domingo 28/2/21

El toque de la Jungla

La primera, en la frente. El Tribunal Supremo ha ratificado lo que ya era una opinión generalizada: el toque de queda anticipado en dos horas por Mañueco e Igea tiene todas las papeletas para que sea declarado ilegal. Los devaneos autoritarios de la Jungla de Valladolid han sido reconducidos por la justicia a sus justos límites, los que marca el ordenamiento constitucional. Tanto el presidente como el vicepresidente de la cosa autonómica han actuado como un elefante en una cacharrería, con unas ínfulas más propias de los sátrapas de una república bananera.

No se trata de pontificar sobre las bondades, o no, del adelanto del toque de queda para luchar contra el virus sino de reclamar que cuando se nos recortan nuestros derechos se tenga el respaldo jurídico suficiente. Es lo mínimo. Y es que en su particular concepción de «barra libre» para limitar libertades, aprovechando el estado de alarma y que el Pisuerga pasa por ese sitio, los responsables de la Jungla han llegado más lejos que ninguna otra autonomía. Ni siquiera el lendakari ni el president catalán se atrevieron a dinamitar los límites horarios del toque de queda aprobados en la sede de la soberanía nacional, el Congreso de los Diputados. Ninguna autonomía se atrevió a cruzar esa línea roja. Ninguna, excepto la Jungla de Valladolid que ya había tenido idénticos devaneos de autoproclamar por su cuenta y riesgo un toque de queda el pasado 26 de octubre, por cierto con idéntica respuesta judicial.

No todo vale en política ni el fin justifica los medios, aunque los caudillos de la Jungla se presenten como entusiastas seguidores de Maquiavelo. Es cierto que los derechos a la salud y a la vida son básicos; pero no es menos cierto que en nombre de estos derechos no caben las ínfulas bananeras de quienes intentan disimular su incapacidad como gestores presentándose como paladines en recortar el resto de derechos y libertades. Podrían mirarse en el espejo de aquellos gobernantes que han limitado menos los derechos de sus conciudadanos y que, a la vez, pueden presumir de mejores datos epidemiológicos.

En estos tiempos terribles la Jungla de Valladolid ha alardeado de mano dura y de medidas coercitivas, y también de desdeñar la movilidad y la actividad económica. De su capacidad política para actuar sobre la población «manu militari» cabe inferir que ha tenido éxito. Se ha lucido. Pero del resultado, de los datos de contagios, ingresos hospitalarios, ocupación UCI o número de fallecidos solo queda reconocer su fracaso estrepitoso. En aras a controlar la pandemia los doctores de la Jungla solo han sabido recetar confinamientos, y nada más. Pero el virus no solo se combate encerrando a la gente en sus casas, ese es el camino más fácil. Las crisis sanitarias se afrontan también con más y mejores infraestructuras, desde la atención primaria en el mundo rural hasta las hospitalarias, con más personal, con más inversión en sanidad y también con más proximidad entre el paciente y el profesional sanitario; en definitiva, justo lo contrario a la política que practica la Jungla en León.

Para que los dirigentes políticos sean creíbles, antes de exigir responsabilidad a la ciudadanía, que también hay que reclamarla, deberían acreditar que ellos mismos son los primeros que responden. Que han asumido su obligación de dotar los servicios básicos que precisa y merece esa misma ciudadanía.

Al fracaso sanitario de los adalides autonómicos hay que sumar el ensañamiento que esos mismos ¿responsables? han practicado con la actividad económica, singularmente con la pequeña y mediana empresa y con los autónomos. La falta de empatía con el pequeño comercio produce bochorno por la injusta situación que está atravesando el sector, por el tiempo que lleva sufriendo la asfixia y por la muy significativa cifra de personas afectadas. De nuevo la política basada en las medidas coercitivas, en la mano dura, en las sanciones. Pero de las legítimas compensaciones que esperan todos y cada uno de los afectados «rien de rien». Un mes soportando el toque de queda adelantado en dos horas diarias, en nueve provincias españolas, sin más soporte jurídico que el aportado sin rubor por el doctor Igea, ese según el cual «la movilidad nocturna abarca desde el ocaso hasta el amanecer», han causado estragos en las economías de cientos de miles de familias.

Que se esmere esta Jungla coercitiva de palo y sanción fácil, de la que no se han librado ni los Reyes Magos de Oriente, en aplicarse a sí misma responsabilidades por la decisión del Tribunal Supremo. Responsabilidades de todo tipo; para empezar políticas, pues todo el mundo entiende que quien no respeta los derechos fundamentales no puede ostentar cargos públicos. Que sea coherente con su filosofía, que se aplique su propia medicina: mano dura y sanción fácil. O que justifique su renuncia a asumir responsabilidades en que, al estilo de los sátrapas bananeros, considera que las normas, empezando por las suyas propias, se dictan para que las cumplamos todos. Todos a obedecer o a asumir las consecuencias. Todos, excepto, precisamente, ellos: que para algo son los caudillos de la Jungla.

El toque de la Jungla
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