jueves 24/9/20

Peregrinos y hoteleros diezmados

Camino Francés. Sahagún de Campos. Estamos en la frontera administrativa leonesa-palentina, aunque el cereal y el horizonte todo lo igualan. A las cuatro de la tarde entra un peregrino con un calor de 30 grados buscando las aceras en sombra. El órgano suena en las benedictinas. Es el Ave María, que se distingue al pegar el oído a la puerta de la iglesia. A su lado están las ruinas monumentales del monasterio de San Facundo, mártir que da nombre a la abadía cluniacense y a la villa jacobea. La trascendencia del cenobio mozárabe y progótico se fundamenta en que llegó a acuñar moneda propia y poseer universidad, según reza el panel informativo. Economía y conocimiento juntos, casi nada. Un soberbio arco de medio punto exento configura, junto a grandes pilastras, una excelsa puerta o fachada, cuya grandeza insinúa la majestad de otro tiempo. El conjunto, tan evocador como inabarcable, e invita a profundizar en su historia para alcanzar el éxtasis.

La porticada plaza mayor está concurrida al mediodía, donde propios y extraños buscan su acomodo entre vinos y menús. En el comedor de abajo del Ruedo II nos sirven melón con jamón y garbanzos y, de segundo plato, pollo y carrilleras de ternera. César, que nos atiende diligentemente, reivindica que dejen trabajar a los profesionales de hostelería que respetan los protocolos sanitarios. La mascarilla no impide ver su preocupación por cómo se están poniendo las cosas. «Los veranos pasaban por el pueblo unos 300 peregrinos diarios, hoy apenas son 20 o 30», se lamenta igualmente. Es un año raro e incierto para todos, y doloroso para muchos. Si Dios quiere, el año próximo cruzaré Sahagún cual peregrino, reanudando mi camino en Carrión de los Condes. Aprovecharé entonces para visitar la iglesia de la Peregrina, que ahora encontramos cerrada, el convento de San Pedro de las Dueñas, la ermita de la Virgen del Puente y otras joyas de esta tierra pródiga y trigueña.

¿Quién iba a pensar que en la antesala del año jubilar compostelano caería sobre nosotros la maldición de una peste incontrolada? Recuerdo que, en mi última etapa del año pasado, un parado de la construcción hacía de voluntario en una iglesia sellando compostelas, una abuela vasca de carácter fuerte peregrinaba conversando con su nieto, que padecía una enfermedad rara, a través de una videollamada de móvil, y que al llegar a la villa condal me compré un poemario de Ilia Galán. En sus hojas releo: «Los campos de oro, que durante siglos a tantos amamantaron, ya están segados». Sin embargo, este verano pandémico lo que están segadas son la peregrinación y la hostelería, si bien en los últimos días de agosto ya llegan a Compostela más de un millar de peregrinos. Y Sahagún y Tierra de Campos también recuperarán el aliento del Camino.

Peregrinos y hoteleros diezmados
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