sábado. 28.01.2023

Hay que andarse con cuidado y no apartar el embozo demasiado bruscamente porque nos podemos quedar con el culo al aire. La manta que nos cobija —sin entrar en referencias de cómo fueran sus madres y sus hijas— lo que está resultando es corta. No solo por arriba y por abajo, sino corta por las dos puntas. Si nos tapa la cabecita loca nos deja fríos los pies y en ese tira y afloja nos andamos. Se ha hecho demasiado hincapié en la fatiga física indisimulable del Rey, pero no se ha alabado su esfuerzo por disimularla. Indudablemente está cansado. Es diez años menor que yo, o por decirlo de otra manera, éramos los dos bastante jóvenes cuando, entre otros, le acompañé a su viaje a las Hurdes. Era él entonces príncipe y yo seguía siendo un aprendiz de poeta y de eso que se llama, abusivamente, periodista. La gente lo confunde con escribir en los periódicos de vez en cuando. Sobre todo cuando exige que salga su foto para que podamos olvidar más fácilmente sus inolvidables rasgos.

Don Juan Carlos ha sido nuestro cobertor, pero lo nuestro es la crueldad. ¿Por qué subrayar tanto lo evidente y sobre todo, por qué hacerlo de modo interesado? La piedad ha muerto, o bien está convaleciente de una operación de cadera, pero ¿se nos ha olvidado ya lo del llamado ‘tejerazo’, cuando nos vimos todos en aquella manifestación? El sueño de la sinrazón también engendra monstruos y lo único que reclamaría en esta hora de España, si pudiera reclamar algo, sería sosiego. No ignoro que nadie puede dar lo que no tiene y la quietud del ánimo y la tranquilidad jamás han figurado entre nuestras indudables virtudes.

«No estamos atravesando un momento agradable», como bien ha dicho el señor Roca, abogado defensor de la infanta y dúctil político, pero el cobijo sigue siendo necesario. «Cada vez que considero que me tengo que morir, tiendo la capa en el suelo y no me harto de dormir», dice la copla, pero hay que seguir despiertos. Van a pasar cosas.

Tirar de la manta
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