martes. 06.12.2022

La vejez es la etapa de la vida en la que disponemos de más tiempo para hacer cosas, pero tenemos menos capacidades para poder hacerlas. En el ámbito social, podríamos decir que está pandemia por una lado nos ha hecho a todos más viejos y por otro ha provocado el fallecimiento de muchos ancianos. Más viejos en cuanto nos ha restado muchas capacidades para hacer cosas.

La sanidad se ha convertido en la prioridad fundamental. Las condiciones de salud de la ciudadanía es el gran foco de atención de los informativos y también de nuestras conversaciones con familiares y amigos.

Nos hemos dado cuenta que tenemos muchas más limitaciones como sociedad de las que nos habíamos imaginado. Ello también no deja de ser un signo de envejecimiento social.

La vejez es también una contradicción. Por un lado el deseo de esquivar la muerte nos hace desear llegar a viejos. Sin embargo por otro lado se rechaza el «ser viejo» y se ensalza el «ser joven». Podríamos decir que esto se da aún más en nuestra sociedad actual que tiene entre sus características el promover los mitos de «lo joven» o «estar a la última».

La vejez es también un tiempo en el que se demanda fundamentalmente estabilidad. La mirada se vuelve más hacia el pasado que hacia el futuro. Los recuerdos cobran entonces mayor fuerza tal vez por cuanto el porcentaje de vida pasado es bastante mayor que el de vida futura.

Esta vejez vive en un medio social que demanda un cambio permanente. El ritmo de esos cambios a mí se me antoja agotador. No es algo que eliges, sino que se te impone. Cuando crees saber el funcionamiento de algo, el propio sistema lo cambia y hace iniciar un nuevo proceso para adaptarte a ese cambio.

Además, todo ello viene acompañado del «allá usted se apañe». Si esto sucede a nivel general, el problema se hace más acuciante entre las personas de mayor edad. Así conozco personas ancianas a las que ha supuesto un verdadero problema el cambio en sus televisores ante la entrada de la TDT. Podríamos decir que con ello se iniciaba su alejamiento de los programas de televisión que también eran una entrada del mundo en el salón de su hogar.

Los requerimientos sociales cada vez tienen menos en cuenta las características de las personas mayores. En el ámbito financiero se deja ver en el cierre de sucursales (especialmente en el ámbito rural) o de los horarios de ventanilla. También en el hecho de que la operativa para hacer uso de los canales bancarios por internet se vincula a teléfonos móviles y a múltiples contraseñas.

Sin embargo sigue habiendo personas que ya sea por incapacidad o por voluntad no tienen móviles y esas personas son fundamentalmente viejos y viejas. Entiendo que hay que reivindicar que el tener más años no debe ir en detrimento en perder sus derechos y libertades como ciudadano.

Estos cambios sociales van asociados fundamentalmente a la pérdida de contacto personal ya sea en una gasolinera, en la atención telefónica, en la compra o en el banco. Todo ello lleva a avanzar en la igualdad en la despersonalización. Se busca conseguir atender a un número igual o superior de clientes con menos personas.

Este avance hacia la nada nos lleva a elevar nuestras cotas de individualismo y también de egoísmo. Además de la propia evolución personal que lleva a incrementar las carencias, hay una sociedad que cada vez deja más aislados a los viejos. Sus limitaciones físicas les llevan a poder hacer menos cosas, pero también hay una dificultad para adaptarse a unos cambios sociales que no les tienen en cuenta.

En mi profesión como sociólogo he visto como hay estudios de opinión que evitan preguntar a las personas de más de 64 años. Incluso, en algún caso, he visto sondeos electorales que no contemplan a las personas de más de esa edad. Es todo un síntoma de hasta qué punto está sociedad no les tiene en cuenta. Sin embargo paradójicamente el porcentaje de personas mayores de 64 años es cada vez más importante. Desde luego se puede decir que esos estudios no recogen la opinión de la ciudadanía, aunque traten de presentarse como que representan a «todos». Es claro que en ese «todos» faltan muchos, pero tampoco al resto parece importarles demasiado.

Hubo un tiempo en el que se vinculaba el saber y el conocimiento con la edad de la persona. La propia denominación de «el senado» recoge en alguna medida esa idea. Hoy en estos tiempos de la fugacidad de las cosas tal vez sea necesario volver la vista a nuestro pasado por cuanto en ello también podemos encontrar respuestas a nuestro futuro.

Yo desde luego soy de los que creo que hay que mirar «el retrovisor» para poder adelantar.

Reivindicación de la vejez
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