sábado. 13.08.2022

La salud y la educación caminan siempre juntas y han de ser los objetivos principales de cualquier sociedad en el progreso y el bienestar de sus ciudadanos. Ayudan a desarrollar las potencialidades que laten en el interior de todo ser humano, y le llevan a un mejor conocimiento de sí mismo. No podemos hablar de una sociedad avanzada y adulta, si sus miembros no gozan de buena salud y no poseen una educación que les haga independientes y responsables. Hoy todo el mundo sabe que los servicios básicos de cualquier sociedad son la salud y la educación. Dos aspectos que no parece que estén entre las preocupaciones fundamentales de los gobernantes.

Según un informe de Amnistía Internacional, un tercio de los países del mundo invierten más recursos en las fuerzas armadas que en los servicios de salud. Por otra parte, algunos gobernantes, de talento más bien totalitario y dogmático, incluso en sociedades democráticas, tienen miedo a esos ciudadanos sanos, cultos y responsables, probablemente debido a que son más difíciles de controlar y de dirigir. Y no debemos olvidar que el miedo es un componente significativo tanto de la falta de equilibrio psicológico como de la ignorancia. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los países más avanzados son aquellos que tienen, entre sus prioridades fundamentales, la salud y la educación, y para ello han firmado pactos de gobierno entre los principales partidos políticos, considerando que ambas —salud y educación— constituyen la base social sobre la que se asienta una sociedad sana, próspera y equilibrada. El hecho de que cada partido en el gobierno imponga su particular visión en la salud y la educación, es un índice de que esa sociedad es más totalitaria que democrática.

Así pues, los fallos que se observan tanto en la salud como en la educación, son semejantes al ser estructurales y conceptuales. El físico austríaco Fritjof Capra, en su libro «El punto crucial», hace una detallada exposición de la situación de la salud en el mundo occidental, y dice que hoy estamos asistiendo a una profunda crisis de la asistencia médica en Europa y Norteamérica, a pesar de los grandes adelantos de la medicina, pues «no parece —afirma— que la salud de la población haya mejorado de manera significativa». En efecto, la salud pública ha mejorado más en cantidad que en calidad. «La esperanza de vida —dice Capra— es una estadística útil, pero no basta para medir la salud de una sociedad. Para tener una imagen más exacta hemos de prestar más atención a la calidad que a la cantidad». Por eso, lo importante no es llenar la vida de años, sino los años de vida.

En 1946, la Organización Mundial de la Salud (OMS) conceptualizó la salud como «un completo estado de bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad o incapacidad». Esta definición de la salud recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, referente a la educación, que dice: «La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana». No faltan textos legales que avalan la necesidad de procurar una salud y una educación integrales, como un derecho fundamental de todo ser humano; así, se reconoce que son la base esencial para que los pueblos puedan salir de la pobreza y la ignorancia. En cambio, faltan los medios y la concienciación suficientes para cumplir con esos derechos.

Se debería investigar más sobre las relaciones entre la salud y la educación, sobre el cambio de actitud que debe realizarse en todos los sectores sociales con respecto a estas dos bases fundamentales de la sociedad. Ambas han sido víctimas —quizás más la educación que la salud— del sistema patriarcal dominante, de la visión mecanicista y fragmentaria del mundo, de su totalitarismo y su dogmatismo, y de la falta de consideración del alma individual del paciente y del educando. En una encuesta llevada a cabo por Marilyn Ferguson sobe su libro «La Conspiración de Acuario», las personas relacionadas con la educación estaban todas de acuerdo en que la educación es una de las instituciones menos dinámicas, muy por detrás de la medicina, la psicología, la política, etc.

El verdadero educador sabe que la Nueva Educación pone todo su empeño —lo mismo que el terapeuta y el sanador— en la importancia de cada ser humano individual. Solo se puede educar y sanar adentrándose en el interior del ser humano, en su propia alma. Por eso, dice el gran psiquiatra y psicólogo Jung: «Yo trato a cada paciente lo más individualmente posible, pues la solución del problema es siempre personal». Esto se aplica lo mismo al médico que al psicólogo y al educador. Sin embargo, tanto la salud como la educación convencionales rara vez toman en consideración los problemas personales de los individuos, desoyendo el dicho hipocrático «no hay enfermedades, sino enfermos».

La relación entre la salud y la educación está presente en las consideraciones de transformación social de diversos autores, porque son los dos pilares fundamentales de cualquier sociedad, y en ese sentido es una responsabilidad de todos. La salud forma parte de una de las necesidades básicas del ser humano, que se dice que son tres: el alimento, el vestido y la salud. Inmediatamente después, viene la educación. De ahí, la importancia social de la salud y la educación, como necesidades vitales para la realización de todo ser humano. Pero ambas sufren una profunda crisis social. En cuanto a la asistencia sanitaria, esa crisis se debe, en gran parte, al haber adoptado el modelo biomédico, el cual trata de evitar todo aquello que no cuadra con sus estrechos límites del cuerpo y la materia, como son la muerte y los problemas psicológicos y existenciales del ser humano. Todo lo reduce a lo orgánico, a lo que palpan nuestras manos y ven nuestros ojos. Una visión tan limitada y mediocre del ser humano solo puede llevar a la humanidad a la profunda crisis que sufre hoy, ya que los problemas y las enfermedades del hombre actual no se pueden analizar ni comprender a la luz de ese modelo médico.

Por eso, la crisis de la salud —como la de la educación— no son de fácil solución, ya que las verdaderas causas de ambas se enlazan con la crisis profunda de la civilización humana actual, de forma que su solución requiere un cambio de visión del mundo, un cambio de paradigma ya presente en el mundo actual, pero que se resiste a avanzar, debido a la enorme presión ejercida aún por las anteriores estructuras dominantes que siguen en el poder. Si bien es cierto que tanto la salud como la educación sufren una profunda crisis, en el campo de la salud se ha investigado más que en el de la educación. Hoy contamos ya con una nueva medicina, una medicina alternativa, que si no es suficientemente conocida es porque la medicina oficial trata de impedirlo; en cambio, no contamos aún con una nueva educación, si no es en esferas muy reducidas.

La salud y la educación, pilares de la sociedad
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