miércoles 14/4/21

¿Qué podemos hacer?

Hace unas semanas que se publicó en este mismo espacio un artículo mío titulado Arrímate ‘pallá’ en el que exponía la grave situación sociopolítica actual en España, con el riesgo de la auto destrucción del país y la desaparición de nuestra joven democracia, así como el llamamiento a la reacción de la sociedad.

Desde entonces he recibido numerosas muestras de adhesión y sintonía con lo que allí expresaba, e incluso algunos me han animado a que exponga, de una forma más explícita, mi punto de vista sobre lo que se puede hacer. Quiero destacar, para enmarcar este nuevo artículo, algunas reflexiones y opiniones que se han repetido entre los lectores. Así, por ejemplo:

—Cómo defenderse de un sistema tan perverso.

—Los principales culpables son los votantes.

—¿Los culpables somos todos?

—El mal ya está hecho, pero ¿es reversible?

—Esto, o parecido desmán, no sólo ocurre en España. Las sociedades de buena parte del mundo están sufriendo el abuso de poder de una clase política cuyos dirigentes no nos merecemos (¿o sí?).

—La corrupción es un mal que ha existido siempre. Y si bien es cierto que la sociedad está más preparada para cuestionar, levantar la voz, al mismo tiempo está más acomodada para no actuar y, al menos parcialmente, comparte la corrupción.

—Diferentes alusiones al desengaño y a la estafa en el proceder de los políticos corruptos.

Quiero pensar que un país que tanto ha hecho por la civilización, que tantos reconocimientos tiene de valores y bienes culturales, tanto materiales como inmateriales de la humanidad, es capaz de alzar la voz con firmeza pero sin violencia, restaurar la cordura y encauzar su destino

—¿Hay esperanza? ¿Qué podemos hacer?

Es obvio que yo, que no soy político, ni politólogo, ni sociólogo, no alcance a descifrar algunas de las claves que me permitirían analizar, entender y, acaso, ofrecer respuestas adecuadas a algunas de las preguntas y reflexiones arriba mencionadas. Mi profesión ha estado dedicada a intentar comprender y ayudar a personas, individualmente o en pequeños grupos pero no a sociedades. Sin embargo, y hecha esta puntualización, conozco, así mismo, la importancia que cada persona tiene en la construcción de esa misma sociedad.

No pretendo, valga la metáfora, reducir ni definir al río por el resultado del análisis de la gota de agua, cuyos millones de millones de las mismas lo componen. Pero, «si para muestra vale un botón», no es menos cierto que cada persona tiene mucho en común con la sociedad a la que pertenece.

Es por eso que accedo gustoso a dar mi modesta opinión sobre qué podemos hacer en el caso que nos ocupa, aunque me consta que gran parte de los lectores ya lo sabe. Insisto en que el tema es complejo, y simplificarlo sería un error; lo mismo que ofrecer respuestas unívocas al problema. Por otra parte, hacer un análisis más profundo y extenso de la situación que nos atañe se escapa del objetivo y limitación de este artículo.

Bien, creo que lo primero de todo es tomar conciencia clara del problema. Ya sé que el ser humano tiende, por «natura y por cultura», y más si se siente débil y amenazado, a utilizar mecanismos encaminados a defenderse como sabe y como puede. Es muy comprensible y humano. Algunos de esos mecanismos son eficaces, otros no.

Minimizar, relativizar y, ya no digamos, negar o proyectar el problema no van encaminados hacia la solución del mismo. Y sin embargo es lo que hace el hombre habitualmente cuando el problema, el ataque atañe a la colectividad; eso es porque la conciencia del ser miembro de una sociedad está muy desvaída en relación a la identificación, a la pertenencia a su pequeño grupo familiar, de amigos etc.; y lo primero que se le ocurre es valorar el cómo esa situación me atañe a mí en lo inmediato. Y, acto seguido, qué puedo hacer yo para protegerme, a mí, a mi familia etc.

Surgen enseguida las reacciones y estrategias de defensa que suelen ser simples, aunque no ignoro que también las hay complejas. No es extraño, a modo de ejemplo, que responda así:

Me adapto a las circunstancias, y me digo que hay que ser «realista», que esto es lo que hay, nada puedo hacer, que el destino me sea favorable (que sea lo que Dios quiera, si es creyente) etc. O se invoca a Europa.

O bien me rebelo a mi manera, planto cara, protesto, proclamo vehementemente que no hay derecho, lanzo al aire insultos, palabras malsonantes y frases con un alto contenido escatológico, amenazo con que en las próximas elecciones se van a enterar etc. etc.

O confío, inocentemente, en que los elegidos para gobernar arreglarán los problemas que ellos han provocado. Doy por hecho que el abrazo que me dieron en la campaña electoral era de puro afecto, aunque después constate que, sin darme cuenta, en el estrechamiento, me han levantado la cartera…

Un paso más: Yo hago parte del problema. No soy únicamente víctima sino que soy también, por activa o por pasiva, copartícipe del mismo, e incluso algunos son cómplices.

A este respecto, y permítanme la licencia, me viene a la mente una anécdota de Mafalda quien, jugando, estaba aplastando, con rabia, muñequitos de plastilina, todos iguales, colocados en fila y con apariencia de insulsos personajillos dóciles y pasivos. Preguntada por su acción tan extraña, ella responde lacónicamente, con ese aire colérico que la caracteriza: ¡Por conformistas!.

Retomando el hilo, y al referirme al ser copartícipe del problema, no pretendo responder a las preguntas o afirmaciones que me han llegado de los lectores sobre la culpa. Prefiero utilizar otro término, el de la responsabilidad que creo se adecúa más a la situación.

Hay personas que están de acuerdo con el sistema actual. Tienen derecho en lo que respecta a su implicación propia pero no a la imposición de su criterio a los demás saltándose las reglas de juego establecidas para todos. Ellos saben muy bien que si respetasen las reglas de juego (respeto a la Constitución, a la separación de poderes, a la Justicia independiente, etc. etc.) no ganarían. Usan el término democracia según les conviene, por ejemplo recabando los votos de los ciudadanos en las elecciones, lo que es correcto. Lo que ya no es correcto es la utilización posterior encaminada a proclamar «su democracia» con gran componente de «partitocracia», no la democracia que les ha permitido llegar al poder. Es por eso que recurren a la mentira, al engaño, por medio de un sistema de propaganda bien orquestado, a las prebendas de todo tipo y condición, pretendiendo convencer al contribuyente que la mejor solución es la que proponen ellos. Y como la Verdad y a la Justicia les escuece, tratan de ocultarlas, maquillarlas, manipularlas hasta pervertir los propios conceptos, estableciéndose la mentira y la injusticia como su «modus vivendi et operandi».

Ya sé que, según el dicho, «para verdades, el tiempo, y para justicias, Dios», pero tampoco es cuestión de cruzarnos de brazos a la espera de que eso ocurra. Ni tampoco conformarnos con aquello de que «a todo marrano le llega su san Martín», «que no hay mal que cien años dure», o que «en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira», de D. Ramón.

Tampoco comparto la idea de que la sociedad, la manada, el rebaño reciban la orden atávica de no soliviantarse, de permanecer pasivos, sumisos y atentos a las órdenes del líder, de los líderes, aunque éstos y aquellas sean inadecuados. Y que solamente esa manada reaccione con la violencia de la estampida cuando estallan las costuras del orden, de la justicia, del bienestar y la libertad. Llegar a esa respuesta sería repetir una parte triste de nuestra historia.

Quiero pensar que un país que tanto ha hecho por la civilización, que tantos reconocimientos tiene de valores y bienes culturales, tanto materiales como inmateriales de la humanidad, es capaz de alzar la voz con firmeza pero sin violencia, restaurar la cordura y encauzar su destino.

Seamos valientes y defensores del bien común. Hablemos con quienes nos rodean. Comuniquemos y denunciemos con respeto pero con firmeza lo que es injusto o inadecuado. Acerquémonos a nuestros representantes políticos, sean del partido que sea (lástima que no existan listas abiertas en nuestro sistema democrático), para manifestarles nuestros puntos de vista y para que obren en consecuencia. Escribamos en periódicos locales, provinciales, nacionales e internacionales, si es posible. Utilicemos los medios más modernos de comunicación de las redes sociales, desde los más simples a los más sofisticados. Sirvamos de altavoz de los intelectuales, escritores, jueces, periodistas, políticos, personalidades de diferentes ámbitos etc. etc. que han demostrado y siguen demostrando que tiene que haber un cambio profundo en nuestra sociedad si deseamos una nación fuerte, justa y libre. Favorezcamos con nuestro aliento la formación de los líderes que en un futuro próximo han de emerger en el seno de nuestra sociedad, seguro. Ya sé que no serán perfectos, pero me conformo con que sean mejores que los actuales y que sean los que esa sociedad merece. Compartamos nuestras ideas con los amigos, familiares, compañeros de trabajo, de ocio etc. No nos callemos ni bajemos los brazos.

Lo importante es que cada uno se comprometa y sea consecuente con lo que pueda hacer en su medio. Sabemos que «la unión hace la fuerza», y que «el grano no hace granero, pero ayuda al compañero». No olvidemos que para hacer pan, además de la harina, agua, sal etc. es muy importante la levadura…

¿Qué podemos hacer?
Comentarios