sábado. 01.10.2022

Por qué o mejor para qué. Y, ¿después qué?

No todos llevan las cosas de igual modo, ni a todos les afectan las cosas de la misma manera. El confinamiento es uno de esos acontecimientos que nos está poniendo a prueba. Es inusual el aislamiento en casa y, como todo en demasía, cansa. Su prolongación parece insostenible, pero no insoportable en comparación con la muerte y el dolor que nos amenazan.

La llegada del coronavirus cambió el ritmo frenético de nuestras vidas y nos ha puesto a todos de bruces por igual. No es agradable constatar la fragilidad y vulnerabilidad cuando algo tan invisible trastoca los planes de la sociedad, cuestiona el progreso, desarma la potencia de una engreída tecnología. Ahora, más que buscar los porqués, cabría pensar en el para qué. Ha tenido que llegar la pandemia para ver la respuesta colaboradora de la población y las manifestaciones solidarias en reconocimiento a lo mejor de tantos de los nuestros.

En una sociedad orientada al trabajo y a la productividad, ávida de cosechar frutos, el estar inactivo se hace monótono, aburrido y parece una pérdida de tiempo. Además, llega como una obligación, un sacrificio impuesto, algo que a los mayores había tocado vivir, pero que ahora, sobre todo a los jóvenes, resulta costoso, acostumbrados a reclamar derechos, y a no echar en falta casi ni lo superfluo.

Para los que vivían en el desasosiego, cuesta detenerse y ser pacientes en la espera. ¡Cuántos preferirían horas de duro trabajo a soportar días de inactividad improductiva motivada por algo que escapa a nuestro control! Y de ser así, dado que no lo remedia el quejarse, más valdría intentar encender una vela que maldecir la oscuridad. ¡Que la urgencia por liberarse de esto no oscurezca la necesidad de librarse del activismo, esa imperiosa necesidad de estar siempre ocupado haciendo algo!

Ante esta situación, unos tratarán de evitarla o de esquivarla con distracciones o evasiones transitorias. Otros procurarán llenar el vacío acercándose a los suyos o descubriendo que los vecinos no son seres anónimos ni lejanos. Puede que haya quienes caigan en la cuenta de que, para estar en contacto, no siempre es necesaria la presencia física, ya que hay otros modos de sentirse comunicados: teléfono, videollamadas, mensajes, correo epistolar…

Incluso habrá quien, para paliar estar solo, recurra a su vertiente contemplativa para afrontar el confinamiento y llegar más allá de la ausencia de los ruidos y voces que vienen del exterior. La ausencia de ruido o el que no se pronuncien palabras puede indicar un modo de estar incomunicado; pero para sentirse sereno, en calma, hay que hacer silencio y ponerse en contacto con la intimidad. Para experimentar el silencio hay que hacerse silencio, lo cual es un modo de ser de uno mismo.

En resumen:

—Mientras dure la reclusión, pueden aprovecharse sus ventajas viéndola como una ocasión que nos da la vida y preguntarnos el para qué de todo esto y qué se puede sacar de ello. Más que fijarse en las restricciones, convendría aprovechar las condiciones del retiro y hacer una pausa, desconectar y reflexionar.

—Durante el receso, ponderar el antes y sus ajetreos, examinar el nivel de resistencia ante la adversidad y dominar la impaciencia por regresar al estilo de vida previo. Que el peso de afrontar el momento actual no esconda un querer salir de casa para evitar enfrentarse a uno mismo y a los problemas.

—Y antes de reanudar la actividad, con el futuro de la sociedad, tal vez en juego, sería bueno un plan de acción, establecer propósitos y reconsiderar prioridades, tanto en la esfera individual como en la colectiva: dar preferencia a la consecución y distribución de alimentos, apostar por la salud y por la vida, luchar contra las desigualdades y la pobreza, cuidar la calidad de vida de las personas, destinar menos recursos a armamentos, proteger a la madre naturaleza… En fin, salir de la pandemia regenerados y transformados, en vez de cansados y resabiados. Más que salir cuanto antes, salir mejores.

—¿Y después de esto qué? Cuando esto pase y retorne la normalidad, ¿volveremos a los viejos modos de antes de declararse la pandemia? ¿Habremos aprendido algo de todo ello? ¡Que no quede solo el temor al virus que paraliza o que la mayor preocupación sea cómo combatir una recesión económica! También es posible una recesión u olvido de tantas cosas positivas como de esto se pueda sacar. En retrospectiva, ¿era proporcionada la ambición, el tener, el poder, el aquí y cuanto antes, el ante todo ganar o el consumismo, subordinando valores humanos?

El virus ha hecho aflorar en las personas la solidaridad, ha aminorado las rivalidades, ha hecho que nos veamos más iguales y menos competitivos, ha limpiado la atmósfera, las corrientes de agua, y podría tener incidencia positiva en las medidas para reducir el calentamiento global. ¿Acabará todo siendo algo pasajero, como un sueño, y se olvidará pronto la solidaridad y la unión que ahora sobresale por encima y más allá de la separación y de las diferencias?

¡Ojalá se hayan sembrado semillas de esperanza para que el futuro, aún si fuere de menor abundancia y riqueza, sea más próspero en armonía y humanidad!

Por qué o mejor para qué. Y, ¿después qué?
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