domingo 11/4/21

El poder de la mentira, y la mentira del poder político

Este título parece un retruécano. Lo cierto es que pensé formularlo: el poder de la verdad y la verdad del poder político, que ése sí es un retruécano. Luego pensé: la mentira, y la mentira del poder político, lo cual es una redundancia. Entonces volví a pensar: el poder de la mentira, y la mentira del poder político, lo cual es un pleonasmo. Traigo a cuento esas figuras retóricas para tratar de entender lo que corresponde a la verdad y la mentira, sus relaciones y divergencias, importancia y consecuencias. Para empezar, una verdad a medias se dice que es una mentira, pero una mentira a medias no se dice que sea una verdad. ¿Eso indica que la mentira es más frecuente que la verdad? Según nuestro ínclito Machado: «¿Dijiste media verdad?, dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad».

Quiero puntualizar que los significados de ambos conceptos los voy a manejar desde la perspectiva del hombre de a pie, dejando de lado otras valoraciones que hacen de esos mismos conceptos los filósofos, teólogos etc. quienes pretenden, sin duda, abrir más espacio a nuestras mentes, pero que pueden hacernos un lío en nuestro simple entendimiento. Y es que para el hombre de la calle, la verdad es la verdad, y la mentira es su antónimo, es decir lo contrario, y que no acaba de convencerle (aunque tenga sus razones), por ejemplo, eso de que la mentira, no siempre se opone a la verdad, según Santo Tomás. Tampoco me voy a refugiar en aquello de que «nada es verdad ni mentira: todo depende del color del cristal con que se mira….» del poeta Campoamor.

Ya sé que, en parte, estamos hechos de errores y pseudo verdades (también de mentiras) al darnos respuestas sobre los interrogantes eternos de quiénes somos, de dónde venimos, qué deseamos ser etc. etc. etc. Pero la cosa se complica cuando el hombre incorpora la mentira como una forma conveniente (¿acaso necesaria?) para relacionarse con sus semejantes.

Estoy seguro que, en general, el hombre valora la verdad como norma, como conducta positiva, como ideal, incluso como virtud moral en y para la interacción con sus homólogos, pero no es nada infrecuente que, en la práctica, se disocie de la teoría, y mienta. Y no me refiero a las «mentiras piadosas», ni a las mentirijillas juguetonas, ni a aquellas con el valor añadido de la restricción o la reserva mental (de los jesuitas). No, no, me refiero a aquellas que, bien sea por un mecanismo de defensa, por una búsqueda de una satisfacción instintiva o por otras razones, le reportan un beneficio a costa y en perjuicio del otro. Cuando la mentira se establece como elemento básico, como norma en la convivencia, ocurre que, de forma subrepticia, a la chita callando, por ósmosis se van horadando los cimientos de esa estructura social y se van cambiando los valores morales de la misma. El valor de lo bueno y correcto puede pervertirse, convirtiéndose en un «contravalor», de nefastas consecuencias.

Existe la tendencia de hacer creer que es verdad aquello que se repite sin cesar. Solo un ejemplo: ¿Qué parte de la propaganda, no ya de la empleada en política, que esa no hay por dónde cogerla, sino en general, es verdad? Volvemos a las medias verdades. ¿Es que nos gusta jugar al engaño como sujeto u objeto? «Miénteme, dime que no es verdad»; porque la verdad, a menudo, duele. ¿Nos estamos instalando en el absurdo, dando por bueno lo que es malo, confundiendo los contrarios? Lo cierto es que cuando la mentira crece, la verdad se deseca. Algo así como cuando crece y se extiende la cizaña en el sembrado, que el trigo se agosta.

Y cuando la mentira se convierte en elemento constitutivo de la relación entre el político y el personal de a pie (la «mentirocracia»), el resultado es nefasto. Rechazo la idea, e incluso la creencia de que la mentira sea un ingrediente consustancial y necesario en la política. Es posible que su generalización entre los políticos (y la connivencia de parte de la población) se deba a la imitación bobalicona (y babosa, dirían en el pueblo de mi infancia) del ‘boss’, especialista en la materia. ¿Ve éste tan peligrosa la verdad porque ésta será, más tarde, la prueba irrefutable en el juicio al que teme ser sometido, y por eso se apalanca en la mentira, por cuyo contenido, insistirá, no podrá ser juzgado al no existir, por ser falso?... Es muy probable que vuelva a mentir aduciendo que pretendía defendernos de la verdad y trate de convencernos de que sus frecuentes «cortes de manga» eran una manifestación novedosa de saludos cordiales. E incluso nos contará la milonga de que su voz y mímica impostadas se debían al esfuerzo que tenía que hacer para ocultarnos la verdad que podía dolernos. La mentira, en el asunto que nos ocupa, busca un choque frontal entre los denominados valores «antiguos» (inservibles por viejunos y fachas, achacables, obviamente y por entero, a la oposición) y los denominados valores «modernos» (paradigmáticos en el desarrollo de la libertad, que se atribuye como únicamente suyos el gobierno actualmente en el poder), pero que, en realidad, nada tienen que ver con los valores «conservadores» y los «progresistas», ni del valor intrínseco de ambos.

El político, actualmente en el poder, se empeña en intentar convencer (y lo va logrando) de que sus «valores» son los buenos y modernos, y pone en funcionamiento todo el poder de la propaganda, la falsificación de los datos pertinentes, la ocultación de sus verdaderas intenciones; es decir que niega la verdad, la disfraza, la falsifica. Y como ha constatado que, hasta ahora, la sociedad no da muestras fehacientes de desacuerdo, bien sea por acomodo, impotencia o cobardía, que la oposición suele andar dividida y «a brevas», y la justicia mira a menudo para otro lado porque está seducida y ultrajada, cuando no en connivencia, pues mañana más de lo mismo.

Digo yo que si «la verdad os hará libres» según la cita bíblica, lo lógico es deducir que «la mentira os hará esclavos». Lo que no me queda claro es si es la verdad la que conduce a la libertad o es la libertad la que nos conduce y preserva la verdad. Si la sociedad no reacciona ante la mentira, ésta parasitará a otros valores y acabará, máxime si se apuntan al convite el odio y la envidia, dañando muy seriamente la convivencia, si no destruyéndola.

El poder de la mentira, y la mentira del poder político
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