jueves 22/4/21

Las tradiciones encumbran a los pueblos

N o todo es válido cuando tratamos de mantener las tradiciones. Mejor dicho: no siempre apelando a la tradición tenemos suficiente aval para mantener ciertas tradiciones. Puede que huelan a pasado. Puede que ya estén desfasadas o atenten contra el honor o la dignidad. Por lo tanto, a priori no debemos resucitar ciertas tradiciones por el simple hecho de que en su día tuvieron vigencia. No todo es válido en este sentido. Al hilo de este mal uso de la tradición se me ocurren algunas que superan el buen gusto o el riesgo. Tal sucede con las referidas a los toros o las frecuentes novatadas que van más allá de un simple susto.

En León, por cierto, aparte de los Carnavales y la Semana Santa, se mantienen algunas tradiciones que elevan el buen gusto y nos conectan con el pasado de manera legítima e ideal. Por eso, sería bueno que cogieran pujanza y brillo. Otras, quizá, mejor dejarlas en el cuarto oscuro de la memoria como algo ya viejo. Para este leve recorrido me han ayudado libros y gente de cierta edad que me ilustraron convenientemente. Vaya para Felicidad y Dilia, de Quintanilla de Rueda, un recuerdo agradecido. Una de ellas es El Filandón (o La Hilandera). Al acabar la cena, se reunía la gente para contarse cuentos o historietas al tiempo que se hacían ciertas labores manuales. Parece que a raíz de la película de 1984 con el mismo nombre va cogiendo fuerza y se quiere poner encima de la mesa si la televisión y el vídeo lo permiten. Una aproximación a este filandón son las veladas nocturnas que durante los veranos algunos vecinos protagonizan al sereno, sentados en bancos o arrimaderos al pie de la casa. Tristemente, estos encuentros cada vez son menos frecuentes.

El Ramo Leonés de Navidad asoma cada año con más fuerza a las puertas de muchos establecimientos. El buen gusto y el colorido etiquetan la entrada como reclamo de un ayer reciente. Esta tradición nos lleva a las Pastoradas, pequeños autos conmemorativos de la Navidad que en algunos pueblos mantienen vivos, a semejanza de los belenes vivientes.

El Palo de los Pobres nos lleva algo más lejos —quizá quede algún rescoldo por ciertos pueblos—. Nos recuerda el deber de los vecinos de dar de comer y cobijo a los pobres que pasaban por allí. El palo —o no palo— quedaba en la última casa que había dado atención al pobre. Solían llegar por la tarde y llevaban de las limosnas patatas y algún que otro alimento. Cenaban con la familia y solían ser de cerca. Unas veces, les compraban el pan o algún otro alimento; otras veces, utilizaban tales alimentos para hacerles la cena. Nos cuentan también que algún pobre era bien recibido porque amenizaba con sus anécdotas y dichos la vida de los mayores y pequeños. En ocasiones se les preguntaba si fumaban, ya que el lugar más habitual para dormir eran los pajares. En caso afirmativo, no los aceptaban. Esto nos lleva a la tradicional reverencia de ir pasando de casa en casa imágenes religiosas para rendirles tributo y aportar alguna limosna. Esto sí está vigente en muchos pueblos. Podía ser la Sagrada Familia o la Milagrosa. Quedaba dos o tres días en la casa y se le echaba dinero para misas. No era obligatorio.

Sin salirnos de los pueblos deberíamos reavivar las Facenderas (o Hacenderas): el pueblo entero participaba desinteresadamente con un fin: limpiar las acequias, arreglar los caminos, montes u otros lugares comunes. Tenía que acudir una persona de cada casa con azada, pala, pico, carro, etc. Ahora ha derivado hacia lo lúdico y cada cual aporta su arte: música, poesía, cante… De hecho ya en la Biblioteca Pública de León se ha llevado a cabo la 2ª Facendera artística 2013, con poesía y música, participando destacados artistas en ambas modalidades. El primer motivo aludido apenas tiene ya sentido por el despoblamiento de los pueblos y la tecnificación actual. En algunos pueblos hacían punto o jugaban a la baraja o a la lotería o al bingo.

Acabaré, por hoy, con la vieja y nueva tradición de Pinar los Mayos: después del duro invierno los mozos plantan un árbol en la plaza el 30 de abril y se mantiene todo el mes de mayo. Puede alcanzar los 20 metros. Y a este acto se le denomina «pinar el mayo». Apenas queda en pie esta tradición, aunque algunos pueblos tratan de recuperarla. No muy distante de esta conmemoración está el mayo de los misacantanos o de los quintos, al igual que los ramos y su simbolismo en bodas y noviazgos. De hecho en la zona de Jamuz han renovado totalmente esta tradición: sobre un soporte de tablas cobran vida artísticas figuras al modo de las fallas valencianas. Las tablas y un texto alusivo describen la escena digna del mayor elogio. Recibe distintas denominaciones: subir el mayo, poner el mayo o pinar el mayo.

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