viernes. 02.12.2022

No hay duda de que la sensatez política, correctamente entendida, es una demostración de la madurez política de un país y de su sistema democrático. ¿Por qué se distingue una sociedad en la que predominan la sensatez y la madurez en política? Por la capacidad de comprensión y de tolerancia acerca de las diferentes ideas de unos y otros, por la habilidad para llegar a pactos, pensando en el mayor bien de la sociedad, y no en la simple oposición partidista y egocéntrica. Por eso, en el centro de la acción de los partidos políticos debe estar la colaboración hacia un fin común, no la competición y la simple oposición para ocupar el poder.

Este nivel de sensatez política, en un país, podría medirse por esa disposición a sentarse frente a frente, con cualquier oponente político, y hablar, en un ambiente de respeto y tolerancia, de cualquier tema, pensando, por encima de todo, en el mayor bien de todo el conjunto de la sociedad. Si esto es así, necesariamente debe haber puntos de encuentro entre todos los partidos, pero si no es así, y el primer y único objetivo es oponerse sin más a las ideas del otro y tratar de conseguir el poder por cualquier medio que sea, esa es la prueba evidente de la falta de sensatez política, del nivel egocéntrico y de los personalismos que imposibilitan cualquier acuerdo que redunde en el bien común.

En este sentido, nuestro país deja mucho que desear, y es evidente que no alcanza un «aprobado» en política, con las graves consecuencias que ello entraña. Por ejemplo, cuando los partidos solo buscan las mayorías absolutas, pues se sabe que no suelen ser buenas políticamente, ya que tienen el peligro de «usar el rodillo» en sus decisiones, en vez de la colaboración y el intercambio de opiniones e ideas. Pero en nuestro país, no hay costumbre de dialogar, en el respeto, la tolerancia y la colaboración, para alcanzar pactos entre los partidos, sean de la ideología que sean, pensando en un bien mayor que el propio, como es el del conjunto de los ciudadanos, dejando aparte los prejuicios y las costumbres del pasado.

¿Y a qué se puede deber esa incapacidad de los partidos para dialogar, colaborar y llegar a pactos, aun partiendo de ideas diferentes? La causa no puede ser otra que los fallos en la educación elemental

Pero, ¡ojo!, no vamos a caer en la trampa de pensar que, en la política democrática, todas las ideas son igualmente defendibles. Aquellas que no respetan todos y cada uno de los derechos elementales de todas las personas, sin excepción, derechos reconocidos en los documentos internacionales de Derechos Humanos, no pueden tener cabida en los regímenes democráticos. Esto no hemos de olvidarlo todos y cada uno de los ciudadanos, porque esas ideas perturban la paz y el bienestar colectivos, y llevan siempre a incomprensiones y enfrentamientos.

¿Y a qué se puede deber esa incapacidad de los partidos para dialogar, colaborar y llegar a pactos, aun partiendo de ideas diferentes? La causa no puede ser otra que los fallos en la educación elemental, en la que los niños y los adolescentes han de aprender a convivir en el respeto y la tolerancia de las ideas diferentes, a colaborar en lugar de competir, a alcanzar pactos que generen el mayor bien de todos. A este respecto, no deberíamos olvidar que la mayoría de los problemas y las dificultades, en que se debaten los adultos, provienen de estos fallos en la educación. Recordemos lo que defiende Pestalozzi, uno de los más grandes educadores de la historia: «El hombre no llega a ser hombre sino por medio de la educación».

Y nos preguntamos: En una sociedad donde predomina esta sensatez, ¿quiénes deberían acceder a los puestos de responsabilidad política? La respuesta parece evidente: los mejor preparados y dispuestos a entregarse para conseguir el mayor bien de todos, es decir, aquellos en los que este objetivo del bien común está por encima de los intereses personales, de los halagos y privilegios del poder. Esto no está al alcance de cualquier político, y menos de aquellos que solo buscan la manera de medrar, porque, a nivel personal, se sienten frustrados, sin realizarse.

Estos son un peligro social, pues se compran y se venden con facilidad, y terminan en la corrupción y en los abusos de poder, a falta de los grandes ideales de honestidad, solidaridad, altruismo, colaboración, etcétera.

En este sentido, faltan, hoy en el mundo, y por supuesto, en nuestro país, políticos de la talla de Mandela, Gandhi, José Múgica, Julius Nyerere, Mijaíl Gorbachov, etc., que tuvieron una visión avanzada de la necesidad de pensar más en el bien común, en el bien social, que en el bien personal. Pero surgen, a este respecto, algunas preguntas interesantes: ¿Por qué los hombres y las mujeres más preparados intelectual y moralmente suelen alejarse de la política? ¿No deberían ellos ocupar los puestos de decisión y de responsabilidad? La respuesta no parece ser otra que el hecho de que el mundo de la política no ha superado los peligros del poder: el ansia y la ambición, el egocentrismo y el personalismo, y la realidad de que «el poder corrompe». Finalmente, no lo olvidemos: esto solo se aprende en la educación elemental.

La sensatez y la madurez en política
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