pobreza extrema cuando una persona carece de tres o más de estos servicios. El indicador Arope (At Risk Of Poverty or social Exclusion) combinando ambas medidas: monetaria y material, ofrece estos índices de pobreza para España: un total 8,5 millones de pobres, el 18,4% de la población y, dentro de estos, un grupo especialmente vulnerable, 4,1 millones de personas en situación de exclusión social severa.

De entre las nuevas formas de pobreza, que aparecen en distintos estudios, las más frecuentes son la pobreza infantil, la pobreza entre las personas mayores, los inmigrantes y los transeúntes, sin techo o sin hogar.

La pobreza infantil. Cuando pensamos en pobreza infantil, nuestra mente se traslade rápidamente a otros continentes: África, Asia o a algunos países de Hispanoamérica. Pero la pobreza infantil no es ajena a nuestra realidad. En España también existe. Uno de cada tres niños vive bajo el umbral de la pobreza, lo que supone unos 2,5 millones de niños candidatos a la pobreza, porque si no se pone ningún remedio, cuando lleguen a la edad adulta seguirán inmersos en el círculo de la pobreza.

La pobreza entre las personas mayores. Según diversos estudios, en números absolutos habría en España 1.250.000 pobres mayores de 65 años. En el caso de la provincia de León serían 120.000, con una tasa superior a la media nacional. Pero esta situación puede agravarse en las próximas décadas, al contar León con una población muy envejecida.

Los inmigrantes, los pobres del siglo XXI. Son una categoría especia. El hambre, las guerras y los traslados de población de unos lugares a otros, no son fatalidades, sino más bien el resultado de opciones político-económicas a nivel mundial. Las migraciones, en sus diversas formas, no representan un fenómeno nuevo en la historia de la humanidad. Pero hoy las migraciones han adquirido formas y dimensiones desconocidas anteriormente. Este hecho lo estamos viendo todos los días en nuestras costas. La cifra de inmigrantes ilegales llegados a España en 2018 superó a la de los tres años anteriores juntos. Casi 60.000 inmigrantes han llegado de forma irregular. El perfil del inmigrante, tanto es España como en León, corresponde a personas jóvenes, entre 26 y 35 años de edad, el 58,1% mujeres y el 41,9 % hombres, con abundante presencia de niños y escaso número de ancianos, con bajos niveles de ocupación y altos niveles de exclusión social.

Los transeúntes, los sin techo o sin hogar. El primer problema es fijar el alcance de esta realidad, dada la abundante y diversa situación de las personas que habitan en infraviviendas o en las calles. Son varios los términos usados para referirse a estas personas: mendigos, vagabundos, transeúntes, sin techo, o sin hogar. Este último podría ser el término más apropiado para definir la realidad de este colectivo, pues la carencia de vivienda generalmente va acompañada de otras carencias, tales como la afectiva, económico-laboral y social. En definitiva, se trata de un cuadro que describe una situación de pobreza extrema.

Si resulta complejo fijar el concepto de los sin hogar, es igualmente complejo realizar un censo de los mismos. El último informe de Cáritas Nacional considera que los sin hogar en España estarían en torno a 40.000 personas. Por su parte, el último Censo de Población y Vivienda del INE (2019), señala que los que no tienen ningún tipo de hogar serían unos 38.000. Pero las plazas censadas en albergues y centros de acogida son unas 10.000, lo que nos lleva a concluir que de 28 a 30.000 personas duermen en la calle.

A escala nacional, la situación de la población sin hogar cada vez es más heterogénea. Un «trabajo a pie de calle» de Cáritas de Madrid, que podría extrapolarse a León y al resto de España, fija su perfil en personas con dificultad para mantener un alojamiento fijo, con un deterioro psíquico y aislamiento social grave, con deterioro sanitario, con problemas de adicción a determinadas sustancias e inmigrantes sin papeles. En cuanto a las causas por las que han llegado a esta situación, en la mayoría de los casos son: fracaso familiar o familias desestructuradas; pérdida del trabajo y de recursos económicos; adicciones, alcohol o drogas; enfermedades, principalmente mentales; inmigración; y tráfico de mujeres. Los problemas que originan la situación de los sin hogar se retroalimentan y a partir de uno se puede pasar a otro, entrando en una espiral de exclusión o marginación de la que les resulta muy difícil salir. Lo que sí es cierto es que frente al perfil tradicional que nos hablaba de un varón de mediana edad, hoy están apareciendo cada vez más jóvenes, entre 16 y 40 años, inmigrantes, que en algunas comunidades llegan a sumar hasta el 45% del total de los sin hogar, y mujeres, que ya suman en torno al 15%. Se puede decir que se está dando un rejuvenecimiento, una feminización y una internacionalización de los sin hogar.

Como hemos visto, cada nueva forma de pobreza tiene sus causas y efectos, que producen colectivos concretos de exclusión social. No obstante, tratando de buscar una política común para la lucha contra la pobreza, existen tres propuestas que me parecen interesantes: la de la Instrucción Pastoral Iglesia, servidora de los pobres, de la Conferencia Episcopal Española 2015; la del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social 2018, aprobada en Consejo de Ministros en 2019; y la del Informe FOESSA 2019. Las tres propuestas son muy ambiciosas y bien estructuradas, pero, a mi entender, las tres son utópicas, excesivamente teóricas y muy difíciles, si no imposibles, de llevar a la práctica.

Ante estas nuevas formas de pobreza y ante tantas gentes, por una u otra razón, excluidas de la sociedad, termino con una cita de Victor Hugo en Los miserables (1868), una de las obras literarias más importantes del siglo XIX y puesta de actualidad por sus muchas versiones en musicales, teatro y últimamente una vez más en cine por el director Ladj Ly y premiada en Cannes en 2019 con la recompensa especial del Jurado. Dice Victor Hugo: «No hay malas hiervas ni hombres malos; solo hay malos cultivadores». Y con unas palabras del papa Francisco en la III Jornada Mundial de los Pobres: «La esperanza de los pobres nunca se frustra» (Sal. 9), porque la Iglesia, estando cercana a ellos, está llamada a no permitir que nadie sufra la exclusión».

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