sábado 22/1/22

En la civilización actual, la disponibilidad de energía está fuertemente ligada como indicador fundamental al bienestar y calidad de vida del ser humano. Los países más ricos utilizan grandes cantidades de energía, mientras que los más pobres muestran los consumos más bajos. Sin embargo, este escenario está cambiando de forma drástica, cambio que se acentuará en los próximos años, donde precisamente serán los países emergentes quienes aumentarán intensivamente su consumo de energía, debido al incremento que tendrán, tanto en sus poblaciones como en sus economías.

Uno de los principales retos que tiene el Gobierno español es el de la reestructuración del sector energético. En estos momentos se debe de plantear un nuevo paradigma de modelo, ya que el coste de nuestra energía es el más alto de Europa, además de incluir en la factura eléctrica los costes derivados de la minería del carbón y el desmantelamiento nuclear, lo que dificulta la competitividad de nuestra producción y penaliza nuestro nivel de vida, y por otro lado manifiesta una gran dependencia exterior, que aunque haya caído un 10% desde 2008, todavía representa un 70% de nuestro mix de consumo energético, la energía primaria procedente de hidrocarburos del exterior, en cambio la eléctrica sólo es un 45% exterior.

Si pudiéramos cambiar una unidad de producto petrolífero por una de electricidad, estaríamos automáticamente reduciendo las importaciones al 45%. En estos momentos nuestro país cuenta con 102.000 MW de potencia eléctrica instalada, que aunque funcionara a pleno rendimiento de forma simultánea, son más que suficientes para cubrir la máxima demanda en un escenario de crecimiento de 45.000 MW. En el entorno macroeconómico, su importancia deriva de su contribución en la reducción de nuestra elevada tasa de dependencia energética, que en hidrocarburos es casi del 100%. Sólo en 2012, la factura energética ascendió al 4,5% de nuestro PIB. Para evitar que esa dependencia se dispare sería indispensable una mayor electrificación, es decir, evitar al máximo la factura de combustibles fósiles para aprovechar los recursos eléctricos propios que se disponen, esto se conseguiría en gran medida con una mayor penetración del coche eléctrico y fomentando el uso del ferrocarril para transporte de mercancías, que en nuestro país actualmente se realiza por carretera en un 94%, que nos aleja del modelo europeo, significando que el sector del transporte representa el 41% del consumo energético, por encima del sector servicios y doméstico y del sector industrial.

El futuro estaría en una combinación de ahorro energético, a través de un uso más eficaz de la energía, fuentes alternativas, especialmente las energías renovables, y una mayor cooperación internacional. La seguridad a largo plazo del suministro exigirá velar por que el abastecimiento de la UE no dependa en exceso de unos pocos países, o compensando la dependencia con una cooperación estrecha.

Europa reclama soluciones. Para lograr esos objetivos que se nos marcan, hay que apostar fuerte por la eficiencia energética. La UE consciente de este hecho, aprobó la directiva 2012/27/UE, de eficiencia energética, con el fin de asegurar la consecución del objetivo de ahorro del 20% para 2020, y en concreto para España, el objetivo de ahorro que se deriva en términos de energía final, será del orden de 15.000 Kteps, unos 550 Kteps/año. Por su parte, la Agencia Internacional de la Energía, ha calculado que las posibilidades de eficiencia podrán contribuir en un 44% al objetivo de reducción de gases de efecto invernadero para el horizonte 2035. El nuevo Plan de Energías Renovables (PER) 2011-2020, de cara al cumplimiento de los objetivos de la UE determina una consecución de la cuota del 20% de energía procedente de fuentes renovables en el consumo final bruto de energía y una cuota del 10% de energía procedente de fuentes renovables en el consumo de energía del sector del transporte para 2020.

El ahorro derivado de la eficiencia energética se asienta sobre tres criterios: la sostenibilidad, debido a su impacto positivo sobre las emisiones de gases nocivos, el segundo criterio, relativo a la seguridad de suministro, reduciendo la dependencia de los combustibles fósiles, y por último, el criterio de competitividad en la medida que se reducen las presiones de la demanda sobre los precios energéticos, a la vez que se promueven soluciones tecnológicas innovadoras, que se traducirán en disminución de los costes de la energía, dotando de impulso al crecimiento económico.

Un importante ahorro del consumo energético se podría obtener mediante cambios en los hábitos de los consumidores y el uso de tecnologías más eficientes de energía, pero nada de esto será suficiente. La UE debe acabar convirtiéndose en una economía que recurra a fuentes energéticas renovables para generar electricidad, calentar y refrigerar edificios, y suministrar combustible al transporte. Esto presupone un importante cambio hacia la energía eólica, biomasa, hidráulica, solar, y combustibles biológicos. El siguiente paso sería convertirse en una economía del hidrógeno. De todas las energías que contamos, la más eficiente sigue siendo la nuclear, sin embargo son pocos los que la incluyen como fuente decisiva en el mix energético del futuro. Para complementar a las renovables, se apunta hacia el gas y hacia las plantas de ciclo combinado, también la hidráulica, concretamente las plantas de bombeo, tecnología que también es limpia y más fiable que las renovables, porque es continua, lo que proporciona estabilidad, autonomía y seguridad al sistema de suministro.

Reestructuración del sector energético español y europeo
Comentarios