sábado. 02.07.2022

Recientemente se ha puesto de largo un estudio multidisciplinar, coordinado por la Universidad de Zaragoza, gracias al cual conocemos la historia forense de la primera dinastía de los reyes de Aragón: la que arranca con Ramiro I en 1035 y arriba hasta 1137. Un estudio único, pionero, ejemplar, que llena de orgullo a los aragoneses y a los españoles, pues ofrece un suculento pedazo de nuestra propia historia.

El asunto, relevante para quienes nos dedicamos a esto de la Edad Media, no pasaría a estas líneas si no se entrelazase con nuestra propia historia, pues de quienes se habla pueblan nuestras páginas de crónicas y documentos, ya que el pasado del Reino de León, del auténtico, no del político utilitario, no muere en la delimitación de las provincias de Zamora con Valladolid, o de León con Palencia. El análisis de los restos reales se ha centrado en el panteón de San Juan de la Peña, en la Iglesia de San Pedro el Viejo de Huesca y en el del Monasterio de las Benedictinas de Jaca. Casi setenta paisanos y paisanas analizados desde todas las posturas y perspectivas. Sabemos por ello que algunos sobrepasaban el 1,80 de altura, que presentaban lesiones nacidas de la lucha contra los moros, los navarros-¦ y los leoneses, que 18 de ellos mantienen sólidos lazos de parentesco, que les gustaba la carne, despreciaban el colesterol y su grupo sanguíneo predominante era el A seguido del O.

Entre los difuntos, el primer monarca aragonés, Ramiro I, hermano de nuestro rey-emperador Fernando I, fundador de San Isidoro y su panteón real, gloria del Románico español. También se encuentra analizado dentro del estudio quien ha formado parte del mito y la leyenda de aquellas tierras pirenaicas y de la literatura española: Ramiro II 'El Monje', el de la campana de Huesca, que hizo un buen badajo para la misma con las cabezas cortadas de los nobles que se le oponían. Eso es hacer política... por fin llegan las informaciones hasta otra prenda nacional: Alfonso I El Batallador , que fue por matrimonio rey de León gracias a su mujer doña Urraca, hija de Alfonso VI conquistador de Toledo, a la que dio tan mala vida que hubieron de separarse por malos tratos probados ante el Papa de Roma. Siempre me pregunté cómo sería ese pedazo de cavernícola que tan honda y penosa huella dejó en Sahagún, que expolió, y en la capital. Pues bien, medía un metro sesenta, que tenía una dentadura digna de anuncio de dentífrico, una musculatura de empuñar espada y lanza capaz de matar a un toro de un puñetazo, y una fractura en la pierna, amén de artrosis cuando murió a los 61 años. Lástima que no sepamos cómo era su esposa, la reina Urraca, madre del emperador don Alfonso VII, conquistador de Almería y Baeza, o de éste último. Hasta para los muertos somos dejados los leoneses.

Panteones reales: de León a Aragón
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