lunes 28/9/20

Profesores, humillados y olvidados

Llegados al ecuador de las vacaciones de verano, y con la perspectiva que la distancia en el tiempo nos da, los docentes, si aún nos queda una pizca de dignidad profesional, jamás deberíamos olvidar lo que para nosotros supuso el último trimestre del curso 2019/2020 y el final de este, situación especialmente difícil para los que llevamos ejerciendo esta digna profesión desde hace treinta años y hemos vivido tiempos mejores en el mundo de la enseñanza, donde los valores esenciales eran el esfuerzo, la educación y el respeto.

Es sabido que, como consecuencia del decreto de estado de alarma, se suspendieron todas las actividades lectivas presenciales en los centros educativos a partir del 16 de marzo. Inmediatamente, la Sra. Ministra de Educación salió al paso en los medios para asegurar que la repetición de curso iba a ser algo extraordinario, cuando lo que veladamente quería decir, y el tiempo así lo ha demostrado, era que los alumnos tendrían un aprobado general, mensaje que caló cual lluvia fina entre los alumnos y sus familias.

Hubo que esperar un mes, nada menos, hasta que la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León dictara la primera instrucción sobre cómo se iba a desarrollar el tercer trimestre del curso escolar, y otro mes más hasta que se recibiera la instrucción de final de curso, ambas confusas y con múltiples interpretaciones.

Los profesores desarrollamos nuestra labor docente prácticamente sin ningún tipo de directriz o ayuda, poniendo a disposición de la Administración todos nuestros medios personales. En ningún momento, la Administración se preocupó ni tan siquiera por la salud física o mental de sus trabajadores docentes durante el confinamiento; su única inquietud era saber si todos los alumnos disponían de los medios necesarios para comunicarse con sus profesores de forma telemática. Tampoco los directores de los centros, algunos de ellos estómagos agradecidos que actuaron siendo la voz de su amo, mostraron gran interés por el bienestar de sus compañeros, amén de no despejar las dudas relativas a la normativa que se iba publicando, quizás por dejadez o por desconocimiento; su cometido principal fue cargar al claustro de profesores con una ingente cantidad de burocracia vertida a su vez indiscriminadamente por la Consejería de Educación.

Y qué decir de los alumnos y sus familias. Algunos de los alumnos, los menos, trabajaron duramente, en muchos casos sin apenas saber manejar las herramientas digitales. Muchos otros alumnos, sobre todo aquellos que no habían hecho ningún tipo de esfuerzo durante los dos primeros tercios del curso, y que ya acarreaban unas cuantas materias suspensas, consiguieron «sacar tajada» durante el último trimestre a base de hacer trampas, a veces con la connivencia de sus familias y profesores particulares, algo especialmente sangrante en el caso de los alumnos de Bachillerato, a los que se les suponía una cierta madurez. Este tipo de alumnado no hubiera conseguido superar el curso en junio en una situación de normalidad, y en estos momentos estarían preparando las materias suspensas para las pruebas extraordinarias de septiembre.

A día de hoy, la mayoría de las familias están convencidas de que el éxito obtenido por los alumnos ha sido mérito exclusivo de sus hijos y que los profesores no les hemos regalado nada; es más, la sociedad en su conjunto cree que los profesores llevamos disfrutando de vacaciones pagadas desde el mes de marzo.

Finalmente, a mayor gloria de los alumnos, las pruebas Ebau planteadas por las universidades de Castilla y León adaptadas a la situación provocada por el Covid-19 han sido irrisorias, al menos la prueba de inglés, que es la materia que conozco de primera mano. Cualquier alumno de los dos últimos cursos de ESO, medianamente competente en inglés, hubiera sido capaz de resolverla sin mucha dificultad.

Es de esperar que la Administración no sea tan ingenua como para creer que la obtención de unos resultados finales altamente positivos e infinitamente mejores que los de cursos anteriores, incluidos los elevados índices de titulación en ESO y Bachillerato, tiene que ver con un repentino brote de sentido del deber por parte de los alumnos durante el último tramo del curso, aunque como se suele decir: «no hay peor ciego que el que no quiere ver».

Profesores, humillados y olvidados
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