jueves 22/4/21

¡Supervivientes del mundo, celebradlo!

La vida actual nos invita y nos conmina a pensar, con más frecuencia que en el pasado, en el triple ciclo vital en el que se circunscribe —con suerte— la vida del hombre: el pasado que, dorado por los recuerdos, nos traiciona y nos hace pensar que cualquier tiempo pretérito fue mejor.

Un presente que se mueve a salto de mata, de edicto pretoriano, forzoso confinamiento, constantes prohibiciones.

Un futuro que, para muchos jóvenes de hoy, solo existe como la luz al final del túnel, luz parpadeante que solo una minoría logra percibir, recibir y aprovechar.

Dicho esto, cada una de las etapas tiene sus tiempos contantes y sonantes en horas, días, semanas, meses, años: simplemente un tiempo a contar; mientras que para otros, este tiempo tiene un sentido más profundo: es el tiempo de los «momentos propicios, oportunos, favorables», que nos da el destino, y que cada quien puede aprovechar para hacer de su vida algo útil, consistente, enriquecedor en valores, hábitos positivos y ¿cómo no?, en futuro; mientras que para otros, este inexorable tiempo cronológico se convierte en un tiempo agravado por los factores del cansancio, los enfados y peleas, los cabreos y las crispadas relaciones en el hogar, la falta de perspectivas, la insatisfacción, la desesperanza, perdiendo esos momentos oportunos, propicios y favorables, obviando la cortedad de la vida.

A los lapsos indefinidos de tiempo y cariz cualitativo, en los que algo importante, propicio y favorable nos sucede, llamaban los griegos el tiempo «cairótico», diferente del tiempo cronológico, de naturaleza cuantitativa.

Recuerda un bonito fin de semana primaveral haciendo aquello que tanto te gustaba. Compáralo ahora con este fin de semana, primaveral también, solitario y enclaustrado en tu confinamiento. Los dos suman 60 horas, pero, ¡qué diferentes! Para Eurípides, el tiempo propicio es «el mejor guía en cualquier actividad humana», y juega un papel decisivo en las situaciones imprevisibles e inusuales como las de hoy, asociado siempre a la eficiencia del hombre que sabe administrarlo y aprovecharlo. Para la teología cristiana, éste es el tiempo de Dios. A mi parecer, tenemos que convertir el tiempo cronológico de la vida, en tiempo propicio, oportuno, favorable.

Los supervivientes de esta gran guerra contra el temible covid-19, somos los que vivimos. Todos los que de una u otra manera escapamos atemorizados, huyendo y protegiéndonos de él.

Todos aquellos que —en casa, hospitales, residencias—, trabaron singular batalla y lo vencieron. Muchos de nosotros, bien digo, hemos tenido nuestros momentos de preocupación, llanto y temor; todos hemos sufrido un fuerte desgaste personal físico, síquico, moral: aburrimiento, cansancio, desvelos e insomnios. Todos nos hemos vuelto más impacientes, irritables, más tiquismiquis.

Este primer aniversario, que ya tiene referencias muy precisas —un año después del coronavirus—, no va a ser, en temas sociales y laborales, festivos, culturales y deportivos, un año de buenos recuerdos para la humanidad, pero sí ha sido un año de nuevos aprendizajes para todos.

Ahora mismo, seguimos pagando tributo al enemigo número uno de la humanidad. Han sido años grises, para unos; han sido para otros años negros, traicioneros viendo partir en solitario a uno de los tuyos. De estos días vienen las secuencias de una vida extraña, insegura, pobretona en éxitos, proyectos y esperanzas.

Quien más quien menos, ha dudado, temido, implorado por la vida de los suyos y la propia. Salir al gimnasio, al parque, al mercado, al templo, se convirtió en un lujo peligroso.

Dicen los que saben que, muchos de nosotros pasamos, y tal vez sigamos pasando, por un fuerte estrés: «un sentimiento de tensión física o emocional», fruto de esta situación insegura que nos pone nerviosos, frustrados, furiosos.

Este presente continuo, es fuente de tensiones, ansiedades, preocupaciones y desencanto. Del estrés inicial, pasamos a la ansiedad, y si la ansiedad se convierte en depresión, llega a encogernos el alma, a incapacitarnos para vivir y nos lleva a la desesperación.

Y es que vivir puede ser cómodo, fraternal y divertido, pero también puede ser estresante, agotador y solitario.

El futuro de «quien espera desespera», nos sumerge en la ansiedad de lo que todavía no es, ni sabemos a ciencia cierta cuándo lo será. Necesitamos buscar un propósito positivo y firme en la vida, que sea fuente de bienestar y contento para el presente y razón de vivir para el futuro.

Leí el otro día en, A flor de piel, 149, de J. Moro:

—Tengo entendido que la vacunación está dando grandes resultados —dijo— (Carlos IV).

—Sí, aunque aquí las plagas se siguen combatiendo con la oración, la mortificación y la penitencia — apuntó Requena en tono sarcástico—.

—No es fácil convencer a la gente de que inoculando el mal se puede curar ese mismo mal —apuntó el ministro Godoy—.

¿Será posible que dos siglos después, muchos todavía, se permitan en público cuestionar la ciencia y dudar de los beneficios de la vacuna?

Mirando la insignificante cicatriz que quedó en mi brazo, cómo no recordar los años cincuenta, cuando con un estilete quemante, nos hacían en el brazo una leve incisión para introducir un misterioso contenido, esperando que «prendiera», listos a enfrentarnos a la viruela que tantos estragos causó en el mundo.

A ti, que tanto has sufrido en la casa, la residencia, el hospital, viendo sufrir a los tuyos. A ti, estresado, angustiado, deprimido, tras el duro trabajo, el insufrible encierro, silenciando el último adiós al ser querido, levanta la cabeza y estoicamente sonríe y celebra si eres uno de los elegidos para seguir viviendo, si los tuyos también se sienten agregados a los millones que lo contamos y lo celebramos, tras escaramuzas, emboscadas, pequeñas y anónimas batallas que nos dieron la victoria sobre el virus.

Celebra, y que el grito sea unánime y al unísono, en los países ricos y los más pobres; que por senderos y avenidas corra como reguero de gracia la milagrosa vacuna, como corrió, cien, doscientos años atrás para celebrar la victoria sobre la viruela en todos los países de América. Cientos de niños generosos la llevaron en sus propios cuerpos, guiados por los doctores Balmis, Salvany, la humilde, prudente y sabia gallega Isabel Zendal. Miles de anónimos ayudantes que se prestaron para ponerla —como hoy lo hacen otros—, aun a riesgo de sus propias vidas.

Si vives, tras el primer aniversario del encierro, ¡celebra por todo lo alto la fiesta de la vida!, nunca el riesgo del contagio, porque covid-19 no perdona jamás.

¡Supervivientes del mundo, celebradlo!
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