miércoles. 05.10.2022

Bertrand Russell, Stephen Hawking, y Ayn Rand, negaron la existencia de Dios y, paradójicamente, se consideraron y mostraron y creyeron esencia y fundamento de la razón, de la verdad, como si ellos mismos fueran dioses. El común denominador de estos tres «genios de secano» es su total falta de respeto por los sentimientos de las personas que no pensaban como ellos, en especial los creyentes.

Bertrand, en 1915, estaba a favor de las guerras coloniales contra los nativos, consideraba bueno que una civilización más avanzada, la occidental, impusiera su ley y su forma de vida. Al mismo tiempo, era contrario a las guerras entre países avanzados y modernos. Parece que, en 1951, modificó su forma de pensar, dejó de ser «racista», pero, sí siguió despreciando y descalificando a «todo dios» que no dijera «Amén» a sus homilías paganas. Con toda su cara dura se despachó diciendo que la gente que cree en Dios es porque es muy ignorante y, además, tiene miedo.

Stephen Hawking, tan admirado por el personaje de ficción Sheldon Cooper, estaba cortado por el mismo patrón y padecía los mismos problemas: una gran soberbia.

Genios con talento enorme, grandes benefactores de la humanidad, han sido los inventores de la fregona, de la cremallera, de la olla exprés, cosas útiles, maravillosas, que nos proporcionan tiempo, descanso, salud; pero, este famoso astrofísico señor Hawking, ¿qué inventó, qué demostró, qué felicidad nos trajo?

Creo que el científico inglés no pasó de ser un gran especulador, un charlatán, un teórico bla, bla, bla, que en vez de aclararnos la existencia nos la complicó todavía más. Este «Dios Todopoderoso», se marchó al otro mundo sin ser capaz de entender lo más elemental: el sentimiento y la necesidad de creer en Dios. ¿De dónde viene esta necesidad, señor «genio»? Tampoco nos aclaró si el universo, el espacio, el cosmos es infinito o finito, si es ilimitado o tiene límites, y si hubiera límites con qué limitaría, y que forma tendría..., tal vez cuadrada, triangular, circular, esférica, alargada como un pepino...

Mienten y engañan aquellas personas que se atreven a afirmar taxativamente que la inmensa mayoría de los científicos son agnósticos y ateos

Puedo preguntar, y pregunto: ¿Cómo andan ustedes de amor, de ilusión, de nostalgia, de entusiasmo, de tristeza, de pena, de alegría….? ¿Conocen algún sistema, aparato científico, o medidor fiable, que pueda decirme si tengo diecisiete unidades de melancolía, o cuarenta grados de ansiedad, o nueve y medio de tristeza…? ¿Cuál es la unidad de medida del estupor, de la desconfianza, del abatimiento…?

Ayn Rand, también negaba la existencia de Dios, decía que no se podía demostrar su existencia, que ella, la muy lista e insolidaria «ultraconservadora», sólo creía en la razón y no en la fe, que la pregunta que debería hacerse es: «Demuéstreme usted que Dios existe», y no al revés: «Demuéstreme que Dios no existe».

Ninguno de estos tres «genios de secano» fue capaz de comprender lo más sencillo: «La sabiduría es humildad que nos acerca a Dios». Está muy claro, al menos para mí, que tenía mucha razón el francés Louis Pasteur, cuando dijo: «Un poco de ciencia nos aparta de Dios. Mucha, nos aproxima a Él».

Mi tío Cesar Luis, neurocirujano en EE.UU, era agnóstico, pero, con su larga experiencia, viendo tantas cosas, fue cambiando. Hoy, sigue siendo una eminencia, pero ya cree en Dios, y le reza.

Es muy revelador, y digno de considerar, lo que ha manifestado públicamente el doctor sueco Arvid Carlsson, Premio Nobel de medicina, no creyente, para su desgracia, que dice: «No creer en Dios es una forma de discapacidad», «Creer en Dios está en nuestros genes», «De las tres religiones monoteistas el cristianismo es la mejor»

Considérese también a la doctora Elisabeth Kübler-Ross, que dijo: «Ningún ser humano puede morir solo, porque la gente que ha muerto antes que vosotros y a la que amasteis os espera siempre. La muerte no es más que un pasaje hacia otra forma de vida, que es la claridad absoluta, la felicidad eterna, algo tan maravilloso que no hay palabras para describirlo».

Así pues, no es cierto, no es verdad, mienten y engañan aquellas personas que se atreven a afirmar taxativamente, contundentemente, que la inmensa mayoría de los sabios-científicos son agnósticos y ateos. Yo creo que es exactamente al revés, y que son muy pocos los científicos serios que cierran la puerta total y definitivamente a Dios.

Pienso que creer en Dios no es siquiera un dogma de fe, sí es, sencillamente, sentido común, razón, sentimiento, amor verdaderamente solidario, no fanatismo irracional.

Yo, que soy poeta, siempre pensé que la experiencia es la madre de todas las ciencias, y, como experto en contabilidad analítica, jamás me dejé engañar. Creo en Dios.

Los partidarios del evolucionismo, gentes muy influyentes y con grandes poderes, llevan ya siglo y medio haciendo enorme propaganda a su favor y contra el creacionismo. Después de tanto dar la lata, han conseguido todo lo contrario a sus pretensiones e intereses. Hoy ya sabemos (y con el tiempo se sabrá todavía más, y mejor) que la Teoría de la Evolución Es Mentira, absolutamente falsa y, por el contrario, el Creacionismo recobra nueva fuerza y se queda como la única explicación posible de todo lo que existe. En las páginas 180,181.182,183, 184 de mi novela La Diosa del Cúa, publicada en el 2011, se razona, se explica y se defiende a un Dios Creador.

Admiro a los que aman a Dios con todas sus fuerzas, yo sólo lo amo con mis debilidades.

Los científicos no creyentes deberían pensar un poco e intentar hacerlo bien.

¡Dios nos ayude!

El que esté libre de culpas...

Con toda Burbialidad.

Se creían dioses
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