domingo 29/11/20

El revuelo de la primavera

La palabra cultura viene siendo uno de los términos más reclamados desde que cambiamos abruptamente nuestros hábitos y relaciones cotidianas en aquella primavera de 2020, no nos damos la mano, ni besos, ni abrazos, ni viajes. Sin cita previa ya no hay lugar en el mundo. Claro que sin bares, casi tampoco; se han cerrado muchos mundos.

Una demanda que se viene extendiendo desde la aparición de este coronavirus pero que no encuentra una resolución efectiva entre los poderes públicos, pese a meritorios intentos. Basta echar una ojeada estos días a los medios locales escritos y digitales para albergar alguna esperanza. Entre luces y sombras, voces que también claman ante la ausencia del sector cultural en la mesa por León. Una mesa que sin duda cojea en esa búsqueda de futuro si no se cuenta con él. Ni siquiera esta vez le reservaron la esquina del fondo.

Asistimos al florecimiento de nuevas publicaciones de autores leoneses, importantes premios, un Leteo felizmente revivido, artistas visuales que trabajan aquí, en la Bienal de Berlín, equipamientos revertidos para exposiciones en la provincia, arte en varios lugares de la ciudad, pese a los nubarrones de nuevo sobre la dirección del Musac. Instituciones proactivas en favor de la cultura con dotaciones económicas y apoyo a proyectos, y artistas junto a ellas encabezando acciones positivas. Con todo ello, no es fácil dar en el centro de la diana ante el panorama nos rodea. Quizá haga falta una visión innovadora que reformule soluciones apropiadas y paso decidido. Más confianza, apoyo y apuesta por este sector relacionado con el talento y la creación que puede llegar a ser industria. A ello deben dar respuesta nuestros políticos, en quienes se han depositado muchas esperanzas para recuperar el tiempo perdido de años atrás. Sabemos que León es capaz de posicionarse con voz propia y argumentos en el ámbito cultural de este país.

A nadie se le escapa que durante el confinamiento, en nuestras casas, precisamente libros, música, danza, teatro, películas y series fueron la mayor tabla de salvación. La cultura como terapia, que se convierte en bien de primera necesidad -junto a la sanidad y alimentación-. Como Lorca, haciendo gala de la expresión bíblica, quizá hemos aprendido que no solo de pan vive el hombre. También prefiero solo medio pan y un libro. Situar a la cultura en el lugar que se merece requiere un trato equiparable a otras necesidades básicas.

Y ha vuelto a pasar. Tras la pérdida de la normalidad, ¿qué hemos aprendido? Las buenas intenciones, requerimientos de prudencia y respeto a formas de comportamiento no tan habituales, la escasa capacidad de atención, reflexión, de memoria ¿dónde han ido a parar? Los nuevos héroes, los verdaderamente necesarios, quienes nos curan y nos cuidan, cansados ya, han bajado algo la guardia y miran cómo se desvanecen esfuerzos compartidos tiempo atrás para salir del portal oscuro que conduce sin miramientos a algo más serio que un argumento de película de ciencia ficción.

Lo que da origen al arte, al conocimiento, a tener mayor tolerancia y oportunidades, lo que nos conmueve, se hace más que nunca necesario para nuestros menores, héroes y heroínas inasequibles al desaliento, imbatibles, y para nuestros adolescentes, que tienes que poder seguir viviendo en seguridad y paz. De eso se trata. De confiarles ese otro alimento que proporciona cualquier forma de creación reposada, «para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo» como acertadamente señalaba Julio Llamazares, también en la primavera, al paso de la epidemia. Para que no se rindan ni pierdan la ilusión.

Esa palabra, no olvidar: cultura, en medio del distanciamiento social y menor contacto personal, esa palabra, no más alta, sino más plena y certera.

El revuelo de la primavera
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