martes 31.03.2020
TRIBUNA

¿Quién los recuerda hoy…?

Eran la familia Honigmann- Bayer. Don Federico y doña Ana. Y el milagro ocurrió hace sesenta años. Ignoro hasta qué punto el Bierzo, el Ayuntamiento de Congosto y pueblos circunvecinos fueron y son conscientes de lo que significó para ellos la venida al Bierzo en la década de los cincuenta del alemán don Federico G. Honigmann, ingeniero jefe, director general del Coto Minero Vivaldi y Anexas, el CEO (The Chief Executive Officer), que diríamos hoy. Dicen que cuando a alguien le toca la lotería suele quedar sorprendido y extrañado, pero que a la vez pensando que con toda probabilidad le volverá a tocar muy pronto otra vez. Creo que la suerte la pintan calva, y personajes como él tardarán siglos —si es que vuelven— otra vez a Congosto, al Bierzo.

La venida se produjo sin anuncios. En una posguerra pura y dura, con empresarios y directores generales, ingenieros y facultativos, por lo general trajeados y arrogantes, alejados de los humanos problemas y de la vida arrastrada de la mina y su entorno.

Diez años tenía Pepe R. Valcárcel, y recuerda a don Federico con su sonrisa siempre cercana, a flor de piel, las historias de sus bajadas a la mina para hablar con los del tajo, compartir con ellos un cigarro, porque su trayectoria entre las gentes del pueblo era así. A nadie le ofendía que él pasara en su Mercedes negro, porque su actitud era la de quien en vez de ser molestado por personas mayores, niños o animales en las calles de los pueblos de entonces, sentía que él era el que molestaba, y la actitud de sus gestos era pedir perdón por ello. Don Federico se tuteaba con todos, y a todos valoraba y respetaba, especialmente a los ancianos y a los niños.

Diez años tenía Isabelina Enríquez cuando sus ojos atónitos atisbaron hombres colgados sobre andamios en las ruinosas y quemadas paredes del Santuario de la Peña, listos para componer y arreglar lo que el fuego veinte años atrás había arrasado. Y aunque él no era católico, ocurrió el milagro, porque el pueblo de Congosto amaba el santuario y a su Virgen, y él amaba al pueblo. Por eso en aquel mayo florido de 1956, cuando el ministro de Franco, Solís Ruiz, vino al Bierzo a inaugurar las nuevas minas de Vivaldi, el NO+DO se hizo eco de la noticia y la voz sonora y engolada de Matías Prats Cañete, la regó por toda España.

Diez años tenía, cuando mi abuela me confesó que era la primera vez que había probado el turrón, gracias al aguinaldo que don Federico había dado en Navidad a sus mineros. Diez años tenía yo cuando emocionado lo vi tambalearse al querer arrodillarse ante la imagen de la Virgen de la Peña, y es que a él se le aguaban los ojos con la muerte de un minero. Otras veces, echando mano a su cartera dejaba una generosa limosna en la hornacina que Santa Bárbara tenía en el pozo que había camino de Calamocos, pidiendo que ella cuidara a sus mineros.

Diez años tenía Santiago el de Albina, ni más ni menos, y lo recuerda tal como era: alto, casi gigante, rubio, de ojos azules, de mirada bonachona, infantil, como si fuera la encarnación propia de aquellos viejos suevos de los bosques de Bavaria, que quince siglos atrás, viniendo de las mismas tierras, arrebataron a los romanos la cumbre del Monte Turcia, hoy la cumbre de la Peña, donde posiblemente sus pastores levantaron una tosca ermita a la Señora (la primera), y él nos dejó remodelados un hermoso santuario con su torre renacentista, así como su propia casa, parte después, como cafetería, del Complejo Hotelero Virgen de la Peña.

Pepe, Isabelina, Santiago y Genito, con diez mayos por cabeza, y en un pueblo de labradores, pastores y mineros, vimos a un don Federico magnificado y cercano a la vez, artífice en parte, de los posteriores años de mejoras y relativo progreso de muchos pueblos bercianos. Hoy Carla, de Rosabel y Miguel, y Manu de Manolo y Yamilca, con diez años también, ven un Congosto distinto, sin labradores, pastores ni mineros, una vida casi cómoda, un mundo nuevo, totalmente diferente del que otros vivimos ayer.

Al cumplirse en este año un aniversario más de la presencia benéfica de don Federico G. Honigmann y de su esposa doña Ana Bayer en el Bierzo, no podemos por menos de recordar que aunque su estancia fuera pasajera en nuestra tierra, al menos para muchos bercianos fue motivo de alegría, de bienestar y de un grato e inolvidable trasunto infantil, que hoy, siendo ya viejos, pero bien agradecidos, hemos querido recordar.

¿Quién los recuerda hoy…?
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