jueves. 02.02.2023
ALGUNOS sostienen que no hay basura para el sucio, aunque los datos estadísticos e incluso la triste panorámica de mugre y abandono que presentaron durante semanas los jardines del Campus de Vegazana nos digan todo lo contrario. Vamos por partes. Según un reciente estudio medioambiental, cada español genera anualmente 565 kilos de desperdicios, convirtiendo el país en una especie de agujero negro donde van a parar todos los sobrantes de nuestras actividades domésticas. Afortunadamente los leoneses no destacamos en el escalafón de la porquería, apareciendo en la cola con apenas 478 kilogramos de mondas, botellas y otras guarrerías varias. No ha ocurrido lo mismo en la zona verde que rodea y ampara a nuestra Universidad, convertida en un lugar tan sucio y dejado de la mano de Dios que estudiantes y transeúntes habituales de aquellos contornos casi llegaron a correr peligro bacteriológico. La historia se aprende interrogando al paisaje, así que semejante montón de basura no sólo afectaba al debido ornato público, sino que evidenció una terapia de choque entre dos puntos de vista en agudo conflicto. Sin pretender ahondar en tan grotesca y sucia pendencia, lo cierto es que por un quítame allá esa bandera, con el consiguiente latiguillo de póntela/pónsela según las respectivas posturas ideológicas, se conformó en la Universidad una panorámica que, según testimonios recogidos de primera mano, uno creía haber muerto y que ya estaba buceando en las asquerosas calderas de Pedro Botero. Después de mucho tiempo parece haber llegado la hora de una expiación conjunta, algo de obligado cumplimiento en un recinto del saber que se supone paradigma de tolerancia y concordia.

Pura basura
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