jueves 19/5/22

Al final del artículo daré cuenta del porqué del título del mismo. Estamos asistiendo y padeciendo de forma continuada, y hasta programada, a una serie de «atropellos democráticos» propiciados por un gobierno sin escrúpulos y apalancado en un supuesto «legítimo derecho» para hacer de su capa un sayo y teniendo a la mayoría del rebaño entontecida que le deja hacer. Una vez conseguido el poder, el control de sus tejemanejes se ha difuminado de tal suerte que resulta muy difícil llevarlo a cabo, tal es la connivencia con sus aliados (ya que a éstos les va en ello el pesebre), la empanada de la oposición, salvo excepciones, y la impotencia de la población en general. De los sindicatos ni les cuento. Nos hemos acostumbrado, más o menos, a aguantar lo indecible, a aceptar el maltrato democrático según el cual se mide la resiliencia de la ciudadanía, que va cediendo espacio, reduciendo su libertad y la bolsa de sus ahorros.

El discurso del gallito de corral con ínfulas de pavo real viene a ser algo así: españoles y españolas, señorías y señoríos, «pringadillos y pringadillas» en general. No me rechistéis ni tratéis de filosofar conmigo, que eso no dejan de ser más que formas obsoletas de un diálogo sin futuro. Que, los precios disparados del gas, de la luz, de la cesta de la compra, del IPC, de la deuda sin límites, etc. no tienen nada que ver con la acción o inacción del Gobierno, que se desvive (que no es lo mismo que morirse, que eso parece, pero que no lo es) por el bienestar de todos (aquí no explica a quién se refiere, exactamente). Que, toda la culpa la tiene el calentón del ruso, que para eso tiene gas y petróleo a espuertas, que es más malo que la tiña y nos congela la economía y nos cercena la esperanza de un futuro mejor, tal como lo tenía previsto y organizado este Gobierno. Y, ya está bien de protestar y poner palos en las ruedas sobre ciertas decisiones que se han tomado; por ejemplo, sobre educación, no entendiendo que ya no se lleva, en un estado de bienestar y progresista como el nuestro, ni el esfuerzo, ni el desarrollo de la voluntad y de la inteligencia, que son formas arcaicas, viejunas, propias de sistemas capitalistas sin alma. Que, ahora se potencia a tope el bienestar emocional y afectivo del futuro gilipollas, perdón, del futuro hombre del mañana, en qué estaría pensando yo; (observen que el pleonasmo del futuro y del mañana lo dice con énfasis para evitar el pleonasmo de la cercanía y del presente, no vaya a ser que se hagan valoraciones demasiado pronto al respecto que enturbien «Su Futuro»).

Y, en cuanto a nuestra política exterior y otros muchos asuntos, de bandazos nada de nada, que tenéis la manía de creer lo último que digo como si fuera verdad porque no sabéis leer entre líneas y sacar las conclusiones oportunas. Que calificáis de mentira lo que no es más que una verdad en estado larvario y viceversa. Y, luego, la evolución muestra la cara oculta de ambos conceptos que se califican de antónimos, pero que pueden ser sinónimos según mi entender; (hay que ver la cantidad de gilipolleces que tengo que decir para embobar al personal, se sincera consigo mismo). Y os voy a dar un ejemplo de cómo interpretáis literalmente los conceptos. Atribuís los cambios inesperados, e incluso contrarios de mis posiciones anteriores, a bandazos sin ton ni son, pero no os dais cuenta que una cosa es un bandazo y otra muy distinta (por cierto, escojo el símil del billar para los lerdos que no entienden de metáforas) es la de tratar de hacer carambolas utilizando el arte de jugar a diferentes bandas; (aquí hace una pausa calculada esperando el aplauso enardecido de su banda).

Y, en relación a la torpe crítica que hacen algunos, referente a los puestos que ocuparán cara a un futuro quienes se han dejado la piel por defender el estado de libertad y progreso para este país cuando ya no estén en el poder, considero que no saben apreciar la importancia que tiene para el día de mañana la previsión y el ahorro, así como el premio correspondiente, dada la longanimidad de este gobierno.

Y, como nadie le lanza y le sacude un «hostión» ni metafísico ni dialéctico, el aspirante a pavo real se viene más arriba si cabe. Se hincha cual palomo enardecido y acaba culpando de todos los problemas que tiene España a quienes no piensan como él, pandilla de insolidarios y cavernícolas. Y continúa: ya que se menciona al palomo, a quienes critican aquello de que yo me lo guiso y yo me lo como, les diré que entiendan, dada mi preclara inteligencia y capacidad para interpretar la realidad de la política, que el cometido de quienes me rodean (y a quienes he colocado en el puesto que ocupan), debe consistir en reforzar y aplaudir mis ideas. Normal. Ojalá la oposición tome buena nota de ello, también.

Y el españolito va quedándose, poco a poco, desnudo porque, además de robarle los dineros con todo tipo de impuestos, le van robando la esperanza, la fe y, si se descuida, la caridad. Pero, es seguro, que no se dejará quitar lo más preciado para él, el orgullo, que por ahí no pasará.

Como les decía al principio, les voy a explicar el porqué del título de este artículo. Había, en tiempos lejanos, unos bandidos que robaban a los viajeros sus propiedades incluidas las vestimentas, dejándoles en cueros. Cuando los despojados retornaban a sus pueblos, los vecinos los miraban entre asustados e incrédulos pues no se explicaban el proceder de tales conductas de los bandidos que parecían gozar vejándoles de esa manera. Había entre los vecinos, uno llamado Valentín, pero al que apodaban Valentón por ser muy echado para adelante, que comentó, al hilo de lo que estaba sucediendo con los bandidos, que había que enfrentarse a ellos, que no se podía consentir una conducta tan baja. Pasado el tiempo nuestro Valentón tuvo que hacer un viaje y al atravesar un monte fue interceptado por los bandidos que le robaron cuanto llevaba encima, incluidas las ropas, naturalmente, dejándole en pelota picada. Retornó al pueblo con una mano delante y otra detrás. Los vecinos, al contemplarlo de cerca se dieron cuenta que en efecto estaba desnudo, pero que llevaba puesta la boina, bien amarrada a la calota craneal y con el gusanillo o rabillo de la misma enhiesto apuntando al cielo. Se quedaron sorprendidos y le preguntaron que cómo es que le habían quitado toda la ropa excepto la boina. Valentón solo les respondió, convencido y orgulloso: «Menudos cojones tiene el Valentín como para dejar que le roben la boina». Pues eso.

Todo, menos la boina
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