miércoles 12/8/20

TRIBUNA | Que hablen los intelectuales

En el momento actual, los intelectuales, como conciencia crítica de la sociedad, deberían comparecer ante la opinión pública para explicar sus puntos de vista. Dado que las tertulias de los medios informativos no parece que aporten muchas ideas nuevas sobre el porvenir de nuestra nación (única según la Constitución de 1978, que acaba de cumplir cuarenta años). Sabemos que contamos con brillantes catedráticos de derecho constitucional, filósofos documentados, investigadores notables, hombres de pensamiento sólido; incluso la Fundación Transforma España que se nutre de estudiosos que analizan, con rigor intelectual, los intereses del bien común. Se trata de evitar la orfandad de ideas, que a la larga nos puede costa muy caro, si la opinión generada por los políticos y publicada en medios de comunicación, se hace hegemónica frente a la opinión pública enraizada en las ideas, creencias y valores sociales y éticos. Soportes que sostienen la estabilidad y el progreso de la sociedad.


Los políticos, en general, cultivan sus egos, con la deriva de egoísmo y ambición personal, y a la que se suman ciertos intelectuales a través del manifiesto Petición Pública en favor de una negociación política sobre Cataluña. Ante esta situación concreta, acudimos, una vez más, al magisterio de Ortega y Gasset: «La ley de la opinión pública es la gravitación universal de la historia política. Sin ellas la ellas la ciencia histórica no sería posible». En el mismo sentido otros filósofos nos dicen que la historia de un pueblo consiste en demostrar que la soberanía de la opinión pública, lejos de ser una aspiración utópica, es la que ha pesado siempre y a toda hora en las sociedades humanas. En frase orteguiana: «Incluso hasta quien pretende gobernar con los jenízaros (nueva tropa turca), depende de la opinión pública de estos».


En este marco, se puede hablar de opinión pública y opinión publicada. No se trata de un juego de palabras, sino la expresión correspondiente al tipo originado de opinión, es decir la opinión asentada, a lo largo de una etapa, con su repertorio de ideas, criterios, y modos de entender la convivencia, a través de la experiencia y la tradición con sus valores humanos y sociales, es la opinión pública. Con respecto a la opinión publicada se toma como referencia la opinión difundida y expresada por los distintos medios informativos, así como por organizaciones, grupos sociales, políticos, sindicales, empresariales u otros semejantes. Ahora bien, tanto un tipo como el otro, constituyen vasos comunicantes. Lo deseable es que sea hegemónica la opinión pública, sentida por la mayoría de la sociedad, fuertemente arraigada y encaminada al bien común.


Como primera observación: «Sin opiniones, la convivencia humana sería un caos; menos aún; la nada histórica». Por esto es tan necesaria la aportación de los intelectuales de todo signo. Los líderes o guías de opinión suelen ser los que orientan al público sobre el contenido de la comunicación. En este punto, la presencia de los intelectuales es indispensable, pues deben ejercer su sentido crítico y el análisis de la realidad. Así pueden enjuiciar las situaciones, desmontar falacias y mediar en temas polémicos. Sin ir más lejos la cuestión territorial, que es el problema más importante que em estos momentos afecta a los españoles. Y es que nuestra Constitución no permite que ninguna comunidad autónoma se independice de la nación española y se proclame independiente, a través de la llamada «autodeterminación», ya que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español del que emanan los poderes del estado y esta soberanía es el poder supremo del estado, que se configura como una nación única. Nadie pone en duda los sentimientos de una comunidad, pero no faculta el sentimiento para subvertir el orden constitucional. En frase de Laín Entralgo: «Nunca es aconsejable la dialéctica del no enmendalla, especie de pertinaz estrabismo mental, en el que uno de los ojos contempla, fijo y orgulloso, la parcela estricta de la verdad y la razón propia, mientras el otro, esforzado y pugnaz, escruta la sinrazón cierta o posible del adversario». Retornarem más forte dicen los independentistas, con orgullo aparente, para repetir el referéndum ilegal. Una vez más se trata de no enmendalla, lo que no es más que obstinación». Tesón, tesón hasta el suicidio, y morir como don Rodrigo en la horca», comentaba Unamuno sobre las mocedades del Cid. Una representante nacionalista insiste en la necesidad de dialogar con el gobierno de la nación (en vias de conformación, en esta hora) para hablar de la autodeterminación. ¿Se trata de un monólogo que pretenden transformar en diálogo por medio del chantaje? O ¿se trata de un diálogo para justificar un conflicto político artificial?, ¿Se pretende llegar a un acuerdo para reformar la Constitución vigente? En este último supuesto no olvidemos que debería ser refrendada por el conjunto del pueblo español, aunque se intenta omitir este trámite.


Sobre la cuestión territorial, más de doscientos intelectuales han lanzado un manifiesto, llamado de la vergüenza, favorable a la secesión, en el que piden una salida política para las exigencias de algunos catalanes, en un intento de modificar las reglas del juego democrático, sin respetar los más elementales criterios de racionalidad, sin contemplar ninguna rectificación para los urdidores de este proceso. Así podemos ver que el chantaje está servido. Creemos que la sociedad española (incluida Cataluña) más lucida sabrá frenar los excesos de una burguesía desfasada y apoyada en estos momentos por un aparato violento. En conclusión: ante este panorama nada halagüeño, es recomendable que los intelectuales se comprometan con la España constitucional y contribuyan junto con otros líderes y personalidades, a llevar luz a este problema que nos afecta a todos los españoles para evitar la rendición del Estado como nación.

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