miércoles 23/9/20

Tribuna | Los periodistas, adalides de la verdad

Todas las épocas de la historia de la humanidad han tenido sus defensores de lo que en cada momento las gentes de su tiempo entendieron por libertad, justicia, verdad. ¿Y qué es la verdad? Pilatos se quedó sin saberlo, o bien porque no quiso, o bien porque para su interlocutor no fue merecedor de distinguir lo que en verdad concierne a la sabiduría de los humildes y sencillos, y de lo que atañe al orgullo, arrogancia y prepotencia de los poderosos.

Todos los matices, todos los puntos de vista, todas las parcelas de la verdad, han tenido y siguen teniendo sus testigos y sus mártires, que al final todo es uno y lo mismo, porque mártir es una palabra griega que significa testigo: testigos con la palabra, o testigos con la sangre. Politeístas y monoteístas, conservadores y liberales, de izquierdas y de derechas, todos han tenido sus testigos capaces de derramar su sangre por un manojo de verdades — sus credos —, de los que hicieron el particular entramado de sus vidas.

En los últimos tiempos, ha aumentado esta clase de testigos, de mártires laicos. Son los servidores de la pluma o el teclado, el micrófono, la cámara, la caricatura, todos aquellos que, de una manera o de otra, han despertado en los poderosos, ciegos instintos de miedo, odio, inconfesables deseos de eliminarlos. Son los mártires de todas las razas, credos y colores que, ante la injusticia, la corrupción del poder y las violaciones de todos los derechos, no han podido callarse y han zarandeado al mundo para que despierte de un letargo de siglos de silencio, en la política, la religión, el cine, el deporte, el sexo, la discriminación social, denunciando abusos y humillaciones a la mujer, al pobre y al débil, al inocente.

Y es que han sido, y siguen siendo los periodistas los que armados de valor están sacando de sus escondrijos, como a zorros gallineros, a los que por años han subido a los altares del mundo a oficiar con las manos blancas —que no limpias—, y por la puerta de atrás han salido a los caminos a seducir, comprar y vender, esclavizar, sembrar la semilla del mal entre tantos inocentes.

El mundo necesita saber la verdad de lo que no se puede ni vender ni comprar, ocultar ni tergiversar, sino llana y honestamente, divulgar

Testigos de la pluma hay en muchos países, sutilmente censurados, con cualquier excusa apartados de sus ‘molestas’ labores, amordazados, injustamente encarcelados y humillados, vendidos y comprados, vilmente asesinados o desaparecidos. Otros, previamente jubilados de sus nobles tareas. A todos ellos debemos recordar cadas 24 de enero, en el día de su patrón, Francisco (de Sales), porque él destacó por su capacidad comunicativa para difundir y defender la verdad, y “guardarse de faltar a ella, incluso con el pretexto de evitar la ofensa a los (mentirosos), de reducirla o disminuirla”

Sería larga la lista de las naciones donde los periodistas, ellos y ellas, son silenciados o sufren persecución, así como la muchedumbre de los que habitan en el cielo claro y digno de los proclamadores de la verdad. Para todos ellos tenemos un recuerdo sincero y agradecido por marcarnos el camino a seguir, sabiendo que solo la verdad y la libertad para comunicarla harán una sociedad más humana y libre.

No me resta nada más, para terminar esta reflexión —para algunos molesta, pero humilde reflexión—, que dar mi enhorabuena a los periodistas del mundo que se parten no un solo brazo, sino los dos —y a veces el alma entera—, dejando la vida en la denuncia, para desenmascarar a políticos, banqueros, empresarios, clérigos de bajo y alto copete que han jugado con la dignidad de la humanidad, y a los que Francisco, con menos contemplaciones que yo, ha fustigado y sigue fustigando para que abandonen de una vez por todas sus malas artes, animando a los periodistas y a toda la sociedad para que los desenmascaren y los saquen a la luz.

Francisco Bergoglio y Francisco de Sales —entre miles—, son valedores que nos recuerdan que el mundo necesita saber la verdad de lo que no se puede ni vender ni comprar, ocultar ni tergiversar, sino llana y honestamente, divulgar. Que ellos den aliento a quienes día a día tienen por misión hacerlo, manteniendo en sus medios de información la verdad, y la libertad para expresarla.

Este artículo es la muestra más sincera de agradecimiento a todos los que exponen, defienden y sufren por decir la verdad.

Tribuna | Los periodistas, adalides de la verdad
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